De pronto todo cambió. Un hilo de luz se hizo
presente y aclaró aún más, estando todo claro, y
brillando el sol del medio dÃa. Un rumor de voces
confusas se oyó al fondo, y poco a poco más
luego fueron aclarando. Eran las voces de un
hombre que hablaba y hablaba
despreocupadamente.
– Qué… qué… –preguntó sonadamente Juan
Carlos.
Pensaba que alguien cerca le hablaba. Vio el
rostro de su esposa que atenta lo observaba y lo
habÃa oÃdo preguntar.
– A quien oyes, si nadie habla –le dijo ella.
El hombre enmudeció por un minuto y frunció los
hombros. Recordó haber oÃdo la misma voz
cuando era niño. Concluyó que eran voces de
seres poderosos que muy cerca estaban y que
prodigiosamente tan solo él las podÃa oÃr. Por
unos segundos miró a su esposa y luego volvió
la mirada hacia la calle. Movido por un impulso enérgico se levantó y a paso agigantado se
precipitó a la calle.
Atrás quedó su esposa gritándole “que le
sucedeâ€. La calle estaba medio vacÃa, unos iban
calle abajo y otros calle arriba, pero nadie le
indicaba lo que acontecÃa. “De pronto lo
sorprendo†–él pensaba. Giró rápidamente su
pasos circundando las manzanas de
edificaciones, pero no halló lo que buscaba. Más
abajo, centena de metros, lo oye parloteando
con otro: “es usted†le dice “ahora es brujoâ€
añade, y más y más incesantemente hablaba.
“es allᆖse dice Juan Carlos descifrando el
lugar. Corre apresurado tanteando no perderse
un suceso de lo que acontecÃa. Pero al llegar,
nada, todo cerrado y vacio. Ni un tumulto de
gente que indicara algo nuevo. Más arriba, a casi
un kilometro, oye a otro. Diligente recoge sus
pasos y los encamina hacia allá, pero la calle le
indica lo mismo: más soledad y vacÃo.
“Es como un aparato nuevo –mascullaba Juan
Carlos sus pensamientos –se lo ponen en la
cabeza y se ponen a hablar como demonios del
más alláâ€, “y la baterÃa les dura un pocotón†–
pensaba. Levanta el rostro, y sigue siempre
alerta, y con la mirada fija y analizante sobre las personas. Vaga por la calle en persecución de la voz psicodélica que insiste.
– Mijo usted que le pasa –le dice alarmada su
esposa al verlo llegar –lleva tres dÃas
perdido.
Recoge sus pies junto a la silla donde fue a
sentarse. Sorprendido se mostró al saber que
llevaba tres dÃas ausente.
– Me llamó y fui a buscarlo pero no lo encontré
–dijo serenamente.
– A quien –preguntó ansiosa su esposa.
Pausadamente le contó que por desdicha o
fortuna podÃa oÃr a un hombre, “un psÃquico
poderoso†que pertenecÃa a una raza de
hombres grandes llamados “Macronianosâ€, y que
éste por largos años se habÃa ido a viajar por el
mundo a visitar a los suyos, y ahora habÃa
vuelto. “leen la mente†–le dijo a su resignada
esposa, son mentalistas y por ello se
autodenominan “sin finâ€, “fondeadoresâ€, o
sencillamente “esliderâ€
– Ni que hombres, ni que marcianos –usted no
está bien le dijo su esposa –se va usted
como loco por allá persiguiendo lo que no ve
–y le aclaró –los psÃquicos no existen, son
cuentos viejos… lo que oÃa pudo ser un
televisor en el vecindario, encendido en alto
volumen –le dijo finalmente.
Hizo ella una breve pausa mientras le secaba el
sudor. Le humedeció los labios resecos de su
marido con un paño húmedo.
– Son de la elite –le dijo él nuevamente –y
están en esta sociedad.
– Le duele algo –preguntó atónita su esposa.
– No –contestó él.
Y como si ahora fuera ella la que sufriera los
acontecimientos se apresuró a tomar el teléfono
y llamar. Rápidamente le preparó comida y le
sirvió. Preocupada se mostró viendo las
condiciones en las que se encontraba su esposo,
por tres dÃas habÃa dejado de comer, y vestÃa la
misma ropa con la que se fue.
Pronto un hombre llegó a la casa. VestÃa
impecable. TraÃa sobre su cuello un
fonendoscopio. Saludó atentamente al entrar y
se apresuró a atender.
– Que le sucede –preguntó interesado el
galeno.
– Es mi esposo –se adelantó a decir la mujer –
tres dÃas duró perdido en la calle, oye voces
que sólo él oye, y me preocupa su salud.
El inminente hombre se acercó a Juan Carlos,
revisó sus manos, luego sus brazos, tomó el
pulso y le hizo las palpaciones necesarias. Y
pasados unos minutos dio su dictamen:
– No son drogas –predijo vehemente –alucina
porque sufre de esquizofrenia.
– ¿Esquizofrenia? –dijo atemorizada la mujer.
– Es un trastorno mental –dijo el médico –que
afecta el pensamiento y las percepciones.
Las personas que la sufren oyen voces y ordenes dentro de su cerebro.
– Puede curarse –nuevamente preguntó la
preocupada mujer.
– Claro –dijo el especialista y redactó de
inmediato la formula –dos pastillitas diarias
por un tiempo y una inyeccioncita cada mes.
Juan Carlos hizo más silencio ante aquellas
palabras y frustrado se sintió sabiendo que su
mente lo engañaba.