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Categoría: Historias Pasadas

Agujerito en la pared

Agarré el papel de la caja de cigarrillos, le hice un agujerito y miré a través de él. Ahí empezaron a aparecer los recuerdos de la infancia, los recuerdos de los agujeros que me conectaban con el otro mundo, ese que no se ve.

La costumbre empezó de chico, cuando me encerraban al mediodía en mi cuarto, cerraban la puerta y me apagaban la luz. Mis padres no querían que mi hermana y yo estuviésemos despiertos a la hora de la siesta para no despertarlos. Y a los dos nos obligaban a meternos en nuestros cuartos, separados para que no jugásemos. Y yo no podía dormir, ni jugar, y como las paredes eran de madera encontré un agujero para mira afuera, al patio. Y fui haciendo otros. Era el único juego posible a la hora de la siesta, en la oscuridad y el silencio, pero me empezó a gustar mucho.

Mi madre siempre criticaba a mi hermana mayor por demorarse en el baño. Yo decidí descubrir qué pasaba, y busqué desde adentro del baño un lugar en las paredes donde perforar la madera sin que nadie se diera cuenta. Ahí empecé a ver los otros mundos, a las otras personas. La pared del baño daba a la parte de atrás de la casa y allí yo me escondía y espiaba el interior.

Mi hermana mayor tenía un trato especial con el espejo. Como si hablara con él, en silencio pero gesticulando, peinándose, besándose, actitudes nunca vistas por mí fuera del baño. Mi prima Analía, que vivía con nosotros, no hacía nada fuera de lo común, pero mi madre tomaba unas pastillas que escondía en la pared. Nunca supe qué eran. Mi padre jugaba con aviones imaginarios, o algo así, sentado en el inodoro. Pero no se reía; ponía cara seria, a la que yo no estaba acostumbrado.

Una vez me acuerdo que apareció en casa una tía de la Capital. Venía de paseo. Y a la noche dijo que se iba a bañar. Yo dije que iba a dormir pero por la ventana me fui a la parte de atrás de la casa, saqué la madera que tapaba el agujero y me instalé a esperar. La vi entrar, desvestirse y bañarse. Y revisar todo, parecía un nene en una juguetería. La vi tirar al inodoro un perfume que mamá usaba. Después la culpa cayó sobre mi hermana, sin que yo pudiese decir nada. En su otro mundo la tía es diferente, no es la hermana de mi madre buena y bondadosa a la vista de todos.

También hice un agujero en la habitación de mis padres. Allí conocí los extremos, las caricias y los destratos. Palabras dulces como no se decían afuera, y también insultos. Diferentes del trato cordial del día. Ahí aprendí que la gente tiene mundos íntimos y mundos compartidos. Algunos muy poco, otros mucho.

Y por esa razón la semana pasada, cenando con mi mujer, hice el plan de un agujerito como cuando era chico. Agujero diferente, porque ya las paredes no son de madera y el baño del departamento no tiene llave. Pero pensé en su otro mundo, algo me llevó a hacerlo.

Esta mañana volví de mi trabajo en Rafaela, donde estamos construyendo una planta, y le pedí a mi mujer que me comprase una campera en el Centro. Yo no fui, le dije que quería descansar. Cuando se fue puse el video para verlos en la televisión. El viernes antes de irme había colocado una videograbadora oculta en la esquina de nuestro dormitorio.

Cuando estaba viendo el video hice un agujerito y miré la televisión a través de él. Como en mi niñez a través del agujero en el cuarto de mis padres veía ese otro mundo de mi mujer, con ese maldito otro mundo que mi mujer tiene. Y no sé si cuando vuelva le muestro la grabación o me hago otro mundo para mí, lo oculto y no digo nada.
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