Era un día muy atareado. Tengo una tienda que se dedica a la elaboración de galletas y panes de tipo integral y que vendo em mi local y distribullo a más de doscientas tiendas en todos los alrededores de la ciudad. Y bueno, aquel día estaba con muchos pedidos de trabajo cuando escuché la voz de Juan. Juan es un mendigo de cerca de treinta años: analfabeto, hemiplégico y ladrón... quizás muchas cosas mas que desconozco. Y bueno, Juan me pedía que le regalase un poco de galletas partidas, o en mal estado, y, un pedazo de cartón. Siempre fui muy sensible a este tipo de mendigos que no tienen recursos para trabajar, pero me extraño el último pedido: un pedazo de cartón. "¿Para qué el cartón Juancito?" - le pregunté. "Para sentarme" - respondió. Después de entregarle su pedido, lo vi alejarse con gran prisa, moviendo su cuerpo como si arrastrara un saco lleno de huesos y pellejo...
Me dio lástina y me acerqué a la ventana de mi taller y lo vi como cruzaba la pista con riesgo a que un carro le atropellara. Tenía la mirada clavada en la esquina de la calle. Mientras más se acercaba a su punto de mendigaje, vi a una anciana de no menos de setenta años que llegaba con cuatro pedazos de cartón y una bandeja de losa blanca, se sentaba y comenzaba a mendigar ante los ojos mortificados de Juan que, apenas llegó comenzó a guerrear con la anciana por haber ocupado su puesto...
Me dio lástima el ver aquella escena y seguí laborando, hasta terminar de preparar el pedido que un cliente estaba reclamando ya con más de un día de retraso. Llamé al vendedor y mandé el pedido. Ya más tranquilo, salí a la calle para comprarme una botella de vino tinto seco. Consejo que un doctor me dio para bajar mi colesterol. Mientras regresaba me soprendí al ver a Juan mendigando al costado de la anciana. Me acerqué a los dos para dejarles unas monedas, y Juan me dijo: "No le des, pues sino, no se mueve mañana de allí"... No le hice caso y les di unas monedas a los dos, y élla me dijo: "Gracia papuito que dioscito te de más papuito"...
Seguí caminando hasta llegar a mi tienda, y no supe porqué volteé a mirarlos; y vi que los dos se paraban, cogían sus cartones y se juntaban para compartir todas las monedas recolectadas... Me reí de mi mismo y me dije que hay algo más fuerte que la lógica cuando uno llega a la miseria, llegando a asimilar los buenos sentimientos y, porque no, uno, de espectador se sobrecoge...
JOE