Ludovico viajaba esa mañana muy cerca de la Tierra. ¡Qué extraño, pensó, he pasado por acá casi por 300 millones de veces en los últimos dos siglos y no conozco ese planeta! Observó su dispositivo de tiempo y todavía quedaba medio siglo para derrochar antes de comenzar sus actividades rutinarias.
Con la picardía propia de un jovencito de 380 años decidió aventurar, por lo que aterrizó en el planeta desconocido.
Mientras descendía observó con asombro la belleza del lugar y exclamó: ¡por las dieciocho lunas de ! Nunca en mi corta existencia había visto cosa semejante y es que nuestro personaje aterrizó en una hermosa playa del oriente de Venezuela.
Con sus censores visuales al máximo se preguntaba: “¿Cómo es posible que el agua no se trague a la tierra?”, es inaudito que exista aire salado, no puede ser cierto que..., en ese instante sus pensamientos fueron interrumpidos por la mirada curiosa de un niño oriental.
Ambos se miraron de frente. Ludovico vio un ser con apariencia extraña, la piel de color oscuro, aunque no era totalmente negra. Aparentemente sus sensores visuales los tenía en la cabeza, junto con lo que parecía un dispositivo comunicacional, tenía también cabello y dos sensores auditivos. El resto del pequeño ser parecía normal pues al igual que él poseía un par de locomotores para desplazarse y un par de asidores aunque con inútiles ramificaciones.
Por su parte Aquiles, así se llamaba el niño, también estaba sorprendido al ver a aquel ser verde, totalmente calvo, con la boca en medio de la Frente, un ojo azul intenso debajo de la boca, una sola oreja en la parte superior de la cabeza, y para completar sólo dos dedos en cada mano.
Sin saber por qué ambos niños sonrieron, sin hablar se comunicaron y sintieron empatía. Nació así, de la nada, la amistad: Sencilla, sincera, bonita, eterna pero sobre todo espacial y galáctica.
Aquiles de 13 años, Ludovico de 380, aunque no se crea tenían la misma edad, es decir que 380 años en su planeta son equivalentes a 13 años terrestres.
Jugaron en la playa y aprendieron a entenderse. Aquiles supo como decía su nombre en el idioma de su amigo: , por su parte él, entendió que su nombre en español era Ludovico.
, es decir Ludovico se enteró de las raras costumbres que tenían en el planeta de su amigo, como por ejemplo que se alimentaban tres veces al día, recargaban sus energías durante la noche. Para poder casarse debían tener cumplidos apenas 18 años... mientras que él se alimentaba una vez cada dos años, recargaba sus energías en 15 minutos y para casarse tenían que haber cumplido 6480 años.
A pesar de las marcadas diferencias se convirtieron en buenos amigos, Ludovico aprendió a jugar metras, trompo, perinola y otros juegos más. Aquiles, por su parte, viajó por galaxias enteras con su mente, se comunicaba con los animales, hacía flotar objetos por el aire, entre otras cosas en fin hicieron un intercambio de entretenimientos.
Esta preciosa amistad la mantuvieron en secreto pues ambos estaban seguros que los adultos no le entenderían y quizás se opondrían.
Pasaron dos años y Aquiles entró en la etapa de la adolescencia, Ludovico notó con tristeza el cambio de su amigo y le dijo:
- Aquiles dentro de poco serás un adulto y tus intereses van a cambiar, considero conveniente que nos separemos.
- ¿Por qué? ¿Acaso no soy tu mejor amigo?
- Si que lo eres y lo seguirás siendo por siempre, cada vez que quieras verme puedes llamarme con el pensamiento y aquí estaré. Además sabes que los años luz que nos separan son nada en comparación con nuestra amistad.
Dicho esto Ludovico y Aquiles se abrasaron fuertemente para despedirse. Quizás nunca se volverían a ver pero estaban seguros que siempre estarían en contacto.