Me acurruqué junto a ti.
A mi contacto tu te alejaste unos centímetros, yo confusa, traté de nuevo de acercarme, de abrazarte, más tú rehuías en silencio mi petición de cariño. Tras breves instantes de incertidumbre, intenté atraerte a través de mi lista de palabras, te llamé, traté de explicarte más tú continuaste como inerte, no respondías, aparecías con pesadez en mi pensamiento, sin decir nada, tal solo moviéndote con gesto de preocupación mientras yo trataba inútilmente de que me comprendieras.
Me sentí mal, cansada, más bien agotada por tanto infructuoso intento, me senté, pareció que por un momento comprendías mi desencanto, mi abatimiento, porque te aproximaste, yo pensé tal vez desea saber qué me pasa, levanté el rostro te miré confundida, tú, en ese preciso instante, elevaste la cara, se me oscureció tu gesto. nada dijiste, ni me mirabas y yo . . .
Yo nuevamente bajé mi cabeza en señal de desánimo, de aceptación de una tristeza y nada más ví.
El día fue transcurriendo, de repente una idea afloró en mi pensamiento, miré al cielo azul, tú ausente en él, imploré, calladamente expresé mi deseo, por favor, lo pido por favor, tras breves instantes de confusión el Sol comenzó a escuchar mi petición, un momento después me hizo caso, supongo que se compadeció de mis súplicas y perezosamente se desplazó hasta colocarse justo encima de mi.
Entonces, por un instante tú y yo nos hicimos unidad, nos besamos por fuera, por dentro, nos complementamos, nos integramos en un mismo espacio, nos comprendimos, nos pusimos cada uno en el lugar del otro, sentimos que estábamos tan cerca, pero tan cerca, tan sumamente cerca, que no había oscuridades ni huecos vacíos de entendimiento en nuestros cuerpos.
Así nos quedamos por un ratito, saciándonos de presencia, luego, el Sol lentamente se alejó, yo ví como de nuevo te distanciabas y todo se hizo oscuridad. Tú y yo nos desvanecimos dejándonos de ver.
Es por eso que después de aquella vez, cuando me siento decaída, he aprendido un pequeño truco para sentir que estoy acompañada en esos días en que la soledad se me desploma, yo le imploro al Sol, le digo, le ruego y entonces él me hace caso, se coloca a mi espalda, a veces se hace un poco el remolón, tal vez el interesante porque conoce su poder, pero siempre logro convencerle, como digo, se coloca a mi espalda y entonces tú reapareces justo delante de mi como si quisieras abrazarme y eso me hace quedarme contenta y feliz al sentirme querida. A veces, de noche, cerrando los ojos, enciendo la lamparita de mi cuarto y hasta bailo contigo.
- - - - - - - - - - - - - - - - - - - -
Este cuento se lo dedico a la sombra, eterna y callada compañía de penas y alegrías que conoce todo de nuestro ser, hasta dónde ni donde alcanzamos a vernos.