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~Situado frente al letrero que indicaba los viajes en la parada de autobuses, un nómada buscando lugares al azar, le llamó la atención un destino en especÃfico. Se trataba de un pueblo llamado “felicidadâ€, ubicado a muchos kilómetros de donde él se encontraba, pero a él no le importaba en absoluto, estaba dispuesto a recorrer tal distancia llevado por la intriga de saber el porque de su extraño nombre.
El viaje fue el más duradero del que alguna vez hubiera recorrido y tal vez el más costoso. Pensaba durante aquel extenso viaje si acaso ese pueblo seria la utopÃa con la que constantemente soñaba: grandes casas, bellos jardines, amplias calles, gente educada y con buenas vestiduras, hermosos paisajes contemplados desde alguna colina llena de abundante flora y fauna, además de respirar aire fresco y ser alimentado por exquisitos manjares; éstas y muchas mas eran algunas exigencias que debÃa llegar a tener aquel pueblo para siquiera semejarse un poco al paraÃso de sus sueños y eran el principal motivo por el cual no lo habÃa encontrado aún, ya que siempre le encontraba un “pero†a cada lugar visitado, no obstante, este pueblo llamado curiosamente “felicidad†engendraba una duda en aquel viajero. ¿SerÃa aquel pueblo lo que significaba su nombre? .
Al llegar a su destino, se encontraba completamente decepcionado, el tan añorado pueblo encajaba perfectamente en una de sus “peores pesadillasâ€, era tan simple y normal. En la entrada a aquel lejano lugar se podÃa visualizar un letrero, en el cual sobresaltaba la frase: “Bienvenidos a la felicidadâ€.
-¡Bah!, si esto es felicidad…- murmuraba el viajero para sus adentros.
Pese a lo mucho que le desagradaba aquel lugar, el viajero se veÃa obligado a explorar esas tierras de tan llamativo nombre.
Pasó todo el dÃa viendo lo que mas temÃa ver, pequeñas casas, jardines poco insinuados, calles estrechas e incomodas al caminar, pobladores dedicados a sus trabajos y familias, los cuales poseÃan un nivel de educación media que no llegaba a satisfacer la comodidad del exigente viajero, sus vestiduras eran sencillas y de baja calidad, nada comparado con grandes diseñadores en otras partes del globo terráqueo.
SentÃa una gran presión en su estómago, estaba hambriento pero no comerÃa alimento alguno proveniente de aquel pueblo, era algo que simplemente le repugnaba.
Mientras el sol se escondÃa en el horizonte del atardecer, el viajero estaba exhausto de ver y sentir tanta conformidad por parte de aquella gente, no soportaba más, tenÃa que salir y no volver más a ese pueblo que decÃa llamarse felicidad.
-¡Que ridÃculo nombre!- pensó el viajero al tomar de nuevo el autobús que lo llevarÃa a un “mejor lugarâ€â€¦
Muchos años después, el ya anciano viajero se encontraba sentado, incapaz de moverse a causa de una extraña enfermedad en los huesos, reflexionaba sobre sus gloriosos dÃas de aventurero, cuando viajaba de un lugar a otro buscando el paraÃso de sus sueños.
Entre tanto, se acercó su hija ya adulta, y sentándose junto a su padre le pregunta.
-Padre, ¿Acaso existe la felicidad?
-Si, la felicidad si existe- respondió el padre un poco melancólico.
-Pero… ¿Cómo?, ¿Dónde?- preguntó la hija incrédula.
-Una vez viajé a ese pueblo- respondió el anciano.
La hija un poco desconcertada se preguntaba si su padre acaso habÃa perdido la razón.
-Es un hermoso pueblo- prosiguió el padre- posee casas pequeñas pero con un inmenso calor de hogar, hay jardines de ilusión y los más hermosos paisajes de unión y esperanza. Es un maravilloso lugar, en donde puedes respirar el aire fresco de la amistad y consumir los más exquisitos manjares del amor… lastimosamente hasta ahora lo vengo a entender.- concluye entre suspiros aquel anciano.
-Pero, ¡no existe un pueblo con tal nombre!- exclamó la hija.
-¡Claro que existe!, existe en cada uno de nosotros, existe a nuestro alrededor, solamente que segados por la terquedad no lo alcanzamos a notar… ¡Búscalo hija mÃa!, y cuando lo encuentres no olvides avisarme, para asà juntos viajar a ese pueblo llamado felicidad.
La hija deslumbrada por las palabras de su padre, le dio las gracias en un fuerte abrazo y juntos pudieron experimentar la felicidad de observar el maravilloso atardecer de aquel dÃa de enero.
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