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Tierra y fuego, aire y agua

Érase una vez un mundo frío y oscuro. Apartado del resto de los mundos colgados del cielo, muy lejos de las estrellas. Era un mundo abandonado, pensado quizá en uno los muchos sueños ebrios de Ankhar, de quien se decía que poseía los jardines más exuberantes de la Región Alta. Un mundo que, muy probablemente, había sido olvidado con la llegada de la vigilia. Ankhar tenía muchas preocupaciones como para acordarse y ocuparse de todos los mundos que sus embriagada fantasías parían.
En primer lugar tenía a sus cinco esposas: Kataré, la más anciana, que apenas podía moverse sin que alguno de sus huesos corriera el peligro de partirse. Se comentaba en la Región Alta que no hacía falta más que una ligera ráfaga de viento para que Kataré se convirtiera en cometa y saliera volando, para alegría y regocijo de los cientos de niños que esperaban tal acontecimiento. Pero este no llegaría; Sascha, la esposa más joven, la mantenía bien sujeta con un cordón de seda anudado a la cintura de la anciana cada vez que a esta se le antojaba pasear por el Jardín Azul, su preferido. Sascha no dejaba de quejarse por este motivo, pues no se consideraba criada de nadie, ni tenía por qué cuidar de que una anciana inservible continuara con los pies bien apoyados en el suelo. En realidad, Sascha se quejaba por muchas cosas, y el constante murmullo de su voz por las salas, los pasillos y las habitaciones del palacio, hacía que Ankhar se preguntara muy a menudo por qué la había tomado como esposa. Omaní fue la segunda mujer con la que contrajo matrimonio, y ese sí fue un error grave. Le había engañado, se decía a veces, se había burlado de él y le había embaucado para llegar a ser su esposa. Hacía años, muchos, muchos años, cansado de la imperturbable calma de Kataré, Ankhar había salido en busca de otra mujer, y en Omaní encontró dulzura, afecto y sumisión. Como resultado, se enamoró tan perdidamente de ella que la hizo su esposa dos días después. A partir de entonces, Omaní se volvió deslenguada, brusca, intransigente. Era la única con la que no había tenido descendencia, por el simple hecho de que ella no permitía que la tocara. Sin embargo, quien más problemas le causaba era Yaji, que estaba loca. No había día sin que el palacio se llenara de gritos y carreras porque Yaji había visto el rostro de su padre, fallecido hacía casi veinte años, en el resplandor de una vela sobre la pared, o estaba siendo atacada por un auténtico ejército de culebras que repetían su nombre sin cesar mientras la acorralaban contra un rincón, o porque un día se despertó con el convencimiento de haberse convertido en ave y pretender lanzarse al vacío desde la torre más alta. En esa ocasión, fue Sascha quien subió la empinada escalera de caracol, murmurando maldiciones y lamentos por tener que ser ella quien le hiciera ver a la loca que aún tenía brazos en lugar de alas. En verdad, a la que más cariño tenía era a Terever, no mucho más mayor que Sascha, de quien era el reverso. No había día en que Terever no se acercara a él, en cualquier momento y sin razón alguna, y se abrazara a su cuello y, dándole un beso en la mejilla, le dijera lo dichosa que se sentía de ser su esposa. Junto a los sirvientes jardineros, era quien se ocupaba de los jardines, en especial del Jardín Malva, su favorito. También era Terever la que, prácticamente sola, había criado y había hecho de madre para los quince hijos de Ankhar, entre los que se encontraban los suyos propios: Kiara, Pollet y Rebhanaz.
Estos quince vástagos eran otro de los quebraderos de cabeza de Ankhar, por los que se daba con tanta asiduidad al dulce licor de eshier. No es necesario conocer el nombre de todos y cada uno de ellos, pues en esta historia sólo intervienen dos de ellos y, además, el mismo Ankhar tenía muchas dificultades para recordar estos nombres, o para adjudicarlos al hijo correcto. Muchos hubieran podido opinar que las enormes diferencias de edad entre los hijos, pues el hijo menor de Kataré podría fácilmente ser el abuelo de la pequeña Kiara, la benjamina de la familia, que esas diferencias serían útiles a la hora de educar a los más pequeños y revoltosos. Pero no era así. Lethel, por ejemplo, era tan retozón como el pequeño Indo, a pesar de los cuarenta años que se llevaban. Lethel era hijo de Yaji, y esta jamás reconoció a su primogénito, confundiéndolo hasta el día de su muerte con uno más de los sirvientes.
Con tantos desvelos intramuros del palacio, y con tantas preocupaciones fuera, en su muy lucrativo negocio naviero, no era de extrañar que los sueños producidos por las emanaciones del eshier fueran una salida acostumbrada para Ankhar de la realidad. Y tampoco es de extrañar que dejara abandonados, sin pensar siquiera en ellos, a los mundos que esos sueños concebían, pues estos no significaban más que nuevas preocupaciones. Así, el pequeño y frío mundo abandonado en un rincón del universo, esperó durante mucho tiempo a que alguien lo sobrevolara y lo descubriera. Y mientras tanto, Sascha continuaba murmurando lamentaciones a diestro y siniestro, Yaji pasó dos años sin abrir los ojos, pues pensó una tarde que así, cuando los volviera a abrir, se encontraría trasladada mágicamente al futuro, y Kataré, finalmente, fue llevada en volandas por una ventolera que azotó el Jardín Azul. Los niños de la ciudad silbaron y gritaron y rieron al verla pasar sobre las casas, saludando con la mano y una expresión confusa en la cara. Jamás se volvió a saber de ella una vez traspuso los montes Dalhos.
Kiara y Thalim, hijo menor de Yaji, solían pasear a menudo por la parte trasera del palacio. Allí se erguía, frondoso cualquiera que fuera la estación del año, el majestuoso Jardín Cárdeno, sobre el que flotaba la delicada fragancia de la madreselva y el enebro. Este Jardín era famoso en toda la Región Alta por la gran cantidad y la gran belleza de sus fuentes. Fuentes de mármol, fuentes de cristal, fuentes de piedra y fuentes del extraordinario ther, metal que reflejaba todos los colores del Iris al ser iluminado por el sol. Había fuentes tan grandes que cómodamente hubieran podido ser habitadas por familias enteras, y otras que de tan pequeñas cabían en la palma de una mano; pero tanto unas como otras, dejaban boquiabiertos a los visitantes debido a su incomprensible belleza, la imposible perfección de sus figuras y la extravagante e inesperada disposición de las salidas del agua, que hacían ejecutar al líquido elemento las danzas más hermosas.
Pero, tal y como olvidaba sus sueños, Ankhar, y toda la Región Alta, parecían haber olvidado que las más extraordinarias fuentes se encontraban algo más allá, fuera, para ser exactos, de los límites del Jardín Cárdeno. En aquella parte, la naturaleza dejaba de doblarse a la voluntad de los jardineros y crecía y se dispersaba en un auténtico bosque, donde las simetrías no tenían porqué existir y donde las disposiciones no tenían lógica alguna. Allí la madreselva crecía sin mesura, anidando entre sus matorrales pequeñas aves terrestres, y los árboles se elevaban hacia el cielo como si en verdad pretendieran escapar del suelo al que estaban enlazados. Allí, las fuentes más antiguas, que sin duda pertenecieron a algún jardín de palacio abandonado o invadido por la naturaleza real, eran todas de mármol, y mostraban sobre sus grandes cálices figuras desgastadas por el tiempo de dioses y ángeles, de animales antiguos y seres legendarios. Una de ellas, la favorita de Kiara y Thalim, representaba a una joven mujer envuelta en una túnica que se tapaba el cabello con un pañuelo, a pesar de lo cual, un mechón ondulado escapaba y colgaba junto a su mejilla. Tenía todo el aspecto de una campesina, e inclinaba un cántaro de agua sobre un pozo.
Hacía mucho tiempo que el agua límpida y clara no caía desde la jofaina, y el que quedaba en el pozo se mantenía tan inmóvil como si en verdad no fuera agua, sino la superficie bruñida de un espejo. A él se asomaban en sus paseos Thalim y Kiara, observando embelesados lo que, por lógica, no estaba en el pozo, sino mucho más allá del cielo azul que el agua reflejaba sin que su color se viera afectado en absoluto. Veían el universo, visitaban los mundos habitados que habían sido creados en el principio del verbo, o lo que habían sido creados casi por casualidad, por ensoñaciones propiciadas por el licor de eshier o la hierba del bufón. Y un día, descubrieron el mundo frío, solitario y oscuro que Ankhar había soñado.
Contemplarlo allí abandonado los llenó de pesar y consternación. Thalim apartó un poco las tinieblas que lo cubrían y descubrió que se trataba de un lugar hermoso. Necesita luz, le dijo a su hermana, y Kiara buscó hasta encontrar una estrella apropiada. La rescató del lugar donde se encontraba y, mientras la llevaba hasta el mundo oscuro, escuchó el llanto del pequeño y gris mundo al que esa estrella alumbraba, ahora sumido en la oscuridad. Lo recogió también, y lo colocó junto al nacido del eshier que Ankhar guardaba celosamente en su bodega. Parecía una pareja de hermanos, uno pequeño, gris y rocoso, y otro mayor, oscuro aún, inmóvil y frío. La estrella alumbró a ambos, y apartó las tinieblas del mundo mayor, llenando los ojos de Kiara con el hermoso paraíso que Thalim había descubierto. Y tan bello era en verdad que durante un largo momento, no hicieron otra cosa que contemplarlo girar alrededor de la estrella, mientras el pequeño mundo gris lo hacía alrededor de su nuevo hermano mayor
Y entonces dijo Thalim:
-Pongámosle nombre.
-Tati –respondió de inmediato Kiara.
-No puedes ponerle a un mundo el nombre de tu rana.
-Me gusta Tati.
Thalim, sin embargo, hizo caso omiso a la propuesta de su hermana, y haciendo el gesto lento del bautismo, dijo en voz alta:
-Allahther
Era un buen nombre, pensó Thalim. El nombre mítico de la ciudad donde nació el lenguaje siempre le había encantado, y más aún la forma en que sonaba cuando lo pronunciaba.
-Ahora –dijo Kiara, algo decepcionada por el nombre, aunque se dijo que para ella, siempre sería Tati-, llenémoslo.
-¿De qué?
De uno de los múltiples bolsillos de su vestido azul, Kiara sacó un pequeño saco de tela. Lo abrió y derramó sobre la palma de su mano parte de su contenido: un polvo fino y brillante que se debatía entre el blanco y un azul tan claro como el cielo que se curvaba sobre ellos. Inclinó la mano convertida en un pequeño cuenco hacia el pozo de la fuente y allí sopló. El polvo cayó sobre el agua, se hundió y llegó hasta el ahora no tan frío y luminoso mundo. Seguidamente, pronunció, con su pequeña y dulce voz, y los ojos cerrados:
-De la tierra hará su hogar; del fuego su aliento; del aire su camino y del agua su sangre.
Y después miraron hacia Allahther. Y junto a los lagos, de las cuevas que horadaban el interior de las montañas, vieron salir a la más hermosa criatura que hubieran podido imaginar. Sus ojos felinos, a ambos lados de una gran cabeza coronada por dos hermosos cuernos, miraron hacia arriba, y vieron a Thalim y a Kiara sonreír asombrados y encantados. Abrieron sus fauces repletas de colmillos y a través de ellas brotó un cántico inteligible y extraño de gracias, de ofrenda ante sus creadores y la tierra que les ofrecían. Y sus voces se elevaron y sobrepasaron la sutil frontera del agua del pozo, y llegaron hasta Thalim y Kiara, que se miraron sonrientes y satisfechos.
Los grandes y marrones cuerpos de las criaturas recibieron por vez primera el calor y la luz de la brillante estrella, y se alzaron sobre sus robustas patas y desplegaron sus alas gigantescas, y alargaron su cuello hacia arriba y unieron sus voces chillonas en un saludo que recorrió Allahther de norte a sur, de este a oeste.
-¿Cómo podemos llamarles? –preguntó Thalim.
-Dracon –propuso Kiara, advirtiéndole con la mirad que no admitiría una negativa.
Y la tarde pasó por encima de Thalim y Kiara, y a través de esta, cientos, miles de años transcurrieron sobre Allahther, su pequeño y gris hermano y la estrella que los alumbraba. Observaron maravillados y en silencio el transcurrir de la vida de sus criaturas, y ante ellos, las generaciones avanzaban, y el conocimiento de los Dracon y su unión a Allahther, su comprensión del inesperado y sutil alma de ese mundo, se fue haciendo tan profundo que al caer el sol más allá de los jardines exteriores, ya ni Kiara ni Thalim pudieron diferenciar dónde terminaba la conciencia y la identidad de los Dracon y comenzaba la de Allahther.
Pero sucedió que el día se iba sin que los hermanos se percataran de su huída y, preocupadas, las esposas de Ankhar los buscaban por los jardines donde sabían que transcurrían muchas horas. Fue realmente una mala jugada del Destino que no fuera ninguna de sus madres, Terever o Yaji, quienes les encontraran. Fueron de Sascha y Omaní las voces, irritadas, que llegaron hasta ellos, pronunciando sus nombres con tal enfado e impaciencia que fueron arrancados violentamente de la contemplación de la mitad del tercer milenio de la vida de los Dracon sobre la piel de Allahther. Esas mismas voces hicieron temblar el agua del pozo, provocando ondas que convertían la visión de Allahther en algo borroso e impreciso.
Incluso llegaron hasta la superficie del propio Allahther, y los Dracon alzaron sus miradas hacia el cielo azul, y les extrañó no contemplar los rostros queridos de los Padres. Y las voces confusas, pero inequívocamente malhumoradas y ásperas, seguían llegando en forma de vibraciones bajas y temibles. Y la tierra de Allahther se removió, mientras allá arriba, Thalim y Kiara miraban sus pies mientras recibían la reprimenda junto a la fuente de la mujer con la jofaina frente al pozo. De la tierra de Allahther brotó un enorme e interminable berrido, y los Dracon bajaron la cabeza y retrocedieron hasta ocultarse en las cuevas que les vieron nacer, junto a los lagos de aguas calmadas y profundas. La tierra rugió y vomitó unas extrañas figuras, pequeñas y flacas, que se pusieron en pie a trompicones sobre sus dos patas enjutas, y alzaron una pequeña cabeza, con ojos frontales de depredador, hacia el cielo, y las voces irritadas de Sascha y Omaní les pareció un canto celestial, y alabaron a las que les habían dado la vida, mientras los Dracon, confusos, comprobaban que las nuevas criaturas de Allahther eran más parecidas a los Padres de lo que ellos mismos eran, y de sus gargantas brotó un bajo gemido de lamento.
Y las nuevas y algo ridículas criaturas dejaron de oír en un momento dado las voces de sus Dioses, y comenzaron a propagarse por Allahther como un fuego con el viento a favor.
Thalim y Kiara no volvieron a los jardines abandonados, a la fuente de la mujer con el cántaro frente al pozo, y los Dracon esperaron inútilmente su regreso, con el que esperaban que desaparecieran los hijos de la malvada Omaní y la quejumbrosa Sascha.
Datos del Cuento
  • Categoría: Mitológicos
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