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Bajo el légamo caliente, protector, del lecho marino surgió la célula. Era minúscula, por lo que pronto creció para convertirse en gusano. Este se alimentó, durante largo tiempo, de otras células que proyectaban devenir en semejantes. Sus movimientos eran penosamente lentos, torpes y dificultosos; apenas conseguÃa desplazarse -mediante tremendos esfuerzos- un poco más allá de su reducido cÃrculo de nutrición asegurada. Además, las poderosas corrientes -cada vez más frecuentes y vigorosas- llegaban a sacarlo y arrastrarlo lejos de su cÃrculo, su seguridad, dejándolo en lugares desconocidos e inhóspitos. Por ello hubo de evolucionar, por alcanzar cierto control sobre sà mismo y su medio. Desarrolló aletas y otros órganos complejÃsimos que el mundo observó por vez primera. El pez que ahora cortaba las aguas arrogante siguió creciendo, devorando indefensos gusanos, germen aún vivo y espejo de su pasado reciente. Su expansión y dominio de los amplios océanos fue total, multiplicando sus formas para hacerlo efectivo y eterno.
Pero uno de ellos llegó a sentirse aburrido de todo lo que le ofrecÃa su imperio, y un dÃa extraño desafió a su terror cerval, venciéndolo, y atravesó con su cuerpo la delicada lámina transparente que consideraba lÃmite y cielo. CaÃdo sobre un nuevo mundo que le negaba la respiración, la osada criatura se retorció de dolor justo al borde de la extinción. La experiencia del dolor y la visión de la muerte supusieron la primera herida, incurable, profunda, que por siempre guardarÃa tras sus metamorfosis el pez-reptil que caminó por la tierra. Las escamas se secaron al contacto con el aire que era el agua de este lugar. Entre innumerables dificultades se adentró más y más en las vÃsceras de esta parte sólida del cielo –que a su vez poseÃa otro cielo, azul e inalcanzable-, y poco a poco fue olvidando su cuna subacuática, como él mismo fue olvidado en su antiguo hogar. Los territorios de su próximo imperio no descansaban bajo las aguas ni alcanzaban tan vastas proporciones, pero sus relieves y climas extremos forzaron nuevos, radicales cambios sobre las caracterÃsticas del ser, que fue fragmentado en multiplicidad masiva de especies. Sólo asà podrÃa expandirse y abarcar su reino por dominar. Las épocas se sucedieron, el mundo se templó en el fluir del tiempo, la criatura crecÃa, mutaba, conocÃa...El mono, subido a la copa del árbol más alto de la jungla, se sintió en la cima de la creación. Hasta que observó algo por encima de él. Uno de sus hermanos habÃa adquirido alas que le permitÃan surcar libremente los cielos. Fue entonces cuando el mono sufrió su segunda herida irrestañable, provocada por emociones de bautismo futuro como frustración y envidia. Su puño amenazador se agitó impotente en el aire, en dirección al pájaro de la distancia. Desde aquel dÃa, su objetivo serÃa derrocar a esa criatura que le sobrevolaba, devolviéndolo a la dura tierra que tan bien conocÃa.Â
Y el puño se abrió en mano pensante, creadora instrumental. El pájaro cayó, muerto. Su cuerpo ensangrentado no sirvió de alimento. Asà se fracturó en dos la unidad, convertida ahora en hermanos enfrentados perpetuamente. Nunca volvió a restablecerse la anterior armonÃa, la paz; y la semilla de la aniquilación quedó enterrada entre los estratos del ente cambiante. Al alba, el mono despertó Hombre. En su interior nació la mente identificativa, destinada a separar definitivamente al hermano del hermano y crear las armas, único vÃnculo en adelante, mediante las cuales buscarÃa saciar el objetivo que el mono se propuso como primer fin de su existencia. Bañado en su sangre fraterna, el hombre creció como lo hicieron sus armas, y el mundo –agua, tierra y aire- fue al fin enteramente suyo, rey imbatible de su reino desgastado. Pero la batalla no se detuvo por ello. Entonces volvió a elevar su vista hacia los cielos libres de vida, y se prometió atravesarlos para poder mirar hacia abajo, y contemplarlos asÃ, subyugados, como a los gusanos que horadan la tierra. La mano del hombre creó los medios y cumplió, una vez más, su promesa. Pero tras el inocente azul se encontró con algo que no esperaba: negritud y vacÃo de espacios infinitos, insondables, abrumadoramente superiores a su capacidad de victoria y a su insignificancia. Allà se topó con los barrotes de la jaula que nadie podrÃa abrir. El mono-hombre alzó su puño armado hacia las estrellas, sabiendo que habÃa sido derrotado para siempre, con el recuerdo de su condición mortal clavado en el pecho como un retorcido puñal envenado, mientras retornaba a su otrora reino glorioso, devenido en tumba de su grandeza. Esta tercera herida marcó el principio de su decadencia. Entre chillidos rabiosos de renegado masticó su derrota. Las armas cobraron vida propia, independizándose de la mano del que fuera su creador que, anulado por la desgracia, se postró de rodillas, sin control sobre el poder evolucionado de sus instrumentos de muerte. La mente que en él habitara escapó quebrada, dejando en la cavidad solamente los ecos del horror que reflectaba su propia obra. Las armas hablaron con voluntad de supremacÃa. La construcción del imperio artificial comenzó por arrancar sus raÃces orgánicas, y el hombre que fue mono que fue reptil que fue pez que fue gusano tembló aterrado, viéndose reducido en cuestión de dÃas a su estado de célula primordial, aquella que nació millones de años atrás. Sus últimos representantes arrastraron la carne condenada por el polvo sin memoria de jardines o palacios, antes de que los estertores fueran silenciados por un fuego de luz pura.
Reinos dispares se sucedieron sobre la superficie del planeta impertérrito en el pozo de los eones.
Hasta que el trono quedó vacÃo.
Y su verdadero Rey-Juez volvió para ocuparlo.
Ante su presencia, las almas dormidas entre cenizas de los últimos caÃdos despertaron sin creerlo. Tras el trono del Creador se abrió la esfera radiante, y todas las almas se alinearon con la ferviente esperanza de poder fundirse con ella, en la luz, viva y purificadora, de un nuevo amanecer. Pero antes habrÃan de mirarle a los ojos. El miedo invocado por los recuerdos espantó a muchas de la lÃnea, aunque el encuentro fuese obvio e inevitable. No fueron pocos los que, frente a su mirada, quedaron enclaustrados en conductas animales, gritando sin razón ni esperanza, y asà se hundieron en la tierra o desaparecieron como si nunca hubiesen existido. Dos de aquellas almas que siguieron caminando se hablaron con sus voces etéreas frente a la luz:
-Jamás imaginé que fuera a ser algo asÃ.
-Yo tampoco. Pero...¿tú que has visto exactamente?
-Te lo diré dentro. Aquà empieza a hacer frÃo.
Ella se detuvo. ParecÃa dudar.
-Pero…¿crees que volveremos a comenzar, que todo será como antes?
-Ahora mismo lo sabremos.
Y entraron en la luz pura, infinita…
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