De lo que si estaba completamente seguro, es que ella no era de este planeta. Esa mirada curiosa ya la conocía yo, en mis copiosos viajes a los confines del universo. Sobre todo en las mujeres de un planeta amarillo, ubicado en una lejana galaxia de la cual ahora no recuerdo su nombre. Esa misma sensación de ser explorado desde los pies hasta la cabeza, la había sentido una fría noche, cuando junto a mi tripulación tuvimos que descender de emergencia, en tan lejano paraje. Recuerdo entonces cuando a la distancia, unos ojos luminosos me observaban con gran indagación. Casi que me sentí desnudo ante tal manera de contemplar a un ser humano.
Cuando diriji mi mirada a aquellos ojos fisgones, inmediatamente se apagaron, pero en mi quedo la sensación, de que mas allá de la curiosidad que susita un extranjero, hubo una fascinación sobre lo desconocido. Yo me quede estático no se por cuánto tiempo y cuando logre restablecer mi prioridad en aquel remoto planeta amarillo, sentí que mi mente alma y cuerpo, también sufrieron los embates de un sortilegio espacial.
Ahora después de tantos años, la casualidad me ha llevado a contemplar en esta fría noche, los ojos de aquella mujer y sentir el mismo embeleso por su mirada, que al parecer atravesó distancias inimaginables, para volver a seducirme y esta vez no solo me conformaría con mirarla.