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~“Noche, cómplice de mis pecados, siempre bajo tu ojo me observas sin juzgar, me desnudo y libero y veas lo que soy. Yo no puedo dejar de ser lo que soy, lo he intentado. Un solo recuerdo es suficiente para olvidar por completo quien soy, lo que realmente soy…”
No era una lluvia normal, parecía haber sido invocada. Golpeaba la covacha hecha de tablas de madera, viejas y descuidadas, olvidada por su dueño, como un perro callejero. La golpeaba como si la quisiera tirar, desaparecerla por completo y con ello destruyendo todos sus secretos.
Me veía a veces con lágrimas en los ojos y luego juntaba los párpados volteando la cabeza de lado mordiéndose los labios hasta probar su propia sangre. Yo no podía dejar de obsérvala, recorría con la mirada cada centímetro de su cuerpo, con mis ojos, con mi ser, todo en ella me provocaba, me estaba transformando. El agua de la lluvia se filtraba fácilmente entre las tablas, eran grandes gotas frías que caían en mi cabeza y espalda, pero también caían en sus grandes pechos, haciendo que su piel se erice, levantando sus pezones. Me perdía más y más. El viento empezó a soplar, a pesar de ser un lugar abandonado, todavía guardaba herramientas para trabajar la tierra, comenzaron a tilintear al mismo tiempo que mi cadera, seguían mi ritmo o yo al suyo, la mujer empezó a gritar pero la lluvia ahogaba su voz y entre más gritaba más fuerte caía, “mi amante…” pensé. Alrededor de mi cuerpo empezaba hacer frio. Yo la protegía de aquél y ella a cambio de daba su calor. El tiempo transcurrió a merced de la tormenta, esta al final cedió, el olor a césped y tierra mojada empezaban a invadir mis narices, me desanimaba ya no la podía oler. Sus gritos se hacían más presentes, su voz violaba mi oído. Le grité “¡cállate!”, y con la mano con la cual la acariciaba la golpee en la cara con el puño cerrado, todo se estaba yendo al carajo, “mi amante…” pensé otra vez, me subí los pantalones, salí disparado afuera la mire fijamente por un momento y después mire atrás para ver aquella mujer con la cual la engañaba. De rodillas le imploraba el perdón, pero su silencio era sepulcral, no lo soportaba, no sabía qué hacer. Y como siempre culpe a otro de su silencio, me acerque a la mujer que estaba semidesnuda en la covacha, tome una pala y la empecé a golpear con todas mis fuerzas en la cabeza, hasta que dejo de moverse, Salí otra vez gritando con la pala en una mano y sangre en la otra, “¡perdóname por favor, es la última vez te lo juro!”. Seguí el procedimiento acostumbrado, hice el cuerpo bañado en sangre a un lado, y comencé a cavar hasta topar con el cadáver de la anterior mujer con la cual le había sido infiel.
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