También estaba en la isla Don Donoso.
A D. Donoso nadie lo habÃa visto nunca, nadie lo conocÃa personalmente, pero sabÃan que estaba, como cualquier otro vecino.
Este hombre vivÃa oculto en una gruta del monte Ziripandrullo, y era un anacoreta de los pies a la cabeza. Como debe de ser un anacoreta.
HacÃa seiscientos años que no salÃa al mundo exterior y de lo que sabÃa, se enteraba por un aparato de radio que se habÃa hecho él mismo con una patata.
Se nutrÃa del musgo que criaban algunas de las paredes de la cueva en una agreste y biológica moqueta.
Allà tenÃa todo lo que necesitaba.
Por las pequeñas fisuras del techo, filtraban hilillos de agua lÃmpida, ferruginosa y fresca.
Además, en los dias de tormenta, tan frecuentes en Makalanda, raro era que no se colara en busca de cobijo, algún lemur, lirón, conejo, mapache, zorrillo, tapir, ñandú, o búfalo o algo.
D. Donoso, esperaba paciente, porque no tenÃa tampoco nada mejor que hacer. Entonces, cuando veÃa asomarse la cabeza de alguno de estos bichos en la gruta, se aprestaba a atizarle un buen peñascazo y hala, proteÃnas.
¿Pero cómo podrÃa saberse de la existencia de D. Donoso, si no se habÃa dejado ver nunca?.
Buena pregunta.
D. Donoso se construyó, cuando decidió dedicarse profesionalmente al eso del ermitañazgo, una especie de catapulta, con la que periódicamente, cada cierto tiempo, lanzaba mensajes escritos en los pellejos de los animales que se zampaba.
Las misivas de D.Donoso eran esencialmente composiciones poéticas y sólo concedÃa unas pocas lÃneas a informar de cómo le iba y a saludar con brevedad a las gentes del poblado.
Asà fue la última:
"Yo estoy bastante bien, acaso un pelÃn acatarrado.
Os envÃo, conciudadanos, mi nuevo poema. Un poema sin parangón posible, lejos de la influencia de aquellos que usan el divino arte del verso para henchirse de materiales fortunas y a los que dios joda por siempre, amén.
AL AMOR INALCANZABLE, VERDADERO Y PURO.
Quiero orinar las adelfas de tu patio
para oir de sus raices los crujidos,
para vengar con sus quejidos mi lamento,
porque mi mente se halla en triste laberinto
y no conocerá la calma hasta el momento
en que desvele qué cojones es un mirto.
Y si es tu corazón una amapola
y mi pecho varonil un lirio herido,
si tus cabellos un enjambre de azucenas
y tus mejillas son un reventar de rosas,
quiero saber para aliviar mi pena
cuándo podrán las palmas de mis manos,
que no son ni mis manos ni mis palmas,
sino dos nobles lechugas de hortelano,
conjuntarse en indivisible arraigo
con las inmensas coliflores de tus nalgas.
Porque amada ante el buen dios yo te lo juro
que no hay ni habrá extensión más grande que tu culo. FIN
Saludos a la villa: Don Donoso."
Los paisanos comprendÃan que tanta soledad aturde al más pintado.
( continuará)