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Cuenta una extraña historia que las mariquitas perdonan, pero no olvidan. Según parece, al principio las mariquitas no tenÃan sus famosos puntitos negros. Poco antes todas estuvieron a punto de desaparecer cuando guiadas por el famosÃsimo Cayus Insectus, una tormenta inundó el camino por el que viajaban. Las pocas que sobrevivieron tuvieron que elegir el sustituto de Cayus Insectus, desaparecido entre las aguas, y decidieron que lo serÃa quien primero llegara al lago de la región sur y regresara para describirlo.
Las mariquitas se lanzaron a la aventura, y poco a poco fueron regresando, contando lo bello que estaba el lago en aquella época del año, con sus aguas cristalinas, lleno de flores y hierba fresca en sus orillas. Pero la última de todas ellas tardaba en llegar. La esperaron hasta 3 dÃas, y cuando regresó, lo hacÃa cabizbaja y avergonzada, pues no habÃa llegado a encontrar el lago. Todas criticaron la torpeza y lentitud de la joven mariquita, y se prepararon para continuar el viaje al dÃa siguiente.
Siguiendo al nuevo guÃa, caminaron toda la mañana hacia el Norte, hasta que al atravesar unas hierbas espesas y altas, se detuvieron atónitos: ¡frente a ellos estaba el Gran Lago! y no tenÃa ni flores, ni hierba, ni aguas cristalinas. Las grandes lluvias lo habÃan convertido en una gran charca verdosa rodeada de barro.
Todos comprendieron al momento la situación, pues al ser arrastrados por el rÃo habÃan dejado atrás el lago sin saberlo, y cuantos salieron a buscarlo lo hicieron en dirección equivocada. Y vieron cómo, salvo aquella tardona mariquita, todos deseaban tanto convertirse en Gran GuÃa, que no les habÃa importado mentir para conseguirlo; e incluso llegaron a comprobar que el nefasto Cayus Insectus habÃa llegado a aquel puesto de la misma forma.
Asà pues la mariquita tardona, la única en quien de verdad confiaban, se convirtió en Gran GuÃa. Y decidieron además que cada vez que una de ellas fuera descubierta engañando, pintarÃan un lunar negro en su espalda, para que no pudiera ni borrarlos, ni saber cuántos tenÃa.
Y desde entoces, cuando una mariquita mira a otra por la espalda, ya sabe si es de fiar por el número de lunares.
Como las mariquitas, también las personas pintan lunares en la imagen de los demás cuando no muestran su honradez. Y basta con tener un sólo lunar negro para dejar de ser un simple insecto rojo y convertirse en una mariquita. Asà que, por grande que sea el premio, no hagamos que nadie pueda pintarnos ese lunar.
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