En una fría noche de invierno al fin Gloria tenía la casa de Muñecas que siempre había anhelado; desde que tenía seis años siempre esperaba ansiosa aquella casa para jugar con sus muñecas, ahora tiene diez años y recibe el regalo, tal vez un poco tarde, pero se sentía feliz y pensaba que aún estaba a tiempo de jugar y divertirse con su juguete. Pero había un detalle adicional que a Gloria la llenó de felicidad, y es que su casa de muñecas no era como otras casas de muñecas que ella había visto, no, esta casa era de chocolate, golosina ésta que a ella le fascinaba hasta la saciedad; así pues que en un solo regalo tenía las dos cosas que siempre quiso tener: La casa de muñecas y bastante chocolate.
Gloria comenzó a jugar sola, no quería que sus amigas jugaran con su casa nueva ni mucho menos que comieran del chocolate. Comenzó a volverse egoísta mientras jugaba en soledad engullendo puertas y ventanas de chocolate. Comió tanto que aborreció la golosina, y de tanto guardarla, la casa de muñecas comenzó a derretirse, entonces Gloria salió a buscar a sus amigas para compartir con ellas los trozos de la casa que aún le quedaban, pero sus amigas al ver que el chocolate se chorreaba por el piso y las paredes, no quisieron jugar ni menos aún, comer de aquel chocolate sucio y derretido y se fueron corriendo a jugar en un parque cercano, dejando a Gloria llorosa contemplando el deprimente espectáculo, hasta que de pronto se despertó. ¡Que Bueno, fue un sueño!, Fue su frase exclamativa con una sobrecargada de dicha y alegría. Todo había sido un sueño, un mal sueño que le había dejado una inolvidable lección que guardaría por siempre en las fundas de su almohada.