Esa noche estaba durmiendo en mi cama, hasta que llegó él.
-No puedes estar aquí, si mi madre nos ve estaremos en serios problemas- dije yo en voz baja.
Bastó una mirada para decirme que no le importaba.
Rápidamente se deslizó por las sábanas hasta estar al lado mío.
-Mamá me castigará, lo sabes bien- le advertí de nuevo.
Lo único que hizo fue hacer un silencioso gemido, sabía muy bien que yo no lo echaría de la cama.
No pude evitarle, le di un beso.
Recordé como lo conocí, hace dos años. Salía de la escuela y percibí entonces su presencia, era como la sombra que andaba siempre detrás mío, desde ese momento fuimos casi inseparables.
Me dormí... me despertó cuando se iba. Me sentí mal, pero era lo correcto. Mamá no quería que el perro pase la noche conmigo en la habitación, y mucho menos en la cama.
Fin.