Era difícil coger la escoba de la casa y empezar a barrer, sobre todo después de haber llegado ebrio, sin saber cómo ni por donde. Te escapas de la total inconciencia abriendo y cerrando los ojos, revuelves tu cabeza y sabes que estás protegido bajo el desorden del manto hogareño... El dolor de cabeza es infernal, como todas las cosas regadas por el piso... Hubiese sido terrible si vivieras con alguien, pero vives solo, sin perro ni sombra, solo, totalmente solo y a cinco kilómetros del pueblo, rodeado por los animales del bosque, los robustos y frondosos árboles, los insectos que parecen estar dedicados en hacerte la vida imposible, un lago pequeño y solitario, así como tu y nadie más.
Te paraste y decidiste no hacer nada de nada, dejar las cosas tal como estaban, dejar que el tiempo la arregle todo en tu cabeza y en tu casa... Coges la llave del auto y te encaminas hacia el pueblo. Tienes sed y un hambre de perros, pareciese que no hubieras comido en años. Era extraño, bastante raro, no puedes recordar nada de lo que hiciste el día pasado, y cuando tratas de recordar tu nombre, tampoco puedes. Buscas tus documentos en el pantalón y lees lo que dice. Miras tu foto, y recuerdas.
Apenas llegas al pueblo observas que toda la gente saca sus cabezas por la ventana de sus casas, se te quedan mirando con la boca abierta y los ojos llenos de asombro, parecen mirar a un cadáver… Te estacionas, bajas del auto y decides entrar un momento al bar, tienes sed y hambre. Viste un restaurante simpático y lleno de gente. Entras, y apenas abres la puerta, toda la gente pone sus ojos en ti, nadie parece moverse, escuchas el vuelo de unos bichos alrededor del mostrador del local… Respiras hondo y observas que toda la gente sigue con la boca entreabierta, parecen no respirar, parecen muñecos de un museo de cera... Caminas hasta llegar a la barra. Ves al cantinero y pides una copa de vino, parece que todos despiertan, que vuelven a respirar y ves que el tipo tras la barra te sirve una copa. Pides otra copa y otra copa, y te la sirve, y te la sirve, y te das cuenta que esta escena se repite y repite, y sientes que algo no está bien, y dudas si aún estás soñando bajo el manto de tu desordenado hogar... De pronto empiezas a ver doble. Estás ebrio, parece que todo se repite como el mozo tras el mostrador y la copa que no deja de estar llena. Pagas y dejas la copa casi llena. Sales hacia tu auto, y te diriges hacia cualquier lado menos a tu casa... Y mientras manejas, empiezas a tener visiones de las cosas que hiciste el día anterior, recuerdas haber ido al mismo restaurante, tomar copa tras copa sobre el mismo mostrador, y con la misma gente alrededor… Recuerdas tu nombre sonando como un eco en una caverna, y ver a cinco personas acercarse hacia ti, y te cogen del brazo y te llevan hacia la calle… Luchas con ellos, son cinco personas, como los dedos de una mano, pero luchas con tus propias manos y una pesada vara de acero, dejándoles en muy mala condición. Sabes que eres un buen peleador, y aquello fue tan solo en un ejercicio, una manera de sentirse mas útil, al menos para uno mismo…
Ante estas imágenes bajas del auto y vas hacia la maletera. Lo abres y encuentras a cinco cuerpos sin vida, trozados y envueltos en cinco paquetes de plástico. Te dan ganas de vomitar, y empiezas a recordar que les habías arrancado la vida como si estuvieras poseído… Observas la vara de acero totalmente ensangrentada, un fino cuchillo y un hacha envuelta en una caja de plástico… Cierras la maletera y sabes que tienes que buscar un lugar en donde sepultar los cinco paquetes, como los dedos de una mano ensangrentada...
Viajas raudamente hasta llegar a una especie de cueva abandonada… bajas los bultos y los entierras. Pasan tres horas, quizás mas, estás sudando como nunca y tienes ganas de vomitar, todo empieza a oscurecer y el silencio de aquel lugar parece arañar tus oídos, deseas que todo termine, deseas estar en tu casa bajo aquel manto desordenado… De pronto te parece ver que alguien sale del fondo de la caverna, no sabes si es un hombre o una bestia, pero sabes que se acerca… Tu corazón palpita, y sientes que tienes un corazón en cada parte de tu cuerpo bombeando mucha sangre… Te levantas y vas hacia la maletera del auto y coges la vara de acero, sabes que eres muy bueno peleando, sonríes y observas si aun te quedan más bolsas de plástico, pero no, parece que no es un hombre, es una bestia, pero es grande como un oso, y sientes que te ha olido y que se te está mirando intensamente. Todo está oscuro menos los ojos de aquella bestia que resplandecen como dos estrellas… Te asustas y aquel sentimiento te agrada, es como sentirse morir, o estar al borde de un abismo. Empiezas a escuchar que la bestia gime, como si quisiera decirte algo. Recuerdas que tienes una linterna en tu auto y vas hacia ella. Lo coges y disparas la luz hacia la bestia, y te das cuenta que no es un oso, ni una bestia, es un ser muy raro… Está cubierto por un manto, como si fuera un monje, piensas que es un demonio o un loco, no sabes… Subes al auto y vas hacia tu casa…
En todo el viaje recuerdas los ojos de aquel ser, y sientes que un frío te sube por el espinazo. Llegas a tu casa y todo sigue igual, las cosas siguen regadas por el piso y siente un sueño feroz, pero tienes sed, mucha… Coges una botella de vino y te la tomas sin dejar una gota. Vas hacia tu cuarto y te tumbas en la cama, y sueñas, sueñas con algo cubierto de trapos que te observa con dos ojos brillantes como estrellas, se te acerca y te muestra una mano gigante, y en cada dedo parecen estar reflejadas las cinco personas con que peleaste el día anterior… Sabes que tienes que pelear, eres muy bueno para eso, pero esa mano es muy grande para ti, pero hay que luchar, hay que luchar, es como estar en el filo de un abismo…
San Isidro, marzo del 2005.