Las ruedas de la bicicleta giran al punto de parecer inmóviles y el viento despeina el pelo crecido de Miguel, el único del grupo que tiene bici. Se detiene entre las paredes sucias de graffitis ilegibles y el viejo árbol que día a día devoran las termitas, para hacer sonar su bocina. Joaquín sale al instante con un pequeño bulto colgado al pecho, saluda a Miguel y se sube al asiento trasero del vehículo.
El rin-rin de la bicicleta suena en cada esquina, y cuando se topan con algún transeúnte distraído-lo mas divertido es el sobresalto de las ancianitas que avanzan con lentitud-, ríen.
Se detienen frente a una casa de maderas desteñidas y comienzan a lanzar piedrecillas sobre el techo de zinc. Al momento salen los hermanos Cholele, jugando con dos bastoncillos que hacen de guaripolespadas, mientras repiten:
-¡Holipos hermanifos!
-¡Holipofis hermanopos! -saludan Miguel y Joaquín tras una reverencia; ríen con más ganas, mientras se acomodan los cuatro sobre la bicicleta.
Intentan avanzar con velocidad, a pesar de la carga. Se turnan los pedales para amainar el cansancio, y apenas ven algún perro reposando al sol dan sendos chiflidos para que los canes salgan a la caza y terminen picados por los bastoncillos.
Cuando llegan a la Costanera descansan sobre el pasto, jugando a ponerse el apodo del día, luego tiran piedras al río y sueñan con ser mejores adultos que los que conocen…
Cuando el sol comienza a bajar y deja de quemarles sus pieles ya tostadas, montan la bicicleta y pedalean hasta la casa de los Cholele; se sientan silenciosos en la cuneta, mientras Joaquín descuelga de su cuello el pequeño bulto y reparte el pan que ha traído desde su casa.
me encanto, porque es sencillo, dulce y trata de temas que son de interés...es otra forma de mirar la hermandad y la solidaridad desde la infancia