Poco a poco juntó los labios. Minutos antes, la mandÃbula inferior habÃa decidido por propia voluntad dejarse caer al vacÃo, suspendida la lengua en un punto intermedio y mostrando un generoso brocal por el que podÃa caber, exagerando sólo un poquito, una bombona de oxÃgeno.
La culpa de esa mueca, que duró un semáforo en rojo y un par de pitidos, era del copiloto, su novia, y de la advertencia que este mes, cariño, no me ha venido. Por delante de sus pupilas desfiló su vida vertiginosamente, como si aquellas palabras hubieran sido balas aterrizando en su piel, con la diferencia que el capÃtulo final no era su presente sino que se alargaba hasta que un joven con chupa de cuero se reÃa de los cuatro pelos de su calva, en su mesa, su comedor y su propia casa.
Al volver la vista a la carretera y reanudar su marcha, oyó de fondo a su novia, que, con su mejor tono tranquilizador, le aseguró que podÃa ser un simple retraso, un retraso de nada, un retraso sin importancia, de esos retrasos que tenemos todas, que un retraso no es para que se acabe el mundo, digo yo. Pero la oÃa lejos de su realidad, como habÃa oÃdo siempre a su madre, a su padre y, más tarde, al jefe, quienes conformaban un zumbido molesto adosado a su vida.
En cuanto se paraba de nuevo, miraba por la ventana y se le imprimÃa en la retina el rostro de un niño. Niña con abuelo. Niño llorando. Niña con madre. Niños en el parque. Niño pateando la cartera. ¡Gemelos! La calle se habÃa llenado de criaturejas surgidas por concepción instantánea. ParecÃa que la llegada del otoño habÃa dejado, además de un ejército de hojas secas descansando en el asfalto, fajos y fajos de niños por aquà y por allá, campando a sus anchas. ¿Era el único que se daba cuenta de la invasión? ¿Ningún yanqui iba a hacer una pelÃcula sobre el tema? ¿Y su novia querÃa ser partÃcipe de esa locura? ¡Peor: Le incluÃa a él sin tan siquiera haberle pedido permiso!
Aunque él no lo advirtió, de tan sumido en sus cavilaciones, su novia bajó delante de la oficina, como cada dÃa de su vida desde hacÃa cinco años, de lunes a viernes con sus martes, miércoles y jueves de relleno del sándwich, de nueve de la mañana a cinco de la tarde, enfundada en su disfraz de secretaria, con sus andares de secretaria y su sonrisa de secretaria… sonrisa –perfecta- que inspeccionaba delante del espejo cada mañana, pensando que en el colegio le habÃan pronosticado un futuro triunfante y ella se habÃa dormido en la primera sÃlaba del triunfo.
Empezó a dar vueltas a la búsqueda del aparcamiento perdido, sintiendo que la estupidez se le habÃa adherido al volante, mientras él veÃa desfilar la misma retahÃla de quiosco-fruterÃa-supermercado-puticlub-papelerÃa repetidas veces por delante de sus narices hasta que quedaba un lugar vacante, siempre demasiado estrecho, que le obligaba a proferir una oración de insultos dedicado al dios de su mala suerte cotidiana. De ahora en adelante -pensó casi con ternura- debo comportarme bien porque mi hijo va a tomar ejemplo de mi… Claro que –añadió al darse cuenta de su enternecimiento- ¡Será como llevar un policÃa siempre encima! Y, por un dÃa, los insultos no quedaron dentro del coche guardados al cerrar la puerta –y a la espera impaciente de su vuelta para lanzarse contra algún patoso conductor- sino que le acompañaron hasta la entrada del taller.
(continuará...)
Te felicito, me gusta cómo escribes, está muy bien contado, asà que ,nada, a seguir. Molt be chiqueta.