La mañana era lluviosa. Ella entró al bar, sacudió su rubio cabello con un leve movimiento y unas gotitas de lluvia salpicaron la mesa donde yo estaba.
Se sentó a la mesa sin siquiera mirarme; hizo un gesto al camarero que se acercó, le pidió un café solo, cargado. Puso el bolso en su regazo y sacó un paquete de cigarrillos y un encendedor, los puso sobre la mesa cerca de mi y encendió uno. Seguía sin mirarme.
El camarero trajo el café y ella se lo agradeció con una linda sonrisa, a mí nunca me sonreiría. Aplastó la colilla en el frío cristal y sus dedos me rozaron; por un tiempo el carmín de sus labios estarían conmigo; hasta que me limpiaran.
Cuando se tiene una excelente imaginación, como es el caso de Lébana, hasta las cosas más simples y cotidianas se pueden contar con gran altura literaria. Todo cobra vida y se llena de sentimientos en un universo como éste. Saludos. En el bar, Lébana.