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Categoría: Terror

El reloj de la pared

Dedicado a mis amigos del grupo J.A.R Pantitlan, a quienes estimo mucho


Me encuentro sentado a una de las mesas de este sitio que muchos llaman restaurante, aunque a mí me parece solamente un mesón de mala muerte. Cada cinco minutos miro el reloj de la pared, pues es una costumbre que tengo cuando la impaciencia me ha invadido, pues la larga espera de más de una hora sentado aquí (rodeado de parroquianos, pero con una soledad moral que me carcome el alma) ha acabado con la poca paciencia que tenía.
Me muevo un poco de mi silla, como queriendo con eso desentumirme de lo acalambrado que ya me encuentro, producto de más de una hora sentado. Y llego a la conclusión – muy tarde me doy cuenta de eso – de que ya no vendrá. Como siempre lo ha hecho. Y no atino a quien llenar de improperios, si a esa hija de p… por su proceder o a mí mismo por ser un verdadero imbécil y creer de nuevo en…
Lo que no debiese creer.

Me pongo en pie (la silla debe apestar a sudor, obviamente) y me dirijo a la salida. Antes de salir de aquel “restaurante” vuelvo a ver el reloj de la pared; estuve ahí ya una hora y media.

Al llegar a casa lo primero que se me ocurre es quitarme aquella ropa que me agobia. No es que el coraje me haga cometer el acto de arrancarme el atuendo y arrojarlo lo más lejos posible (que no es mucho, pues la pared impide que la ropa viaje más allá de lo necesario), pues la principal razón es que la ropa de vestir me causa urticaria, pues mi piel no está acostumbrada a “tanta formalidad”… solo me la puse para ese día “especial”.
Acto seguido, me dirijo a revisar el teléfono y, me doy cuenta que hay un mensaje ahí. Hay quienes sí se atreven a dejar mensajes en el buzón; algo que de verdad les admiro, pues a mí me da verdadera vergüenza grabar mi voz en una contestadora. Reviso el mensaje (lo escucho) y…
Está de más decir que era la voz de ella; la misma tipa que me dejó esperándola hora y media en aquel lugar que todo mundo consideraba un restaurante, pero para mí era un mesón. En la grabación ella se disculpaba por su incumplimiento. Y no era la primera vez que escuchaba ese tipo de mensaje y, no era la primera vez que ella me hacía esperarla más de una hora (hora y media, para ser exactos), para al final de cuentas ni siquiera presentarse al sitio indicado para la…
¿Podría llamársele cita?
Y no era la primera vez que ella me juraba y perjuraba que la próxima vez sería diferente. Y no era la primera vez que yo le creía (era el colmo de la estupidez y la tolerancia).

Y me presenté – como siempre lo hacía – en aquel día acordado; el que ella señaló como el día en que las cosas serían diferentes. Y ya sabrán por obvias razones en donde sería la “cita”… el mismo “restaurante”. Yo me senté en la mesa de siempre, justo donde podría mirar el reloj en la pared cada cinco minutos (cuando mi paciencia ya se hubiese acabado).
El mesero se me acercó para tomar mi orden; siento que este ya se había artado de verme siempre ahí, esperando como…
Como quien espera lo imposible.
Pero no era su trabajo juzgar a los parroquianos, sino atenderlos, así que se acercó a tomar mi orden, y yo le dije que más adelante, que esperaba a alguien. El mesero se dirigió entonces a otra mesa.
Pasó el tiempo; y yo miraba el reloj en la pared cada cinco minutos. Hasta que la impaciencia me entumió tanto el cuerpo como la mente y, como siempre, salí del lugar sin que ella hiciera acto de presencia.
Y como siempre, antes de salir de aquel mesón (o restaurante, según los demás) miré de nueva cuenta el reloj en la pared. Había estado ahí – esperándola – una hora y media.

Y como siempre, el mismo mensaje en la contestadora. Y como siempre, el mismo juramento de que las cosas serían diferentes la próxima vez. Y como siempre, el mismo imbécil que lo creía y se presentaría en el mismo lugar de siempre.
Y aquella persona que píense que es una exageración (y algo estúpidamente ilógico) lo que escribí anteriormente, también yo puedo decirles que es estúpidamente ilógico creer que el alcohol te da el éxito, pues solo un subconsciente estúpido e ilógico se deja influenciar por la mercadotecnia y mezcla imágenes de gente exitosa y bebidas alcohólicas y da por razonable que ambas cosas van juntas; que una es consecuencia de la otra.

Y sin más preámbulos, comento que esperé una semana para el día acordado. Mientras tanto, en mi mente se encontraba la imagen de aquel reloj en la pared; y fue algo así como una señal (de alguna forma tengo que llamarle a lo que mi mente me dictaba). Un reloj. Le obsequiaría un reloj a ella; en ocasiones como esa (en citas) se acostumbra regalar flores, pero yo opté por algo diferente…
Y el reloj que le obsequiaría sería igual al de la pared de aquel lugar donde siempre me citaba…
Donde siempre me dejaba plantado.

Cuando llegué al mesón (perdón, restaurante) y me dirigí a la misma mesa de siempre, vi que ella ya se encontraba ahí sentada. Por fin se había dignado a presentarse (algo me decía que esa vez, las cosas serían diferentes). Me sonrió y yo hice lo propio. Me acerqué a ella y, luego del respectivo saludo siguió la charla…
Y mientras conversábamos, yo le entregué el reloj que le había comprado; el mismo lo había metido en una caja (daba una apariencia elegante). Ella la abrió, miró el reloj y, a su vez vio el de la pared y comprobó que eran idénticos; y de alguna forma me las arreglé para sincronizar las horas.

Y así pasó una hora y veinticinco minutos (casi el mismo tiempo que yo la esperaba a que llegara). Y de verdad que las cosas fueron diferentes en aquella ocasión, pues por fin ella se presentó a la cita.

Solo cinco minutos más y el tiempo que siempre la esperaba y el tiempo que nos habíamos puesto a charlar se emparejarían….

Solo cinco minutos más y la bomba que le había puesto al reloj explotaría.

Fin
Datos del Cuento
  • Autor: Beto
  • Código: 18246
  • Fecha: 13-03-2007
  • Categoría: Terror
  • Media: 5.39
  • Votos: 109
  • Envios: 5
  • Lecturas: 2189
  • Valoración:
Comentarios


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4 comentarios. Página 1 de 1
Jorge
invitado-Jorge 13-08-2008 00:00:00

A pesar del exagerado uso de los paréntesis que hace suponer que el autor piensa que el mundo entero es igual de idiota a él, de la paupérrima redacción y de los errores de ortografía el final es bueno e inesperado. Por fin... no podía creer que entre tanta mierda que escribe una sola persona no se pudiera encontrar algo decente, me quedo tranquilo y dejo de leer estos pseudocuentos para no seguir llenando mi mente de babosadas.

Peter
invitado-Peter 28-11-2007 00:00:00

Las mejores cosas de un cuento es el final, y lo ayuda mucho aunque haya sido flojo. La última oración nos impacta y no nos damos cuenta de la desesperación del narrador. Un cuento para quienes leen sin esperar nada a cambio, pero les aseguro que lo tendrán!. Mi puntuación del 1 al 10... 8! Hay que arreglar la redacción y disminuir las aclaraciones entre paréntesis. Bien!

Marius
invitado-Marius 22-04-2007 00:00:00

Que final tan sorpresivo, de momento me desanimé porque todo acababa bien, típico, común, pero esa última oración me sacó una buena sonrisa. Conunpoquito más de trabajo en la redacción sería una publicación mejor de lo que ya es.

Isabel
invitado-Isabel 15-03-2007 00:00:00

Tienes esa tangible cualidad de hacer tan simples y creibles las cosas crueles. Ademas me parecio muy acertado tu comentario sobre el alcohol y la mercadotecnia, espero que, te halla servido de algo mi punto de vista. Conectate pronto. Isabel.

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