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El mundo en un sofá

Ana Morente, como cualquier artista joven de nuestros días, crea su propio mundo, un microcosmos que nutriéndose en el ambiente que vive y respira, se expresa en diálogos como los que se pueden escuchar en la calle dentro del laberinto de los problemas de la juventud actual, un laberinto sin retorno, fabricado por su propia imaginación, y que les provoca esa sensación que cada paso que dan, cada decisión que adoptan, es irreversible, y que mientras dan vueltas en torno a un presente eterno, experimentan la sensación de perder algo muy importante. El sentido de fracaso y de decepción ante el mundo que toca vivir, esa melancolía que se siente al entrar en contacto con la vida real, la tristeza que provoca la continua esperanza de una vida mejor pero inaccesible. Son jóvenes europeos llenos de idealismo pero con poca carga ideológica, donde ya ni siquiera está presente la lucha por la libertad y la cultura, y se percibe, se siente como el vacío de una nueva conciencia ciudadana. Son jóvenes que en su versión más radical tienen preguntas pero ninguna propuesta.

Jóvenes con un entorno familiar desestructurado y diferente al de generaciones anteriores, y con unas posibilidades afectivas o de mera relación sexual más amplias pero tal vez más cargadas de incertidumbre.

A partir de estos presupuestos, que conectan con los asuntos que parecen habitar en el inconsciente de los grandes cineastas del momento: el dolor por la pérdida de seres queridos, el deseo insatisfecho, las apariciones cuasi espectrales, la incertidumbre tras la separación familiar, traducidos frecuentemente en la sensualidad inaudita de cuerpos jóvenes y libres, Ana hace un discurso cinematográfico sencillo pero envolvente, con un trazo firme pero animado por algunos temblores, un texto afortunadamente libre de metáforas demasiado complejas, con alusiones a la cultura que respira y con el escepticismo de su generación, contribuyendo todo a que su película se acerque a la realidad, se integre en la vida cotidiana como un espejo del estado de ánimo de dicha generación, vida confusa, complicada, intrincada y poco satisfactoria. Y todo visto a través de la lente del sexo que enfoca unas relaciones humanas que son viscerales, agudas, ásperas como un limón, y muy, muy divertidas. Sus personajes entretejen unas relaciones en las que confluyen y entran en conflicto el amor, el sexo y el dolor de ser consciente que uno se está haciendo mayor.

Si la lente de Ana tiene un filtro es el femenino. Su visión es la de la mujer joven de hoy, que camina por el mundo tras el impresionante avance del siglo XX, con la seguridad que los hombres son sus iguales como mucho, pero que se siente más próxima a los anhelos de las mujeres y que es a través de ellas como quiere buscar su personal salto adelante. Mientras a las mujeres las mira y las enfoca con toda su ternura, el hombre aparece como un espectro por lo que aún tiene de necesario, pero nada más.

En la película aparece un color, el de Madrid en el esplendor de finales de agosto. Pero no es una película de una ciudad, es un interior que podría estar en cualquier ciudad de Europa o incluso de cualquier otro país de lo que es el primer mundo. El primer comentario es que es una película muy francesa, porque se tienen muy frescos los recuerdos de las buenas películas francesas de la pasada temporada, pero por ahí llegamos también a la Nueva York de Allen. Eso sí, a través de una mirada joven y nueva.
Datos del Cuento
  • Categoría: Urbanos
  • Media: 5.57
  • Votos: 63
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