Casi todos los dÃas se jugaba la muerte. Su muerte. Esa que, paso a paso, le iba desgastando la vida, que dÃa a dÃa le iba mordiendo el corazón, le llenaba de ardores las tripas y, a veces, le sangraba por la nariz. Se la jugaba ¿total? ¿qué tenÃa para perder? la agonÃa, las livideces, una caja de madera, la soledad helada de la huesa, el ya no ser. Todo eso, con gusto se lo jugaba esperando perderlo. Porque jugaba para perder, para perder la muerte y ganarse la vida. Ese era su juego y también era el juego de muchos, aunque esos muchos no lo supieran, pero él sà lo sabÃa, dÃa a dÃa y paso a paso. Y como jugaba para perder, perdÃa, una y otra vez y asà seguÃa vivo. Pero aún los que quieren perder, los que deben perder, los perdedores de profesión, un dÃa, por azar o por ley de números, ganan. Y eso fue lo que le sucedió: apostó su muerte y ganó. De ahà en más estuvo solo mucho tiempo, solo y frÃo. Pero no para siempre. Un dÃa tuvo otra oportunidad de apostar, lo dejaron jugar otra vez; era un buen cliente: casi siempre perdÃa, asà que lo dejaron apostar su vida por una vez, por una única vez. Y le dieron la chance de estar, del calor de la sangre fluyendo por el viejo y podrido cuerpo, del ritmo imperceptible de la respiración y de la compañÃa de los otros para siempre. Y ganó, sorprendiendo a todos, y volvió a vivir una primavera, por un dÃa, con alas multicolores, grandes antenas afelpadas y fijo por una delicada alfiler en aquella caja escolar de madera.