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El Perseguido

Siempre que iba por las calles sentía que alguien me seguía. Con el tiempo uno se acostumbra a todo, al dolor, a las penas… Las tristezas y alegrías pierden su efecto sobre uno. El tiempo modera todo, como las arrugas de mi rostro que día a día me muestran lo viejo que estoy… Aún así, siempre advertía que alguien seguía mis pasos. Conversé con gente sabia, leí libros importantes, pero nunca encontré una respuesta que me satisficiera.

Hice muchas cosas en la vida, y con el tiempo entendí que todo fue motivado por aquel sentimiento de ser perseguido. “¿Será la muerte?”, me cuestionaba. “Podría ser” me respondía… Eso es inevitable, sobre todo para los ancianos que tienen a cuesta su buen o mal pasado, eso es lo mejor que podría sucederles. Entendí que la muerte no era mi perseguidor, más bien, era el merecido descanso del cuerpo, un volver a ser polvo, un abrazo de paz con la tierra...

El pensar demasiado lo aísla a uno, haciéndole buscar en su soledad un refugio contra el eterno cuestionarse. Aprendí a vivir oculto tras la máscara de la indiferencia, escondiéndome sobre todo de aquello que veía sin sentido. Observaba que es tomado como algo normal hacer las cosas sin cuestionarse, como si uno fuera un títere de las fuerzas morales de la cultura de turno; en mi caso, mientras el tiempo pasaba, me di cuenta que era fácil pensar, hacer todo como si fuera una oveja, pero, aquel sentimiento de que alguien me seguía, no me dejaba hacer nada bien…

Una tarde, mientras cruzaba una avenida importante advertí que mis fuerzas se evaporaban, y sentí que la muerte cortaba los hilos de mi vida… De pronto, sentí más cerca que nunca los pasos de mi perseguidor. Ya estaba cayéndome, cuando sentí sus brazos sostener mis hombros. Y con gran suavidad y firmeza, me ayudó a caminar hacia un lugar para poder descansar… “Mi ángel guardián”, me dije en silencio. Encontré una banca y me senté, traté de mirarle para agradecerle, pero no pude… no tenía fuerzas. Cuando pude recobrarme un poco, alcé los ojos, era una joven que se alejaba con el Sol que entornaba su silueta como un ser divino. “¿Quién será?”, me dije. La joven detuvo sus pasos y caminó hacia mí. A unos metros de mí, pude verle los ojos y eran negros como el color de mi conciencia… Avergonzado, bajé la mirada, no pude soportarlo… “Perdón”, le dije, y sentí que sus pasos volvieron a alejarse.

Desde aquella vez, nunca mas me he vuelto sentir perseguido. Mis cargas se han vuelto livianas, y me siento un ser perdonado…



Lima 15/12/04
Datos del Cuento
  • Autor: joe
  • Código: 12237
  • Fecha: 16-12-2004
  • Categoría: Sin Clasificar
  • Media: 5.95
  • Votos: 42
  • Envios: 1
  • Lecturas: 357
  • Valoración:
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