Un niño pensativo y muy preocupado, siempre pensando en lo que podía pasar al día siguiente, ese era Ignacio, que a pesar de sus dos años recién cumplidos, ya estaba viendo la vida que le tocará llevar cuándo crezca.
De tanto pensar en el futuro, Ignacio pensó que sería mejor no crecer, confesión que le hizo a la señora que lo cuidaba. Una mañana, después que sus padres salieron al trabajo, en su escaso y dificultoso lenguaje le comentó: “Señora Miriam, yo tengo miedo de crecer, porque mi mamá va a obligarme a comer gusanos como lo hizo con mi hermano Arquímedes”. ¿Cómo es eso mi niño? – le preguntó asustada la señora Miriam.
El niño prosiguió su confesión: “Todas las mañanas y también en las noches mi mamá, mi papá y mi hermano, comen gusanos y luego, después que los mastican, los vomitan”. La señora Miriam sin salir de su asombro le pregunta: “¿Y cómo son esos gusanos, mi nene? Ignacio siguió su conversación: “son unos gusanos de color blanco, pero los he visto rojos, azules, y hasta verdes. No recuerdo como se llaman, porque tienen un nombre muy difícil, pero voy a preguntarle a mi hermano y mañana le digo”.
Así dieron por terminado el asunto y pasaron el resto del día en juegos divertidos y quehaceres de la casa. La señora Miriam, no dejaba de pensar en el asunto, y aunque hacía sus oficios, su pensamiento seguía en aquellos gusanos que Ignacio le contó.
Así a la mañana siguiente cuándo los señores de la casa se marcharon nuevamente al trabajo, la señora Mirian ansiosa y preocupada despertó a Ignacio, le dio el desayuno, y le preguntó: “¿Ignacio por casualidad averiguaste como se llaman los gusanos?” y el pequeño con cara de asombro y mirada de quien revela un secreto le dijo en voz baja: “Sí, ya se como se llaman... Se llaman dentríficos”.