Querida María Eugenía:
He intentando resumir en un comentario lo que me inspiras, pero ha resultado tan extenso que prefiero hacerlo en esta carta.
Antes que tu aparecieses, hubo otras Maria Eugenia: la chilenita triste; la venezolana; la argentina, y hasta una que escribe cuentos con sus dos apellidos, y a la que tú, en ocasiones has comentado.
Tu llegaste a esta página un 1 de abril, en que ambos comentamos un cuento del inefable y prolijo escritor Joaquín Ledo, con cuya amistad me honro. Me picó la curiosidad aquella portorriqueña que le hablaba a Joaquín de un ‘alma (h)enchida’, y a contar de ese día he seguido tu trayectoria por esta página, leyendo todos tus comentarios. La imagen que he obtenido de tu persona por cuanto llevas escrito, es la de un ser pletórico de vida a sus 49 años, enamorada de sus hijos, como debe ser, con un corazón que no le cabe en el pecho, y también, porqué no decirlo, con una susceptibilidad a flor de piel; siempre atinada en tus comentarios, y con una vena poética que en más de una ocasión he envidiado.
Hoy escribes que nos dejas. Pero te diré que tu despedida me sabe a promesa de fumador, cuando asegura dejar el tabaco. Esto, si no te has dado cuenta, es como una droga que se infiltra por todos los poros del cuerpo y que resulta imposible el distanciarse. Quieras que no, vas fraguando sentimientos de cariño, de amistad, que te fuerzan al hábito de asomarte perentoriamente a este ventanal para saber de esas amistades: lo que han escrito, lo que comentan, y eso solo te basta para mantener el fuego sagrado del cariño. Pero si te nombran o te escriben, entonces te sientes tan identificado con la persona que lo ha hecho, que la estimas como el ser más querido. Y entre tú y yo, María Eugenia, ha habido mucho de ese trato, para decir ahora que nos abandonas, dejándonos huérfanos de tus enjundiosos comentarios e inspirados versos.
Porque creo concretar el sentir de casi todos los que aquí escribimos, me atrevo a enviarte esta carta con el ruego de que no te vayas, y si tu ausencia algún día se produce lo sea porque tus fuerzas anímicas te abandonan, pero no antes.
Recibe todo mi afecto, con un fuerte abrazo,
Angel
La cual amigo Angel, por la confianza que nos une me atrevo a escribir en tu carta a M.E. P.D: Todos cuántos tengan el mismo parecer, el mismo sentir y la misma amistad con esta gentil y espóntanea señora, agregue su comentario, que igual le llegará a su destinataria, con las mismas palabras de Angel y con el mismo cariño de sus amigos nacidos en Buscacuentos. Cordial saludo.