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A la cacica Bibiana García la querían más que a los perros (1890)

Entre los indios araucanos, cuando éstos aún señoreaban en el vasto “desierto” bonaerense, hubo un pequeño número de mujeres que se destacaron. Tratándose de sociedades tribales de fuerte contextura patriarcal y estándole reservado a ellas, en dichas comunidades, un papel subalterno, en el seno de los pueblos de lengua mapuche (puelches, pehuenches, huilliches, picunches y ranqueles) rara vez apareció una mujer ejerciendo roles de liderazgo, los cuales estaban reservados en exclusividad a los hombres, mejor dicho, a algunos pocos hombres elegidos por razones de estirpe clánica. No obstante esta evidencia de validez general, las crónicas del siglo XIX, anteriores a la gran campaña militar que los expulsó de la llanura pampeana, dan cuenta de casos puntuales de mujeres indígenas que supieron hacerse respetar y obedecer por sus congéneres, que llegaron a ser mentadas, incluso, en las poblaciones fronterizas y conocidas por los gobiernos “huincas” de la época.

Un personaje de estas características fue la China Luisa, india boroga de singular belleza física y de avasallante personalidad, que fascinaba a los varones de su raza al punto tal que, en varias oportunidades, miembros de tribus rivales habían intentado secuestrarla. La China Luisa, a mediados de 1820, vivía en Guaminí (oeste de la provincia de Buenos Aires), en la multitudinaria toldería que seguía las órdenes del cacique Canjuquir, su amigo y amante. El renombre de la hembra llegó a la ciudad capital y el mismísimo gobernador Juan Manuel de Rosas le tenía especial consideración, por lo que le encomendó más de una misión diplomática orientada a pacificar la región en la que ella se desenvolvía con gran predicamento.

Hubo otras pocas mujeres, integrantes de la extensa nación araucana que lograron acceder a cierta fama y prestigio, como las madamas Antiguan y Lincon, radicadas en la Sierra de la Ventana. Pero, como se ha dicho, sólo fueron excepciones casi siempre asociadas a la autoridad y al respeto que imponía el cacique que generalmente era su cónyuge, padre o hermano. Es decir, que a estas indias más que nada se las recuerda porque ejercieron el rol de “primeras damas” al estar vinculadas por vía marital o sanguínea con el dueño genuino del poder tribal.

No es el caso de Bibiana García, cacica de los pagos de Azul, que supo imponerse en el mando a otros colegas masculinos al conquistar el corazón de sus compañeros, quienes la designaron “reina” de la tribu en circunstancias de adversidad extrema. A continuación consiguió que la indiada la secundara en sus iniciativas y que durante años le tributara una fidelidad a toda prueba. Sus datos de filiación se pierden en las brumas del tiempo. Como los indígenas no llevaban registros escritos, para reconstruir vida y genealogía de sus principales referentes se cuenta sólo con los testimonios orales de sus coetáneos, las más de las veces fragmentarios, contradictorios o interesados.

Hecha la salvedad, es probable que Bibiana García haya sido una cautiva cristiana, hija de un aventurero español radicado en el sur bonaerense que fuera asesinado por un malón, ocasión en la cual la niña (muy niña aún) habría sido arrebatada de sus brazos junto a su hermanita e internada en los toldos mapuches. Siguiendo esta hipótesis, parece ser que, si bien años después la huérfana fue rescatada por el Ejército, la ya por entonces mujer prefirió regresar al asentamiento donde había transcurrido su niñez. Otra versión no menos atendible sostiene que la cacica, india de pura raza, se llamaba Duguthayen y que era pariente directa de los Catriel, por varias generaciones soberanos de la comunidad indígena con asiento permanente en Azul, Olavarría y General Lamadrid.

Sea cual fuere su pasado, lo cierto es que siendo aún muy joven la García habría de convertirse en líder indiscutido de los indios “catrieles” que, a contramano de otras experiencias tribales sudamericanas, habían vivido en relativa armonía con los blancos y en conflicto frecuente con las demás ramas de la población autóctona. En efecto, esta parcialidad tuvo enfrentamientos virulentos con los feroces araucanos que respondían a Calfucurá primero y a su hijo Namuncurá después. Por ello, algunos estudiosos le atribuyen origen tehuelche y, por ello, profesando ancestral inquina hacia sus vecinos, los naturales de Arauco (Chile). En cambio, se integraron a las localidades de cultura europea que comenzaban a evolucionar en el centro de la región pampeana. Llegaron, incluso, a participar activamente en determinados sucesos políticos de la época, como la revolución cívico-militar de 1874 en la cual aportaron guerreros a la facción comandada por el general Bartolomé Mitre, sublevación por la que fueron duramente castigados por Avellaneda, a la sazón presidente de la República.

Dicho desencuentro con el gobierno nacional habría de arrojarlos en los brazos del indómito cacique Namuncurá que preparaba una gran invasión malonera, la cual se concretó en 1875 con un tremendo y masivo ataque a las principales ciudades del centro y oeste del distrito bonaerense. Fue de tal magnitud la devastadora incursión de los salvajes, con un costo superlativo en materia de reses robadas, pobladores asesinados, mujeres hechas cautivas, fortines y pueblos incendiados y producciones destruidas, que el plan defensivo e integrador, que llevaba adelante el ministro de Guerra Adolfo Alsina, se desmoronó desprestigiado en medio del clamor de la opinión pública que exigía de las autoridades una acción más decidida para acabar con el flagelo. Se impuso a partir de entonces la tesis extrema de los “halcones” –Roca, el primero de ellos- que consideraba que la única solución al grave problema indígena era el exterminio liso y llano o, cuanto menos, su destierro definitivo a la agreste y distante Patagonia.

De allí en más, fue en las últimas décadas del siglo XIX cuando la Conquista del Desierto, bajo el mando del general Julio Argentino Roca, concluirá con éxito demoledor. Como resultado de las avasallantes maniobras militares, las huestes de indios de pelea, que mantuvieron en vilo a la campiña bonaerense durante años, fueron diezmadas; la chusma (mujeres, niños y ancianos), acompañante inseparable de los temibles malones, fue desplazada de sus aduares tradicionales y obligada a huir a campo traviesa rumbo al sudoeste del país. La traza natural del río Negro será la línea demarcatoria impuesta por el Gobierno Nacional más acá de la cual no habría de quedar un solo indio sin liquidar o someter.

Entre 1879 y 1885 se concretaba la rendición y la desarticulación definitiva de las diferentes tribus araucanas hostiles que habían asolado durante más de dos siglos la llanura más extensa y fértil del planeta. Ahora, un enorme espacio de miles de leguas de tierras vírgenes (50 % de la provincia de Buenos Aires, el territorio de la actual La Pampa, el sur de Córdoba, de San Luis y de Mendoza) le abrían paso al arrollador empuje modernizador impuesto por la civilización blanca. La desarticulación del último reducto rebelde daba inicio a un proceso de transformación que vendría de la mano del ferrocarril, del telégrafo, de los agrimensores y topógrafos que se largaron a conocer y a medir el terreno liberado, de los primeros contingentes de inmigrantes que fundaban colonias agrícolas en “tierra adentro”, de los estancieros que expandían las manadas de ganado y del uso del alambrado, que habría de “cuadricular” la desolada planicie. Todo lo cual progresaba al amparo de la acción del Estado argentino, que extendía su soberanía e imponía la ley y el orden en todos los rincones de la Nación.

Al cabo de la campaña militar comandada por Roca quedaron algunos reductos rebeldes en las estribaciones de la Cordillera de los Andes y en los valles de los ríos Limay y Neuquén. Durante la primera mitad de la década de 1880, el general Villegas y su regimiento de intrépidos, acampando en la isla Choele-Choel (provincia de Río Negro) que fuera el centro neurálgico del tráfico de ganado robado por los malones, se dedicó a perseguir sin pausa ni piedad a las últimas indiadas sobrevivientes. Los caciques y capitanejos aún en guerra con los “huincas” (Baigorrita, Reuque Cura, Pincén, Namuncurá, Manquiel) fueron cayendo uno a uno. Algunos murieron en combate, otros fueron apresados y confinados en la isla Martín García, mientras que a sus seguidores los enviaron a levantar la zafra en el Noroeste, consiguiendo dispersarlos o asimilarlos de modo compulsivo. También hubo los que, cuando comprobaron que toda resistencia era inútil, se entregaron a las autoridades fronterizas. El último de estos jefes, el legendario Valentín Sayhueque, luego de vagar con su raleada tribu durante cinco años por la montaña y el valle de Chubut, hostigando a los milicos con audacia sin par, esquivándolos con astucia y habilidad memorables, el 1° de enero de 1885 se presentó con su hijo en el destacamento militar de Junín de los Andes ofreciendo su rendición y la de su aguerrida horda.

De este modo fue doblegada y finalmente repelida la invasión araucana que, proveniente de Chile, se iniciara a mediados del 1600 generando un profundo cambio en la composición demográfica y en el perfil económico del subcontinente americano, mucho antes de que la colonización española consolidara su dominio en la región austral. Los recios indios chilenos, cuando los conquistadores recién comenzaban a explorar la zona, se habían desplazado cientos de kilómetros de sus primitivos hogares cordilleranos en pos del ganado cimarrón y la abundante caza (guanacos, avestruces, venados) que proliferaba en la llanura pampeana. Con su accionar depredador llegaron a controlar un tercio del espacio físico argentino, sojuzgando y asesinando en masa a guaraníes, querandíes y borogas, los pueblos bonaerenses originarios (o, por lo menos de radicación sedentaria más antigua). Cuando mermaron las tropillas de ganado salvaje que constituían su principal sustento, fruto de la cacería y la matanza indiscriminada, se dedicaron a atacar salvajemente las explotaciones agropecuarias y las poblaciones rurales que habían ido surgiendo en la región luego de la fundación del Virreinato del Río de la Plata (1776). Vanos fueron los intentos, previos y posteriores a la Revolución de Mayo, para neutralizar este accionar vandálico que impedía la colonización productiva de tierras tan feraces y promisorias. Por su parte, la prolongada guerra civil, que enfrentó durante décadas a los argentinos entre sí, impidió que se asumiera el problema con políticas coherentes y perdurables.

Ahora, con el sometimiento de los últimos focos de resistencia india, concluía la contienda sangrienta y sin cuartel que duró más de doscientos años y que tuvo por protagonistas a dos razas y dos culturas antitéticas y diferentes entre sí, en particular por el grado de evolución que exhibía una y otra al momento de su brutal choque. La moderna Nación Argentina al triunfar sobre el indómito salvaje consolidaba su extenso acervo territorial y tomaba las riendas de una estratégica porción del país durante mucho tiempo denominada “desierto”.

En dicho contexto entró en acción Bibiana García, un personaje singular.

La “madam” (como solían llamar los indios a las mujeres que respetaban) era machi, es decir curandera de la tribu de los hermanos Catriel que, a fines de los años ´70, todavía ocupaban una toldería importante en Azul. Al cabo de la Campaña del Desierto, entre las familias y clanes de esta parcialidad reinaba la desmoralización, el desconcierto y el miedo a sucumbir de hambre dado que, como se ha señalado, el “sistema económico” de obtener provisiones de boca apelando a la rapiña malonera había sido desmantelado por las fuerzas militares. Por su parte, al desaparecer el peligro de nuevos ataques indios, los organismos estatales abandonaron la costumbre de distribuir entre los indígenas víveres, tabaco, yerba y aguardiente, procedimiento con el cual habían sobornado durante años a los caciques para mantenerlos a raya. Este circuito de productos subsidiados, que se entregaban en forma periódica, del lado indio promovía la indolencia y la molicie pero, además, del lado de la “civilización” blanca generó una gigantesca red de corrupción de la que se beneficiaban proveedores del Estado, pulperos, intermediarios y funcionarios de frontera. Muchas veces, este mecanismo prebendario adquiría ribetes de perversidad extrema cuando se negociaba con los indígenas el ganado rapiñado con violencia a cambio de la mercadería que enviaba el gobierno para ser entregada gratuitamente, tráfico inmoral y nefasto del que fueron cómplices comerciantes, políticos y militares radicados en la franja fronteriza.

Ambos métodos –el malón asesino y la dádiva tramposa- habían perdido viabilidad y la cacica García estuvo entre los pocos que lo comprendieron rápidamente. Tenía sólo 27 años cuando consciente de que su pueblo se extinguiría en poco tiempo si no encontraba un medio de sustentación, dio inicio a una perseverante campaña proselitista orientada a motivar a los indios con sus propuestas. Doña Bibiana, tenaz y decidida, luego de visitar los diferentes toldos aún subsistentes y de persuadir a cada uno de los caciques, caciquillos y capitanejos que conservaban algún poder de decisión en la vapuleada comunidad, consiguió convocar a una multitudinaria asamblea indígena de carácter pacífico, en la cual exhibió sus dotes de oradora y líder carismática. Allí, contando con el entusiasmo de los menos y afrontando el escepticismo de la mayoría, propuso iniciar una campaña para conseguir del gobierno argentino tierras para que se instalaran las familias indias desperdigadas y para poder desarrollar explotaciones rurales en su propio beneficio. El proyecto consistía, en definitiva, en integrar el mayor número posible de congéneres a las actividades productivas facilitándoles el ingreso a la sociedad moderna.

Una vez que logró un nivel aceptable de consenso a su “descabellada” idea, la cacica Bibiana García, acompañada de su fiel lugarteniente -la capitaneja Rosa Niculpil- y un numeroso séquito, emprendió el viaje a caballo rumbo a Bahía Blanca donde abordó el ferrocarril que la llevaría a Buenos Aires. Ya en la gran ciudad, en la media lengua castellana que hablaba, esta mujer se dio a conocer en los diferentes despachos ministeriales del Ejecutivo Nacional haciendo comprender sus demandas, las cuales no eran otra cosa que reclamar el cumplimiento de promesas realizadas por los funcionarios con anterioridad y que jamás fueron efectivizadas. Los indios, al decir de su vocero femenino, querían la posesión de parcelas de terreno apto y desocupado que les permitiera desarrollar tareas agrícolas, ganaderas, de caza y pesca de modo de proveerse del alimento, de la vestimenta y de la vivienda que el fin de la “guerra al huinca” les había privado. Exigía, además, que el Estado se comprometiera a facilitar los útiles y enseres necesarios para organizar colonias indígenas que habrían de comenzar a funcionar en poco tiempo, si se aprobaba la iniciativa de doña Bibiana.

Diez años peregrinó la cacica de toldería en toldería, de Azul a Bahía Blanca, de Bahía Blanca a Buenos Aires y de vuelta a las tolderías, siempre con las manos vacías, a dar explicaciones tratando de evitar que el desaliento cundiera entre sus acólitos; otra vez a la bulliciosa capital a golpear las puertas de las oficinas públicas, a presentar reiterativos petitorios, a solicitar audiencias con legisladores y subsecretarios, a tratar de interesar a la prensa, etcétera. Fue en una de estas visitas itinerantes que, gracias a un periodista que pretendía tomar fotografías de la cacica y de su séquito para publicar en un periódico, ésta se enteró de que sus innumerables gestiones no habían caído en saco roto, dado que el Poder Ejecutivo Nacional acababa de dictar un decreto (fechado el 19 de junio de 1899) firmado por el Presidente de la República, por el cual se resolvía fundar dos colonias pastoriles en los valles de los ríos Negro y Colorado. Según parece, Bartolomé Mitre, un viejo amigo de los indios catrieleros, habría presionado a favor de la medida.

Pasarían todavía unos cuantos años más antes de que se concretara la fundación de los asentamientos –denominados Catriel y Valcheta- que fueron el resultado de la perseverante gestión de doña Bibiana García, razón por la cual su nombre figuraba en el mencionado decreto oficial. En dichas poblaciones se instalaron los contingentes indígenas que, luego de la fulminante Campaña del Desierto, vagaban sin rumbo y sin medios por las desoladas planicies pampeano-rionegrinas. La jefa supo organizar sendas comunidades que, si bien funcionaron padeciendo graves carencias materiales, especialmente porque las tierras asignadas eran de bajo valor productivo y porque el gobierno no atendió los requerimientos de asistencia que había comprometido, significaron un nuevo horizonte de expectativas para una raza que, de lo contrario, estaba condenada a declinar de modo inexorable.

Duguthayen -es decir, Bibiana García- gobernó cerca de tres décadas con mano firme la modesta comunidad aborigen asentada en la lejana localidad de Catriel, donde los indios aplicaron sus antiguas habilidades, tanto agrícolo-ganaderas y de cultivos de quinta como en el desarrollo de labores artesanales (tejidos, alfarería y cestería). Ella murió en 1919 en Puelén, provincia de La Pampa, mientras participaba de una convención de jefes mapuches. La enterraron con las prendas e insignias que exteriorizaban su prominente rango, junto a su caballo, que fue sacrificado para la ceremonia mortuoria siguiendo el rito ancestral. En la ocasión se le tributaron los honores correspondientes a un cacique de máxima jerarquía y prestigio. De esa manera concluía, sin dejar herederos de nivel similar, la dinastía de los Catriel cuyo liderazgo perduró durante cien años.

A partir de entonces, la decadencia y la disgregación de la tribu fue inevitable, disolviéndose el poblado indígena entre 1930 y 1935. Las causas de este final hay que atribuirlas, en parte, a la falta de una conducción enérgica y visionaria que motivara a la gente, que combatiera la atávica mentalidad predominante entre los aborígenes y que mantuviera la unidad de las pocas familias subsistentes; en parte, porque los especuladores inmobiliarios y algunos funcionarios venales habían limitado de modo ostensible la disponibilidad de predios cultivables con que contaron al principio los naturales beneficiados por el decreto oficial; en parte, también, porque en el año 1959, a muy pocos kilómetros del asentamiento, se descubrió petróleo, hecho de notable trascendencia económica que habría de convertir a Catriel en una de las ciudades más ajetreadas y ricas de la República Argentina.

Araucanos y tehuelches jamás imaginaron que, bajo el suelo que pisaron las patas de los caballos que montaban durante las cacerías y los malones, se escondía la que sería la riqueza más apetecida por la sociedad del siglo XX, el codiciado combustible líquido que catapultó la segunda Revolución Industrial a nivel planetario. Ellos se demoraron en su estrecho e inviable mundo neolítico, incapaces en primer lugar, de revertir la propia involución histórica acaecida en las dos centurias previas: de agricultores sedentarios avanzados retrocedieron a la condición de cazadores y recolectores nómades. En segundo lugar, ya habían sido derrotados cien años antes de que se abriera el primer pozo de petróleo en la región cuando el fusil Remington, el revólver Smith&Wesson y la estructura organizativa del Ejército le ganaron la guerra a la elemental sociedad tribal, a las rudimentarias lanzas de tacuara y boleadoras de tiento y piedra. Desde aquel momento, nada pudieron oponer al avance incontenible de la civilización productiva de corte occidental. Similar efecto les deparó tiempo después el uso generalizado de la energía eléctrica, de la telefonía y de los nuevos medios de transporte, la consiguiente proliferación de carreteras, autopistas y puentes, la masiva difusión de redes de comunicación y el desarrollo de trepidantes y modernas urbes que modificaron la antes abúlica vida rural hasta los confines del planeta.

El noble intento de Bibiana García, aislado, extemporáneo y huérfano de apoyo, había fracasado. No obstante ello, los miembros dispersos del sufrido pueblo mapuche aún veneran su memoria y recuerdan con nostalgia aquella gestión en pos de la dignidad y del progreso grupal. Como suelen decir los más ancianos de la colectividad aborigen: “a ella la querían más que a los perros”; expresión que, dentro de la brutal crudeza y singular escala de valores que implica, evidencia el enorme afecto y el gran respeto que sentían por la desaparecida cacica catrielera.


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GRAGEAS HISTORIOGRÁFICAS

Elaboradas por Gustavo Ernesto Demarchi, contando con el asesoramiento literario de Graciela Ernesta Krapacher, mientras que la investigación histórica fue desarrollada en base a la siguiente bibliografía consultada:

· Aizen, Liliana: “La guerra del Desierto” ; Tam Muro (web), 1995.
· Barros, Álvaro: “Fronteras de las Pampas del Sur”; Hachette, Bs.As., 1975,
· Prado, Manuel (Comandante): “La guerra al malón”; Eudeba, Bs.As., 1960.
· Cuadrado Hernández, C.: “Bibiana García, una cacica con agallas”; Abril, Bs.As., 1988.
· Gutiérrez, Eduardo: “Croquis y siluetas militares”; Eudeba, Bs.As., 1960.
· Mansilla, Lucio V.: “Una excursión a los indios ranqueles”; Cedal, Bs.As., 1967.
· Punzi, Orlando Mario: “Una epopeya argentina: conquista del desierto”; Abril, Bs.As., 1988.
· Rex González, A. y Pérez, J.: “Argentina indígena, vísperas de la Conquista”; Paidós, Bs.As., 1972.
· Sarramone, Alberto: “Catriel y los indios pampas de Buenos Aires”; Biblos, Azul, 1993.
· Zeballos, Estanislao: “Viaje al país de los araucanos”; Solar, Bs.As., 1994.
Datos del Cuento
  • Categoría: Históricos
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