"Sufro tanto que no aguanto más. Te dejo. Siento que mi muerte voluntaria te impida cobrar el seguro. Tal vez mi desaparición no te suponga nada. Pero la desaparición de los bienes que yo en vida aporto y que te permiten una vida tan lujosa, eso si que estoy seguro te llevará por la calle de la amargura. Es la única satisfacción que me resta al dejarte libre. Adiós."
Deja el bolígrafo sobre lo escrito. Coge la pistola que está sobre la mesa, la lleva a la boca, y un fuerte estampido resuena en la estancia, se expande por el piso y rompe el silencio de la calle. Los vidrios de la ventana que está a sus espaldas, al romperse y despeñarse hacia el exterior, alertan a los vecinos y viandantes de la existencia de una tragedia, y alguno de ellos se precipita corriendo al piso en que ocurren los hechos. Hay quién, más previsor, telefonea a la policía y, aún sin saber con exactitud lo ocurrido, les advierte de la necesidad de que acuda también una ambulancia.
Apenas diez minutos más tarde acude al policía y también la ambulancia. Al estar la puerta del piso cerrada se ven obligados a forzarla. En el despacho de la vivienda, sentado en el sillón frente a la mesa y de espaldas al balcón, está el suicida con la cabeza amparada sobre el respaldo, y al suelo la pistola. En el primer reconocimiento, el forense observa que el tiro ha cruzado limpiamente las glándulas salivales dejando en la parte inferior del parietal, a la altura de las orejas, un agujero claro por el que mana un goteo de sangre. Posteriormente, en el hospital, se cerciorarán de que el paso de la bala no ha afectado para nada a las carótidas ni a la yugular interna ni externa.
Al solicitar la autoridad la presencia de algún familiar, una oficiosa vecina se ofrece para ir a buscar a la esposa, pues ella sabe donde se encuentra. Al poco la vecina regresa con una despampanante señora, vestida con traje tan ceñido que más que tapar sus carnes pone en evidencia las curvas tan insinuantes que forman su sexual figura. La vecina conocía de lejos la concupiscente relación que aquella lagartona mantenía con un vecino de la casa.
Al ver la esposa el revuelo que existe en el piso, con su marido en la camilla, el rostro transpuesto y sangre por todas partes, se desmaya.
Después de pasar dos meses en el hospital, el marido ha salvado la vida, pero no el habla y la movilidad, de forma que al reintegrase al hogar le proveen de una silla de ruedas para poder moverlo por el piso. El pobre hombre no habla, ni puede moverse, pero su mente se mantiene tan lúcida como antes de su intento de suicidio.
Antes sospechaba del proceder adulterino de la esposa. Pero desde que ha vuelto al domicilio, los amantes no se recatan en ocultar sus relaciones amorosas, llegando al extremo de practicar el coito ante su presencia sin ningún rubor ni disimulo.
Ahora el marido sufre un doble castigo, el contemplar el ignominioso comportamiento de la esposa y no poder valerse por si mismo para acabar con lo que comenzó y tan ineficaz y terrible resultado obtuvo: quitarse la vida
Pero de lo que no quiere acordarse el desvalido marido es del suplicio que tuvo que sufrir la mujer durante más de dos años después del matrimonio, por culpa de unos feroces celos infundados que convertían la convivencia para la esposa en el suplicio de Tantalo, sin que para nada sirviera el cariño que ella le demostraba y el enclaustramiento en el piso a que se había condenado, para intentar alejar de su esposo todo suspicaz pensamiento de relaciones ilícitas.
pero necesito llegar a ud.de alguna manera,deseo de manera imperiosa,me aclare que tengo que ver yo en el cuento del sr.joaquín Ledo,de que manera debo dar fe de no sé que cosa,ésto me resultó violento,qué tengo yo que ver?Le agradeceré una aclaración.Sus comentarios me parecieron siempre excelentes.Y ésto?. gracias. zulema