La encontré en uno de los cajones de la vieja cómoda del carcomido desván que, antes de cuarto trastero, fue mi habitación. Entonces estaba repleta de los más Ãntimos recuerdos de mi niñez: mis juguetes, mis cuentos, mis peluches… Cierto es que ahora seguÃan estando todos aquellos gratos recuerdos, pero, a diferencia de entonces, se amontonaban ahora en cajas viejas recogiendo polvo. Me habÃa pasado allà toda la mañana, rememorando tantos y tantos momentos… Mirando tantas y tantas fotos… Y cada detalle que encontraba desataba en mi ser una infinita alegrÃa; todo detalle despertaba una desbordante sonrisa en mis ser; todo era ilusión… todo hasta que encontré aquella cinta oculta en la cómoda del desván. La misma cinta que ahora sostenÃa en mis manos y que, salvo haber pasado veinte años desde que la grabé, seguÃa trayendo consigo los miedos que acompañaban a la temprana edad y niñez. “LA CINTA DEL MIEDO†la titulé en su dÃa cuando sólo tenÃa once años; y desde entonces jamás tuve valor para escucharla, jamás vencà el miedo para oÃr su contenido, nunca hasta el dÃa de hoy que la encontré…
Querrá el apresurado lector indagar en qué misterios y fantasÃas se hallaban recogidos en aquella cinta. ¡Pero todo a su tiempo! Para poder entenderlo todo con claridad debo rememorar aun más en mi pasado...
<<¡Mamá, Mamá!>> -Gritaba llorando en sueños- <<¡Hay una niña en mi habitación!>>, <<¡Mamá tengo miedo!>>
Pero noche tras noche, cuando llegaba mi madre asustada hasta el lecho en el que yo dormÃa, me encontraba mal-durmiendo preso de una horrible pesadilla. Siempre ocurrÃa lo mismo en mis infantiles sueños: me veÃa a mi mismo en mi habitación y, en la misma, una niña vestida de azul me miraba y amenazaba con palabras que no consigo recordar. El pánico era tal que en más de una ocasión me llegué a mear en la propia cama, pues era absoluto terror el que yo pasaba en aquel desván con la luz mortecina de la noche filtrándose por la ventana y con el sonido ambiente del campo trayendo los ecos de búhos y grillos hasta mi recóndita habitación. Cierto es que la imaginación de un niño es desbordante, y más la mÃa: propia de una personada que se desvivió a las artes de la pintura y escultura. Pero llegaban más allá de la propia imaginación aquellas sombras rápidas, pasantes y fugaces como si una niña correteando en la oscura noche en mi habitación se hallara; y no sólo eso, sino que si sumamos las veces que mis juguetes se caÃan al suelo en mitad de la noche, si sumamos las risas que escuchaba en la oscuridad, si sumamos la lacerante sensación de sentirme vigilado en todo momento y la ligera e indeterminada respiración que podÃa escucharse a altas horas de la noche; si sumamos todo ello, que mojara entonces la cama estaba más que justificado.
Cierto es que ser hijo único me llevaba a inventarme muchos juegos imaginarios y solitarios; cierto es que la curiosidad y las aventuras me las inventaba yo mismo, y bien cierto y sabido es: “Que fue la propia curiosidad la que mató al gatoâ€.
Pues bien, una noche de tantas dejé una grabadora al lado de mi cama sobre la mesita de noche. Y como tantas otras veces me despertó, de madrugada, mi madre sofocada y preocupada por los angustiosos gritos que estaba dando en sueños. Cuando desperté de aquel estruendo y una vez mis lágrimas fueron secadas y calmadas en los brazos de mi ángel, pude volver a intentar dormir. Y sólo entonces, cuando la oscuridad volvió a impregnarlo todo, conecté la grabadora. Una hora y media se grabó en aquella cinta, una hora y media durante la cual todo sonido ambiente de la habitación quedó capturado por el magnetófono.
Aun recuerdo aquella noche como si hubiera sido ayer… Nunca me atrevà a escuchar, ni de dÃa ni de noche, el sonido que grabó aquella estresante noche la grabadora. Pero hoy, a mi ya madura edad y con una más que escéptica mentalidad, dicha cinta de casete debÃa de ser un juego de niños pese a la intranquilidad que me suscitaba. Me incorporé y caminé hacia el viejo y casi oxidado transistor: ¡Para mi asombro funcionaba! Coloqué la cinta, subà el volumen, me senté en el centro de la habitación y escuché.
Desconozco cuantos de los lectores, que hasta estas lÃneas hayan llegado, han escuchado ampliado el sonido ambiente de una habitación; pues bien, éste es semejante al barrido de la lluvia de una emisora desintonizada, pero en medio de él, tantos y tantos sonidos que no son audibles por nuestros sentidos dejan plasmada su huella; son esos los mismos sonidos que sólo se escuchan en el más intimo silencio y que nadie quiere escuchar; los mismos sonidos que desencadenan los ladridos de los perros en la noche y los llantos de los más pequeños.
En medio de aquella sórdida lluvia de sonidos, que reproducÃa la grabadora, era claramente notoria mi rápida respiración que con el paso de los minutos se fue haciendo más y más relajada, más y más lenta, como consecuencia del sueño que invadÃa mis venas. Cierto es que se escuchaba de vez en cuando el sonido del crujir de algún objeto o pared en la habitación, pero no era nada anormal. Sin embargo, en medio de aquella expectación, podÃa sentir mi propia excitación de estar rememorando unas noches que cayeron en el olvido. Los sonidos ambientes ampliados de aquella noche seguÃan llegando hasta mis oÃdos. Algo me rozaba la oreja… Algo que carecÃa de importancia; pues mi mirada estupefacta se centraba en vigilar desorbitadamente el magnetófono como si ello pudiera ayudarme a escuchar más y mejor lo que reproducÃa, y para ser totalmente sinceros algo diferente comenzaba a escucharse. Al principio creà que era producto de mi imaginación o de la mala grabación de la cinta, pero el sonido se repitió, claramente se habÃan escuchado los pasos de alguien pequeño, ya fuera un niño o una niña, correteando por la habitación.
No salÃa de mi asombro…
-Tuve que haber sido yo el que corrÃa- Pensaba.
Los pasos seguÃan escuchándose; unos pasos que terminaron por aproximarse asombrosamente hasta la grabadora. Algo me rozaba el cuello, pero todos mis sentidos estaban colapsados escuchando la reproducción. Fue entonces cuando la escuché, fue entonces cuando para mà se congeló el mundo, fue entonces cuando intenté chillar obteniéndose de mi garganta poco más que un hilillo de voz prácticamente inaudible. Los temores y horrores de mi niñez se habÃan despertado para asediarme en mi ya bien entrada madurez. Las pesadillas y las noches sin dormir volvÃan a llamar a mi puerta guiadas de la voz de una extraña niña. Pues aquello fue lo que recogió la grabación: unos pasos que se acercaban hacia el magnetófono, una respiración entrecortada próxima al audÃfono y una voz de ultratumba perteneciente a una niña pequeña que dejó un mensaje tan sencillo como perturbador: “Estoy detrás de tiâ€.
Algo seguÃa rozándome el cuello…
Debo confesarte que nunca habÃa leÃdo un cuento tuyo, pero ahora ya leà dos y no me arrepiento, pues son muy buenos.