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Masticatio mortuorum

Masticatio mortuorum

Capacidad de los cadáveres para comerse sus propias mortajas e incluso sus dedos y brazos.


Maximiliam Straub miraba el ataúd de su hijo sin ver nada en él. Sobre un forro de seda impecablemente blanco, Eeko Straub yacía inmóvil, con los párpados ligeramente abiertos, los labios firmemente sellados y el cabello rojizo un poco revuelto. Las manos, que le habían sido colocadas una sobre otra en el pecho, habían empezado a volverse violáceas.

El cortejo fúnebre condujo el féretro al cementerio. Maximiliam seguía a los portadores, imaginando que su joven hijo se levantaría de repente, como si hubiera estado dormido. No podía hacerse a la idea de que Eeko, su único hijo hubiese muerto.

Enterraron el ataúd en una tierra gélida, señalando el lugar con una pequeña lápida y un breve epitafio “Eeko Straub, hijo de Maximiliam Straub, 1879-1896”. La nieve pronto cubrió las flores que se depositaron sobre la tierra removida.

Maximiliam cayó en profunda desesperación. Quedó solo en el camposanto frente a la tumba de su hijo. Oía constantemente las risas del antes alegre Eeko. Dos ratones pasaron corriendo entre unas lápidas cercanas. En la fría soledad invernal del cementerio, Maximiliam no escuchaba sin embargo el silencio. Para él, la voz de Eeko estaba en todas partes, sus pasos por la escalera de la casa familiar, su sonido al dormir, su sonido al comer... Sí, oía ahora perfectamente la forma en que Eeko niño comía, siempre de forma ruidosa. Una fea costumbre que no consiguió quitarle con el paso de los años. Eeko hacía una bola con la comida, masticándola ruidosamente y producía un desagradable ruido gutural al tragar.

Durante dos días, el dolorido padre acudía al lecho del hijo, y oía los mordiscos desgarrantes seguidos de la masticación, y el sonido de tragar. “¿Por qué me acuerdo tanto de la forma de comer de Eeko? No era correcta, pero es cierto que tampoco me importó nunca demasiado, y sin embargo siempre adoré la risa de mi hijo”. Pensó que estaba desequilibrándose.

Cuando por las noches dormía en la cama, en cambio, si oía la risa del muchacho. En sueños, le llegó el atroz pensamiento, y corrió hasta el cementerio. Con sus propias manos escarbó la tierra hasta que le sangraron. No le importó. Maximiliam escarbó más, la tierra que arrojaba desordenadamente le cegaba por momentos. Cuando alcanzó el féretro del chico, lo contempló un instante. Ya no oía la masticación.

Al abrirlo, pudo ver el rostro de su hijo cubierto de sangre, un pedazo de carne saliendo de su boca abierta, los ojos enormemente abiertos. Le faltaban todos los dedos de la mano derecha, y dos ó tres de la izquierda. Gran parte de la entretela blanca que rodeaba la cabeza había desaparecido también. Su hijo, había despertado tras ser enterrado y se había comido sus propias manos.

El viejo Maximiliam encaneció al instante y por completo. No pudo volver a dormir, y falleció, totalmente enloquecido, casi un mes después.
Datos del Cuento
  • Autor: Anna
  • Código: 12112
  • Fecha: 09-12-2004
  • Categoría: Terror
  • Media: 6.41
  • Votos: 118
  • Envios: 7
  • Lecturas: 2843
  • Valoración:
Comentarios


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7 comentarios. Página 2 de 2
Perrofiel
invitado-Perrofiel 10-12-2004 00:00:00

Truculenta historia, magistralmente contada. Casi oigo el crujir de huesos en los entredientes del pobre hijo. Felicitaciones por tu cuento.

hidroman
invitado-hidroman 10-12-2004 00:00:00

Este cuento te hace sentir un escalofrío al imaginarte la escena, la autora sabe hacerte ver la escena, sigue así y escribe más que sabes de esto.