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Ayer Jaime iba como siempre, como un día cualquiera. Compró el pan y comentó con simpatía el peinado de la dependienta. Saludaba a todos.
Hoy en cambio, no lo vemos tan animado. Dijo que llevaba prisa. Se fue volando y no hizo por mirar las caras para no tener que saludar mucho.
Jaime observa girando el cuello, la calle costaruda y retorcida que deja a sus espaldas, y un tembleque se le adueña. Una sospecha, un miedo.
¡Huy, huy, huy, que por ahí viene!. ¡Ya dobla la esquina. Se le ve la nariz!. ¡Y pregunta por tí!.
El viento lo grita y proclama: ¡Que viene, que viene!. ¡A por Jaime, a por él!.
¡Ya asoma, ya acecha. Por la calle galopa el Bajón, un caballo de asfixia!.
¿Y yo qué le habré hecho?- Se lamenta Jaime.- Con lo bien que estaba...
El Bajón no se anda con monsergas. El Bajón es una hidra de siete traiciones. Arde como arde el fuego, por el mero hecho de devorar, sin beneficio.
¡A los refugios!. ¡Escóndanse todos, que torciendo la esquina ya viene asomando!.
¡Y viene a por él, a por tí y a por todos!
¡A por el que pille!.
-¿Qué, cómo estás, Jaime?. Te veo muy serio hoy.
-No sé, tío. Nada, no me pasa nada, pero estoy sin ganas. No sé de qué. Será un Bajón.
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