y.....Alguien se habÃa conectado con su cuenta o ella… o… no podÃa ser. Abrió la ventana con timidez y saludó, tras un rato, segundos, tal vez minutos, recibió respuesta, una respuesta conocida, las palabras, siempre acompañadas de una carita sonriente. Él no pensó en nada más y comenzó a hablar con excitación, casi de forma normal con ella, diciéndole lo mucho que la querÃa, lo mucho que la extrañaba y recibiendo como respuestas las palabras amables y el amor impresas en ellas que habÃa echo que el joven se enamorara de la chica. Cuando por fin Daniel pudo pisar la realidad de nuevo hizo la pregunta que se habÃa demorado lÃneas y casi una hora.
-Yo pensé que tú estabas muerta –al muchacho le costó mucho escribir dichas palabras.
-No lo estoy –La respuesta se hizo esperar pero llegó, confirmando lo que el joven ansiaba leer, lo que él deseaba que fuera verdad.
-Y entonces… ¿por qué? –el chico estaba consternado pero querÃa saber, necesitaba saber si sus diez meses de dolor y sufrimiento habÃan sido en balde.
-No tengo mucho tiempo, solo puedo decirte algo, amor. Si quieres que estemos juntos para siempre, debes venir conmigo, tienes que venir a Chile. Por favor, no tengo mucho tiempo, tienes que venir, Daniel.
La comunicación se cortó, para desgracia del joven. Daniel apagó el ordenador y se tumbó en la cama a pensar, mirando al techo como muchas otras veces habÃa echo antes de que pasara nada de esto, pensando en ella, pensando en su amor. ¿Qué era lo que pasaba? No lo sabÃa, pero ella le habÃa dicho que podÃan estar juntos, para siempre, que fuera… Chile le quedaba al otro lado del Atlántico, él en Madrid y ella allÃ, era tan difÃcil, aunque siempre lo habÃa tenido en mente, pero… TodavÃa quedaba el asunto de por qué le habÃan echo creer que estaba muerta… ¿Tal vez para separarlos? No lo sabÃa, ni podÃa pensar, salvo en sus palabras, salvo en las letras doradas en su pantalla, letras de esperanza para él.
Durante los dos siguientes meses se pasaba el tiempo intentando localizarla en el ordenador y el teléfono de nuevo. Su cuenta no volvió a aparecer conectada y su teléfono móvil salÃa como número inexistente todo el tiempo. También ocupó su tiempo en trabajar, tenÃa la determinación de ir a Chile y nadie podÃa disuadirlo de hacerlo. Trabajaba e intentaba hablar con ella, casi no dormÃa, casi no comÃa. Su cuerpo se empezó a resentir, bajando de peso rápidamente, sufriendo en sus carnes el sufrimiento de su alma, la incertidumbre. Por fin, tras dos meses, tras insufribles momentos, tenÃa el dinero, aunque solo era para el billete de ida, no sabÃa como iba a volver, ni si lo harÃa, ni donde se quedarÃa y sinceramente no le importaba. Todo era por amor… por su amor, ella lo valÃa todo, sobretodo si ella estaba viva y podÃa estar con ella para siempre.
Tomó un avión, viajó por horas, las cuales fueron segundos para él, pues su mente estaba perdida en el tiempo futuro que pasarÃa con su amor, con su Teresa. Al llegar a Venezuela, casi por lo puesto como equipaje y con las cartas de ella en sus manos como guÃa, no tardó en encontrar la casa de ella y a su familia. Todos fueron muy amables, todos fueron muy comprensivos, sobretodo la pobre madre de ella, una madre llorosa y triste. Ella no se veÃa por ningún lugar y por el dolor latente en las miradas de todos, era obvio que ella no estaba entre ellos… ni entre los vivos. Daniel no se atrevió a decirles nada de la carta, ni de la conexión en aquella extraña noche. ¿Qué pasarÃa? ¿HabÃa sido un sueño muy real? ¿Tal vez se lo habÃa imaginado? ¿HabÃa sido acaso una broma muy pesada de alguien? ¿Cómo saberlo? Mas… miró en su bolsillo y la carta de ella seguÃa allÃ, con sus preciosas letras en el papel, él conocÃa su letra, era ella pero… ¿Qué pasaba aquÃ?
Justo hacÃa un año que ella habÃa muerto, justo ese dÃa se cumplÃa y él seguÃa sin saber qué hacer, qué decir… SeguÃa sin saber qué pasaba. La familia iba a ir a ver la tumba y él se dijo que si era verdad que estaba muerta y él habÃa llegado hasta aquÃ, lo menos que podÃa hacer era ir con ellos a ver el lugar de reposo de su amor. Era un dÃa de sol, hacÃa algo de calor y parecÃa que en aquel cementerio el sol pegaba más fuerte pero él tenÃa frÃo, mucho frÃo. Su cazadora apenas le proveÃa calor en aquel momento en el que el Infierno se hubiera tornado el Polo Norte para el joven Daniel. No supo cuando recorrió ni donde quedaba el lugar, pues fue perdido en sus pensamientos, pero allà estaba, en frente de los nichos, en frente de las tumbas unas apiladas sobre otras, con lápidas de mármol blanco delante, con nombres y más nombres de seres queridos de alguien que habÃan dejado la vida. Jóvenes, viejos, niños, ancianos, la muerte no perdonaba a nadie, ni al amor, eso pensó Daniel al ver la lápida de Teresa sobre su cabeza. Allà estaba su nicho, justo encima de tres nichos más, con su nombre en preciosas letras de oro y con su foto, la foto del rostro que él añoraba tener entre sus manos. Se quedó mirando la lápida, perdido en sus pensamientos, perdido en ella. El tiempo se hizo inexistente mientras miraba aquel pedazo de mármol, mientras estaba lo más cerca y más lejos que podÃa en esos momentos de su amor. La familia se alejó de forma respetuosa cuando vieron que el joven comenzaba a llorar sin darse cuenta, sin emitir sonidos, viendo que el dolor por la pérdida de la chica le dolÃa a aquel muchacho tanto como a ellos.
Un ruido seco los sacó a todos de sus cavilaciones cuando la lápida de Teresa se desplazó y comenzó a caer hacia abajo. No hubo tiempo de avisar a Daniel, no hubo tiempo de apartarlo. La lápida de mármol trabajado, de blanco impoluto cayó sobre su cabeza, derribándolo al suelo. Cuando la apartaron para intentar ayudarle vieron que la curva de su cuello era extraña, cambiada, no habÃa nada que hacer… nada podÃan hacer por él.
***
Lejos de donde las miradas de los presentes podÃan alcanzar y al mismo tiempo cerca, un joven contemplaba un cuerpo muerto en el suelo. El joven, Daniel, contemplaba su propio cuerpo muerto por una lápida inoportuna, con las manos en los bolsillos y expresión ausente. Una voz lo sacó de su contemplación:
-Te estaba esperando, cariño…
Él solo pudo decir el nombre de la joven que le habÃa hablado, él solo pudo correr… solo podÃa, solo querÃa abrazarla y asà lo hicieron. Asà los dos espectros se abrazaron, dándose algo que habÃan deseado ambos desde que se habÃan conocido, desde que habÃan visto las letras el uno del otro escritas delante de sÃ. La muchacha, Teresa, sonrió:
-Te dije que si venÃas estarÃamos juntos para siempre, cariño.
***
Mientras llevaban el cuerpo sin vida de Daniel a la morgue, una mano descuidada examinó sus pertenencias, encontrando un simple papel blanco con unas pocas letras a pluma escritas en él:
Ahora estaremos juntos para siempre.
Y si alguien les pudiera ver, donde ellos estaban, si alguien pudiera comprobar y otear donde los ojos mortales normalmente no pueden llegar, si alguien pudiera ver allÃ, verÃan a dos jóvenes bailando a la luz de una luna de plata, con una sonrisa en los labios… juntos, dÃa y noche, hasta el anochecer de los tiempos.
FIN