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Estoy viendo arena. Un desierto tal vez. Me sentaré en ella. El sol ha clavado un dardo de fuego en cada sal. El sol es un erizo de un millón de cerbatanas. Pero no me quemo.
Emergen bajo mis pies descalzos, un par de escarabajos. Suben la duna y van dejando sobre la superficie diminutas holladas de pentagrama. Fusas y semifusas patidifusas. Corcheas que van al cosmos. Leo la partitura y silbo su melodía improvisada, bellísima y casual.
El desierto es un formidable colchón de lana antigua sin varear. Un bulto aquí, dos allá...
Tiembla el horizonte y levita un paisaje evaporándose, yéndose a los cielos como una deidad atómica.
No quisiera marcharme nunca.
Mi mamá lleva media hora gritando desde la cocina. Dice que me quite ya los auriculares y vaya a cenar.
Se aleja la arena y a su lomo, el par de escarabajos negros se ven menguando como si fuesen dos ojos sin serpiente.
No quisiera marcharme nunca.
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