El padre Trinidad habÃa organizado un VÃa crucis. Ese habÃa sido su sueño incumplido durante muchos años. Lo habÃan desterrado a esos parajes incultos sin dejarle llevar su biblia y por eso tuvo que apelar a su memoria, que no era lo más brillante que tenÃa. Pasó verdaderas horas febriles sobre su escritorio de trabajo rememorando la pasión del Señor. Y al final lo logró.
En detalles generales, fiel. En lo menudo...
Gabriel Gonzales tenÃa tal estampa de prÃncipe que resultaba increÃble fuera tratado de esa manera. Arrastraba un pesado madero, tal vez para alguien en condiciones fuera leve como una astilla, pero este hombre estaba muy golpeado.
HacÃa mucho tiempo que nadie se ensañaba con un congénere de tal forma. Chorreaba sangre de su espalda y sus ojos se nublaban poniéndose en blanco, dirÃase que en cualquier instante perderÃa el sentido. Se le doblaban las rodillas y trastabillaba seguido.
El centurión me golpeó en el hombro, en realidad no sé si fue deliberado o yo lo creà asÃ, aunque creo que no fue intencional, ellos están acostumbrados a la rudeza. Tal vez fuera sólo eso.
-Ayudalo con su carga, es tu tarea...
Me acerqué e intenté aferrar el madero. Gabriel no me dejaba, se mostraba esquivo.
-Dejame que haga como es conveniente-. InsistÃ.
-No, Marcial, no tiene porque ser asÃ, si él llevó sobre sà los pecados del mundo, dejame hasta que no pueda hacerlo. (Personalmente creo que ya no podÃa más con su cruz).
-Por qué te pegaron tanto?
-No les gustó el tatuaje que tenÃa en la espalda.
-Qué te hicista tatuar?
-Una estrella de David.
-Te volviste loco?
-Pero Marcial, el Cristo no era cristiano!
-Bajá la voz que te van a crucificar en serio....
Otra vez la manita del centurión se apoya (afectuosamente) en mi hombro.
-Lo haces o contratamos a otro?
Y debo hacerlo, coloco mi mano con indisimulada presión sobre el madero y Gabriel cede. Los golpes fueron brutales, sus rodillas se doblan. Aprovecha el centurión y me dice:- llevala un rato tú, que no te va a venir nada mal-. Yo lo miro con ironÃa, está sobreactuando y lo sabe. Con esa cara de laucha deberÃa representar a alguno de los ladrones del Gólgota.
Me ayudan a colocarme el travesaño y veo de reojo como lo patean y lo empujan a Gabriel fuera del camino. Parece un estropajo. Tendrán otro voluntario para colgar?
Al pie del monte, una porquerÃa de monte improvisado a último momento con las piedras del derrumbe del anterior constructor, tropiezo como si me faltaran las fuerzas.
Ahora traerán a Gabriel y yo me esconderé entre la multitud enardecida. Ésta no fue difÃcil de conseguir, habÃa gente disconforme como para elegir libremente. Ni paga quisieron.
Tuve que subir yo la madera porque Gabriel no se podÃa mantener en pie. Tropecé contra las piedras. Maldije para mis adentros, el pelotudo que quiso hacer el monte en forma de calavera no querÃa utilizar argamaza.
Fue un calvario.
A Gabriel Gonzales lo subieron, lo ataron bien con la cabeza caÃda hacia el ladrón bueno. Y a mi me jodieron la tarde, Irene se tendrÃa que arreglar sola, o estarÃa con el otro ladrón, el malo que a último momento no apareció.
La sangre del rostro de Gabriel era muy parecida a la de su espalda. Manaba de no sé donde, es decir sà sé, de su carne. Ni aún haciendo de sacrificado le perdonaban el tener alguna que otra disensión con los lÃderes.
-Señor, cuando estés en el reino acuerdate de mi-. repetÃa su salmodia "el bueno."
-De cierto te digo que esta noche estarás conmigo en el paraÃso. Le responde Gabriel y girando trabajosamente el rostro hacia mi,me sorprende con un - a ti también te espero- de voz apenas audible.(no estaba en el libreto)
SonrÃo imperceptiblemente mientras pienso; " por jefes como éste uno lo dejarÃa todo."