~Érase una vez una mujer, yo misma, que tenÃa un hijo. Al cabo de doce años, y tras un descuido (supongo que fue mÃo, porque mi marido no se acuerda de nada de lo acaecido aquella noche)volvà a quedar en estado. Bueno, pensamos, seguro que ahora viene la niña. Ya tendremos la parejita. ¡Qué ingenuidad la mÃa, pensar que sólo con desear una niña iba a venir.
No sólo no vino la niña, sino que eran dos.
-¿Los dos varones?.-Le pregunté al médico. Me mostró las ecografÃas.
-MÃralo tú misma. Tienen el cipote más grande que el mÃo.
Asà fue como me junté con tres chicos. Los querÃa como todos los padres quieren a sus hijos, es decir,muchos besos unos dÃas y otros estarÃa dándoles tortas desde por la mañana hasta por la noche. Esos dÃas en los que te vuelven loca, que se pelean porque su tazón tiene más Cola-cao que el de sus hermanos, o que a ellos les he echado más garbanzos que a los demás, y cuando ese juguete que lleva meses en el cajón, de repente, lo quieren los dos, esos dÃas, creo que se me cae un manojo de pelo. Bueno, creo no, que se me cae vamos. Asà que cuando los repeino por la mañana y los pongo todo guapos para ir al colegio, me voy a la peluquerÃa. A ponerme guapa yo también. Porque yo lo valgo.
Lo peor vino cuando llegaron las preguntas . Dios mÃo, yo creo que jamás me he hecho esas preguntas. Mi hijo mayor les habÃa dicho a sus hermanos que el hombre venÃa del mono. Asà que cuando los pequeños dieron religión en el colegio, Pedro, uno de los gemelos, vino pensativo todo el camino hasta casa.
-Hoy hemos dado a Dios en el cole.- Me dijo mi hijo.
-Muy bien. Dile a tu profe que te enseñe a rezar también.
-Dice que Dios creó al hombre. Pero creo que es un mentiroso.- Yo lo miré asombrada.
-¿Por qué? Es cierto.
-No. Dios creó al mono, y el mono creó al hombre.
Al ver que yo me quedé pensativa, se volvió hacia mÃ.
-¿A que sà mamá?
-Pues seguramente.
-¿Y quién creó a Dios?
-Mañana se lo preguntas a tu profesor, que es más listo que yo.
Un buen dÃa, a mi marido se le ocurrió hacer un sistema solar en miniatura en la habitación de los gemelos. Con todos sus planetas, un montón de estrellitas, y hasta un cohete recién salido de la NASA. Mi hijo mayor les regaló un globo terráqueo, de esos que tienen luz por dentro. Pedro no podÃa entender que esa fuese la tierra, el lugar en que vivÃmos. Toda redondita. Él no veÃa nada redondo cuando Ãbamos a Ibiza en barco.
-Aquà estamos nosotros.-Les dijo mi marido a los gemelos, señalándoles el mapa de España.
Mis hijos jugaron un rato dándole vueltas y vueltas.
-Si estamos aquà abajo ¿por qué no nos caemos?
-Por la gravedad de la tierra.-Le explicó mi hijo mayor.
Parece ser que se quedó contento, pero en la cena, sin venir a cuento, nos preguntó:
-¿Y que pasarÃa si la gravedad "esa" de la tierra se acaba?
-Eso es imposible.- Contesté yo.
-¿Pero y si ocurre un milagro y se acaba?
Yo miré a mi marido y le susurré.
-Pues vaya una mierda de milagro.- Luego me volvà a mi hijo.
-Mañana se lo preguntas a tu profesor, que es más listo que yo.- Jamás agradeceré bastante a ese profesor de las situaciones que me salvó.
-¿Y dónde se apoyan todos los planetas?
- En ningún sitio. Están suspendidos en el aire.
-¿Y si se caen? ¿Y si se cae al tierra? ¿Dónde se cae?
El gemelo de Pedro, Andrés, salió al paso, salvándome:
-Pero mira que eres tonto, Pedro. ¿No has visto que la tierra está encima de Marte? Pues se caerÃa encima de Marte.
-¡Ahhh, claro! Pobres marcianos, los vamos a espachurrar.
Ya en mi habitación, le dije a mi marido:
-Cuando les quieras construir algo, espera a que tengan 20 años.
Más tarde llegaron las preguntas de sexo.
-Mamá,- me dijo Pedro, pensativo. Me echaba a temblar cuando empezaba a hablar asÃ.- Cuando Miguel estaba en tu barriga, ¿dónde estábamos Andrés y yo?
-No existÃais todavÃa.
-Eres una mentirosa.
Lo miré asombrada.
-Una amiga de Miguel me ha dicho que estábamos saltando de un huevo a otro de papá.
Yo me acerqué y me senté junto a él, echando mano del manual de instrucciones.
-Verás hijo, papá tiene unas semillitas y se las da a mamá para que podáis crecer en la barriga y poder nacer.
-Y se las da por el pito, ¿verdad?
Los ojos creo que me bailaron solos en las cuencas. Ellos solitos. A su bola.
-Mira hijo...-pero Pedro no me dejó acabar.
-Vale mamá, se lo preguntaré a mi maestro, que es más listo que tú.
-¡¡¡¡¡Nooooo!!!!!!- Exclamé aterrada.-Eso no se lo preguntes a tu maestro. Eso que te lo explique tu padre, que para eso fuiste su semillita. Ale, a jugar con tus hermanos, que me voy a la peluquerÃa.
-Ya fuiste ayer, mamá.
-Pues hoy otra vez. Creo que se me acaban de caer 3500 pelos.
-¿Esos son muchos? ¿Cuántos pelos tenemos en la cabeza, mamá? ¿Más de 1.000.000? ¿2.000.000?
- Eso sà se lo preguntas a tu maestro. Venga, con tu padre que me voy.
-Pero mira mamá, me han dicho...
-¿Quieres que me quede calva y todos tus amigos se rÃan de mÃ? ¿No? Pues ale, a preguntar a tu padre que para algo está.
Hoy dÃa, viendo todo esto desde la perspectiva que da el paso del tiempo, me pregunto qué hubiese sido de mà si no me hubiese escapado a la peluquerÃa cada vez que las preguntas de mis hijos me hacÃan ver lo ignorante y lo mala madre que era. No siempre me peinaba. Pero allà nos juntábamos y nos contábamos los chismes que circulaban por el barrio, nos dábamos consejos de cocina y de más cosas,que tampoco viene a cuento explicar, y sobre todo, nos desahogábamos. A otras les da por tomar pastillas. Prefiero, de todas, todas, la peluquerÃa.
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