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Categoría: Hechos Reales

Una noche tenebrosa

La casa de campo donde paso el varano la construyó mi padre como almacén de alfalfa a principios del siglo pasado. Al quedar viuda mi madre tomó la mitad del almacén para construir en ella dos pisos, uno encima del otro. El de arriba lo ocupaba ella durante largas temporadas, mientras el de abajo constituía la vivienda del arrendatario de la finca. El resto de la casa estaba destinado a cuadra.

Un buen día, después de haber corrido gran parte de nuestro terráqueo Planeta, consideré que tal vez fuera conveniente en verano refugiarme en dicha casa, huyendo de los agobios que lleva consigo la jornada laboral, sin las molestias que comporta el viajar.

Como la casa, por fallecimiento de mi madre, pasó a ser de mi propiedad, procedí a reformarla toda, convirtiéndola en una sola vivienda de tres pisos, en la que el comedor-salón mide sesenta y cuatro metros cuadrados, la bibliotecas cuarenta y nueve y así sucesivamente. La finca donde radica la casa está situada en pleno campo, a tres, seis y siete kilómetros de las tres poblaciones más cercanas. Es decir, por la noche, en la más absoluta soledad.

De la casa, además de las paredes, lo que conservé fue su puerta de entrada de cuatro metros de altura y tres de ancho, formada por unas tablas clavadas a un bastidor de recios travesaños, de las que por su vetustez solo les queda el alma de la madera. Como la puerta por dentro resultaba impresentable y además con marcadas fisuras entre tablas, hice cubrir su interior con unas planchas de madera.

Durante nuestra estancia, normalmente hacemos la vida en el exterior, salvo que haga mucho calor, en que nos refugiamos en el interior de la casa, ya que sus paredes de cincuenta centímetros de espesor construido a base de piedra y fango facilitan grato frescor de bodega.

A la biblioteca la llamamos así por estar todas las paredes con estanterías llenas de los más de mil libros, que en mi casa y despacho que habitualmente habito no caben por estar ya todo lleno. Pues en esa biblioteca a donde solemos acudir después de cenar para ver la televisión, un buen día, estando solos mi mujer y yo, comenzamos a escuchar unos ruidos ensordecedores como si una tropa estuviera corriendo y luchando por tejado y paredes. Llenos de pánico, me aventuré a mirar desde un balconcillo que da cima a la escalera de acceso, y nada vi. No es lo mismo estar en la más absoluta soledad que vivir rodeado de casas. El miedo, a medida que el alboroto se incrementaba, iba in crescendo en nuestro espíritu, a tal punto que cerramos con llave la puerta de la biblioteca sin atrevernos a bajar a nuestras habitaciones. Nos arrebujamos los dos en un fuerte abrazo y sobre un canapé pasamos la noche con una angustia inaudita, ya que hasta la madrugada el alboroto, que por la resonancia de la casa adquiría un volumen inaudito, no cesó.

Derrengados por la vigilia, pero un poco más serenados ante la luz del nuevo día del pavor que habíamos pasado durante toda la noche, nos decidimos a recorrer la vivienda para comprobar si alguna puerta o ventana que diera al exterior había permitido el paso de alguien o algo, que motivara tan aparatoso ruido. Al acercarme a la puerta de entrada escuché unos leves ruidos, como si alguien se moviese en la cámara que formaba las tablas y el tablero que la cubrían. Rápidamente procedí a desclavar el tablero, y cual no fue mi sorpresa al encontrarme con un nido de búhos en el qué cuatro pequeñuelos campaban a sus anchas. Procedí de inmediato a trasladarlos al jardín y a encargar una nueva puerta, que es la que ahora cierra nuestra casa.

Tal vez la historia no revista más aliciente que el contar un hecho verídico, y el placer que a mi me ha producido el recordarlo. Por ello me disculpo ante los lectores que busquen mayor substancia en lo escrito.
Datos del Cuento
  • Categoría: Hechos Reales
  • Media: 6.12
  • Votos: 91
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Comentarios


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5 comentarios. Página 1 de 1
luis jesus
invitado-luis jesus 19-11-2004 00:00:00

Así que la famosa biblioteca de Alejandría está en tu casa de campo.... Vaya, vaya, con razón no nos llega la culturita a los demás, si la tienes toda tú, compañero. Celebro, ahora en serio, leerte de nuevo. Y sabes bien que un buen texto es un buen texto, cuente lo que cuente, tanto si es un terremoto, como si es un pasaje cotidiano. Sigo andando mal de tiempo, Ángel. Cuando pueda te escribo con más largura. Un abrazo.

Angel F. Félix
invitado-Angel F. Félix 19-11-2004 00:00:00

No quisiera, Luis Jesús, tener la Biblioteca de Babilonia, pues bien sabes que fue devastada, lo que trajo durante siglos grandes trifulcas y hasta muertes, según se aventura a contar la incansable novelista Bárbara Wood, en su Estrella de Babilonia. Huelga decir que mi biblioteca está a tu entera disposición. Ya te añoraba. Un fuerte abrazo, Angel (“Una noche tenebrosa”, de Angel F. Félix)

Inolina
invitado-Inolina 17-11-2004 00:00:00

Me invitaron a ver los cuentos. Me sorprendo de los mensajes en ellos. Es mi primer comentario. Pero no se trata este cuento de libros. Fijense bien: Unos ruidos en la biblioteca, pregúntense ¿ruidos? claro es el ruido del saber. No hagan como ellos, no esperen en la ignorancia a mañana. No tengan miedo de aprender. No me digan adios, me voy . . . regreso mañana.

lucy-a
invitado-lucy-a 16-11-2004 00:00:00

Daría todo todo todooo lo que tengo por entrar en esa biblioteca. Muy interesante su historia. Un saludo. lucy-a

Angel F. Félix
invitado-Angel F. Félix 16-11-2004 00:00:00

Cómo fácilmente comprendo que el deseo y el placer lo constituiría, el gozar de los libros que están en la biblioteca, sabes que tengo a tu disposición el catálogo de los casi tres mil títulos que poseo, para que si te apetece leer alguno prestártelo. Basta que indiques a mi e-mail la dirección a la que debo enviarlo. Gracias por tu comentario elogioso. Un fuerte abrazo Angel

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