La intensa luz inmovilizó la presa, haciendo que sus pupilas se contrajeran hasta quedar puntiformes. Al viejo cazador le bastó percibir el rojo de las retinas y nada más. Levantó la escopeta, ya amartillada, apuntó cuidadosamente y oprimió el gastado gatillo. La detonación hizo girar repentinamente la presa pero ello no evitó que las municiones le atravesaran el pecho. Cayó hacia un lado y ya no se levantaría más. El cazador, pie de hueso blanco, tomó el cadáver fláccido, lo observó brevemente y lo puso en su gastado morral. Pensó que después de todo había hecho bien en hacer creer a las víctimas que aquella luz conducía a algún sitio.
Profundo, apretado, como un puño cerrado; como deben ser los cuentos. Muy bueno