Un sueño reconfortante
Para cualquier persona, el perder un ser querido significa tristeza, angustia, dolor, incapacidad de muchas cosas, en fin, encontrar la palabra precisa para describir tal acontecimiento desafortunado, es difícil.
El pasado 31 de enero, se cumplieron cinco años de la desaparición física de mi madre. Ella, María Dolores, nos dejó un lunes del 2000, a las 15:15 horas. Un año bisiesto, para algunos común y corriente, para otros, lleno de cábalas; para mi familia y un servidor, lleno de dolor e impotencia.
Quién sabe porqué la mayor parte de las personas –permítaseme pluralizar-, no somos capaces de decirle a nuestros seres amados, obviamente en vida, lo mucho que los queremos; las ganas que tenemos de abrazarlos y contenernos, porque en mi caso, la timidez propia de ser “hombre” me lo impedía. Me daba pena decirle a mi madre que la quería, que la amaba, que le agradecía todo lo que había hecho por mi y mis hermanos.
Y esa timidez no debo atribuirla a que nunca se me enseñó a amar. Por parte de mi madre recibí bastantes muestras de cariño, de ese cariño que llaman verdad, cariño sin interés; sin embargo, la personalidad propia del individuo, como en este caso la mía, fue suficiente para no poder demostrar mi cariño a los demás, especialmente a mi madre.
Debo decirles que me considero un buen hijo, que pocos dolores de cabeza di a mi progenitora, que la traté bien en vida y que no me arrepiento por haber dejado algo inconcluso para con ella. Pero, siempre falto ese algo, eso que debe hacerse sin pensarse, sin titubear: besarla y abrazarla. Sólo cuando fue alguna fecha especial lo hacía. Jamás se me pasó un Día de las Madres, un año nuevo o su cumpleaños sin que surtiera efecto mi demostración sincera de amor hacia ella.
Cuando ella falleció, sentí que el mundo terminaba para mí. Miles de pensamientos surcaron velozmente por mi mente…recuerdos del pasado se agolparon bruscamente en uno solo.
Recordarla sonriendo, bromeando conmigo y con mis hermanos, gritar, fumar su inseparable cigarro, mismo que la llevó tempranamente a la tumba a los 62 años; verla cómo se afanaba cuando éramos pequeños porque vistiéramos y comiéramos, lo primero más o menos, lo segundo sí, porque a tragones nadie nos ganaba.
Cómo nos brindaba sus consejos sabios y cuando era necesario castigarnos por alguna travesura infantil o porque no obedecíamos. En fin, recuerdos y situaciones inolvidables que jamás volverán a repetirse.
Pocos días después de que ella murió, me atormentaba dolorosamente el que jamás le pude demostrar mi afecto, aunque ella lo sabía, porque las madres tienen ese extraño don de ver más allá de lo que los hombres podemos hacerlo; pero mi obsesión iba más lejos.
Una noche de mediados de febrero de ese 2000, tuve un extraño pero muy realista sueño. En él, me veía subiendo una empinada cuesta. Dicha loma, la veía hermosa, llena de flores a los costados, me parecían rosales perfectamente cuidados.
Era una calle solitaria llena de paz y tranquilidad. Cuando estaba por llegar a la cima, a mi lado izquierdo, estaba una casa con la puerta abierta, una puerta muy amplia color café suave.
Dentro de la habitación principal, y sobre una mecedora blanca, suavemente y al compás del sonido de un arroyo, se mecía una señora.
Algo me impulsó a entrar. La persona que estaba sentada en dicha mecedora, era mi madre. La sorpresa no me impidió acercarme, porque aunque dentro de mí sabía que mi madre estaba muerta, le hablé.
Ella se levantó y a la vez que me abrazaba fuertemente me dijo: “Hijo, no sufras más por aquello que te atormenta, sé que me amaste mucho y el hecho de que jamás me hayas abrazado o dicho que me querías, lo ignoraba…sé feliz y cuídate mucho”.
Los dos lloramos juntos un tiempo que no recuerdo cuánto fue, pero fue largo.
El despertar de esa mañana, fue reconfortante, como si realmente hubiera sucedido lo narrado anteriormente. Un sueño, ése especialmente me devolvió la paz que tanto anhelaba y fue la respuesta quizá psicológica a un deseo.
Hoy, a cinco años de su partida, la sigo recordando, porque jamás, jamás; pase el tiempo. que pase, la madre se olvida. Hasta pronto jefa…
Primeramente gracias, por volver a escribir... Es bonito recordar a las personas siempre, mas aun cuando ya no estan con nosotros... Pienso que recordar a tu madre y platicar con ella en sueños, poder abrazarla y llorar junto a ella es sentirla de nuevo a tu lado, recordar su aroma, su piel, su cara, su color te puede transportar de nuevo a los mejores años de ambas vidas... Recuerda que siempre es importante abrazar a quienes estan con nosotros, en vida, decirles cuanto los amamos y cuan felices somos de estar vivos...no dejes de sentir esa hermosa experiencia...! Un beso y un abrazo....!!!