Las mil caras de la Locura
Recuerdos de una bebé
Recién di mis primeros pasos, costándome algún trabajo, asida de un sillón, levantándome con singular fuerza en mis extremidades inferiores. No había notado lo de mis piernas. Más en el salón, acompañando a mi madre, estaban sus amistades en reunión y al ver cosa tan natural, se volvieron todas locas.
¡Mira! ¡Mira! Se ha puesto de pié, ¿no es asombroso? Decía una y, la otra: ¡oh! Qué maravilla... y, ¿ya vieron sus piernitas? Coreaba una tercera, hasta que corearon todas, pareciendo aquello un gallinero.
Yo no sabía para dónde voltear. Eran tantas las voces, las caras de admiración, los gestos y muecas que distorsionaban los rostros en ese momento, al menos, parecían del todo grotescos... ya lo peor fue cuando un señor pellizcó mi mejilla... qué doloroso recuerdo, por poco me suelto de la silla.
Mis tiernas y regordetas piernitas, temblaron. Volvieron todos aquellos gestos a parecer más tenebrosos. ¿Qué hacer? Ya más tiempo no me podré sostener de pié. Si acaso caigo sentada vendrán en bola a querer alzarme y cuánto morete sacan estas personas con sus dedos fuertes en mis costillitas prensados. ¡Qué hacer con esos locos que no dejan de mirarme?
Si al menos pudiera tener la libertad de expresarme y hacerles ver lo que parecen. Dicen que los adultos hablan; éstos hacen ruidos. Unos gimen, otros fruncen la boca y hacen moa moa, más allá, dos señoras me guiñan un ojito y los señores agitan sus grandes puros sin pensar más nada que en la chiquita.
¡Mentira! Me digo yo... si pensaran en mí, mi aire no contaminaran.
Bueno, he de resolver, no me sostienen ya las piernas, las manos de asir con tal fuerza el sillón se me han cansado, los ojos de tal vaivén en busca de puerto seguro, se han cansado también... no queda más que sentarme lo más ligero... si llego a desplomarme vendrán corriendo las mil caras de mis recuerdos a saber que ha sido del destino mío cuando todavía no digo ni pío...
Lara Elra Cira