Un dÃa común entre los hombres; toda la gente observando la calle; movimientos Ãmpetuosos y rápidos, de armaduras toscas que defendÃan a caballeros de saco y corbata, córceles sin patas; se miraban uno a otros, como extrañados, lejanos, no creyendo que la realidad llegasé a tanto. Pero firmemente deacuerdo que todos eran carne que un dÃa llegarÃa a terminarse, a satisfacerse y a su vez, pudrirse. Esa turba de gente que en los momentos de tráfico enfrente de mi ventana se aglomeraba, a juntar una empaste gris en el espejo de sus realidades, defendÃa la idea de que el mundo era plano aún, pues jamás llegarÃan a saber si era redondo, nunca lo caminarÃan entero.
El sol abrasaba los efluvios de la masa uniforme que se arremolinaba cerca de mi recinto, barrÃan sus desperdicios hasta mi pórtico, con el afán de generar una curiosidad grotesta; con su caminar recto, sin salirse de la raya; con su habladurÃa infernal de cosas que el viento no soportaba. Toda ella era gente verdadera.
La tarde parecÃa morir con ténues rayos de luz que chocaban contra mis ojos. La gente me miraba expectante, suponiendo que me levantarÃa del suelo a caminar por su mundo; edificado por ellos, para ellos, y para ningún otro. Toda creación era demasiado egoÃsta, no la soportaba, por eso me tenÃa tendido en la nada, como voluntad propia, como rebelión a su inmunda existencia, de la que en otrora fui parte. Yo sostuve en los ayeres, un ladrillo con argamasa, para construir el hogar de los otros que vendrÃan después, un futuro idóneo, la constante evolución, el hombre perfecto.
Todos estúpidos pasan con paso veloz, sin mirarme, solo de reojo ven lo que no quieren llegar a ser en su vida. Ven la inmundicia con inmundicia en los ojos, son muertos que caminan sabiéndose irónicamente los vivos. Pero su vida no los deja detenerse, siguén de paso, algunos se compadecen de mà y arrojan unas monedas a mi regazo maldiciéndo: "vividor, pordiosero, mendigo, indigente malsano". Los miró y sonrió, rió de buena gana, una carcajada de profunda alegrÃa; sé que le he ganado a la muerte por adelantarmele a ella, y saber que estoy muerto para los hombres.
La noche ha nacido, ha muerto otro dÃa; me levantó, una piltrafa de hombre que camina; un espÃritu enardecido por los sueños, es el que vaga por las calles, ya sueltas por las bestias. Ahora salen las almas a pregonar su agonÃa, ahora es cuando se abren mis labios a pronunciar mi grito sosegado por el mundo de los objetivos: "el sueño es la esencia de los hechos".