Amanece un dÃa gris, como casi todos en esta época, esta lloviendo, se puede notar la humedad en el ambiente. Desde mi ventana huelo el humus que desprende la tierra al contacto con la lluvia, es un dÃa triste, pero precioso a la vez.
Recojo mi cuarto, cambio mi disfraz de noche, el pijama, por mi chaquetón y paraguas.Y salgo a dar un paseo.
Cojo camino hacia una urbanización que hay en mi ciudad, donde las casas son antiguas, y hay infinidad de calles peatonales, llenas de flores, y árboles. Me encanta pasear por allÃ, porque la lluvia deja un olor penetrante y casi dulce.
En el recorrido me encuentro con madres que llevan a sus hijos al colegio, los niños aunque medio dormidos lucen una preciosa sonrisa, van estrenando paraguas, botas,chaquetones; Los miras y descubres cuan felices son con tan poco.Van con sus maletas cargadas de libros, estuches nuevos, todo eso que sólo a un niño puede hacer feliz.
Me fijo en las madres, y aunque en sus rostros se refleja el cansacio, tambien se vislumbra la ternura y el cariño hacia esas pequeñas personitas que llenan sus mundos.
Es maravilloso ver la gran inmensidad de sentimientos que puede hacer brotar un hijo, y me descubro envidiosa, carente de ese gran milagro que es dar vida.
Paso por la calle de mi abuela, una gran mujer que hace tiempo que nos dejó, y veo su casa, su casa vacÃa, carente de vida.Cojo mis llaves y entro, quiero sentir su grata presencia, aunque sea en una casa cerrada, llena de fantasmas.
Entro en el gran salón, veo su viejo sofá, donde pasaba tardes viendo la tele, donde a veces me leÃa con gran trabajo algún libro de los que yo le compraba con letras grandes.Saben aprendÃo a leer con setenta años, en una escuela de adultos.
Haberla conocido, haber vivido con ella, me cambió, me hizo mejor persona, y después de casi cinco años de su partida, todavÃa la hecho de menos.
Salgo de aquel gigante ataud, mi sensibilidad no aguanta más tiempo entre esas paredes.
Cojo calle abajo, hullo de esa zona, me hace sentir mal.Vuelvo la esquina y me dirijo a mi casa, la que me compre con mi exnovio, esa que desde que lo dejé con él, esta vacÃa.La miro desde fuera, y decido que ya es tiempo de abrirla, de luchar por ella, de luchar por mi vida.Abro mi puerta,lo encuentro todo tal como lo dejé, aún hay huellas de él en cada rincón. TodavÃa puedo verlo entre las cosas, siempre allÃ.
Pero aún asà es el momento de dejar todo atrás, de empezar de nuevo.
Entro en la cocina y desde la puerta que da al patio, puedo ver que esta lloviendo, me encanta el sonido de la lluvia al caer, me relaja, me predispone a pensar en mi vida, a pensar en mÃ.
Abro la puerta y me asomo, desde allà puedo ver el mar, ese mar que siempre esta presente en mi vida, ese inmenso mar.Puedo sentir su fuerza en la distancia, puedo ver la grandeza de la naturaleza, puedo sentirme parte de él.
Derrepente miro el reloj y veo que se me ha ido la mañana, que tengo que regresar a casa, que me espera mi madre, mi familia, esos que siempre estan ahÃ, y vuelvo presurosa.
En el camino de regreso, me encuentro a las mismas madres, con sus hijos, algunos ancianos que han salido a comprar, y me fijo en la aparente soledad, que les acompaña;Me imagino a esos ancianos en sus casas solos sin más compañÃa que sus televisores, y siento una gran compasión, los ves y te miran y saludan con una alegrÃa de la cual sólo se puede desprender su gran soledad, la falta clara de alguien que los escuche y les de calor.
Es en estos momentos cuando el miedo se apodera de mÃ, no quiero estar sola, no quiero sufrir.
Como siempre acabo pensando en él, en mi mundo, en porque está tan lejos, en que quiero compartir mi vida con él, quiero verle envejecer, quiero estar ahà cuando me necesite, quiero ver su mal dÃa, quiero apoyarle cuando me necesite, quiero ser su mundo, su alegria, su tormento, quiero serlo todo para él.
No sé si algún dÃa encontraré a esa persona cuyo rumbo sea yo.