Me siento solo, en esta tarde festiva. Y es triste, la soledad. Cuando no sabes que hacer, se apodera de ti el aburrimiento.
¡Aburrimiento! Que palabra tan deprimente. El aburrimiento no es otra cosa que la muerte espiritual del alma; ese estado desagradable y plúmbeo en que las potencias anímicas quedan en letargo.
Cojo un libro. Lo abro. Pero al leer, la letra menuda me causa esfuerzo. Supera la molestia del esfuerzo al interés que despierta el contenido de lo que leo, y lo dejo.
Asomo a la ventana. Tarde nublada. Calle desierta. Árboles que despiertan de su estado de invernación, pero que muestran todavía la melancolía de sus troncos desnudos. Me retiro, entristecido, al interior de la estancia.
Y al final, caigo en la cuenta de que lo mío es escribir. Y con espíritu alegre me siento ante el ordenador para contar lo que me acontece, y con un tantico de regodeo, pensar que ahora, en que he logrado despabilarme, el aburrimiento será para quién esto lea.
Buen relato amigo, parece que al final lograra su cometido de endosarnos ese aburrimiento que lo invadía. Nos toca ahora pués a nosotros, escribir para endosarle a otros dicho aburrimiento. Cordial Saludo