Soñar un sueño es ponerle alas al pensamiento, sobrevolar los lejanos mundos del consciente y adentrarme en la cálidos brazos de los deseos.
Soñar con un mundo encerrado entre mis ojos, en esas noches tibias de esperanza, es recorrer en pequeños pasos de cercanía los momentos de luna de una nostalgia.
Apenas entiendo por qué aún acuden a mi esos bellos colores, esas extrañas luces que recubren de quietud mis sonrisas, apenas comprendo las llamadas suaves a la puerta de mis desvelos. Pero acepto mis sueños como regalos escondidos, tesoros de palabras mudas que tropiezan entre ellas tratando de hacerse un sitio, un hueco privilegiado entre mis adormecidos sentimientos.
Soñar un sueño es describir un espacio de vida y saber que en cada esquina de mi voluntad se entretiene en mi piel soñolienta una caricia, que descuidada y encendida, nerviosa y dulce, se instala cercana a mi almohada velando las sombras de mi realidad, que se retrasa entre bostezos iluminando la estancia de luz que se enconde tras mis montañas nevadas de silencio.
Soñar un sueño, es dejar volver a mi los gestos escogidos con mimo en mi corazón.
Luego, ya de mañana... de vuelta a la realidad, la crudeza, los detalles insensibles, carentes de delicadeza y respeto prosiguen invadiendo con sorna la parcela de mi soledad y entonces... recuerdo, ¡recuerdo! y ya despierta, ¡¡vuelvo a soñar!! vuelo de nuevo hacia mis sueños, pensando que esa noche de morfeos tus latidos fueron estrellas en el centro de mi corazón.
Y mi cálido sueño contigo...al regresar... detiene la rabia, el momento... y se situa entre mis sentidos como una manta de cariño que me tapa algunas noches, esas noches en las que, sin yo saberlo, por la mañana me está esperando impaciente, de nuevo, el crudo invierno.
Soñar un sueño... en el que tú apareces... es prolongar un día entero un dorado amanecer.