Con un viento de soledad nos sentimos cohibidos.
Con una ráfaga de desprecio nos mostramos abatidos.
Con un gesto de reproche se cristalizan nuestras emociones, se destruyen nuestras fantasías de palabras, nos volvemos lluvia de excusas contra una intolerancia.
Somos frágiles. Apenas hemos nacido lloramos pidiendo ayuda. Ya de pequeños buscamos imperiosamente la falda de nuestra madre, las piernas de nuestro padre y agrrados, escondidos... miramos el mundo, afrontamos nuestras primeras miradas a desconocidos, nos hacemos un hueco pequeño en mitad de un espacio infantil no cubierto.
Somos frágiles. Cuando vamos creciendo sustituimos esa falda o esa pierna por un cigarro, por una copa, por un vicio, tal vez por varios, y afianzamos nuestras conviciones de madurez cuando aún no sabemos ni quienes somos, ni nos planteábamos que ibamos a crecer.
Somo frágiles. Cuando somos mayores, unos luchamos a frente abierta por lo que nos corresponde, tratando de ampliar y asentar ese sitio que aún no nos han arrebatado, otros buscamos aún esa oportunidad milagrosa de que alguien comprenda que somos importantes para empezar a hacernos notar.
Y cuando nos hacemos viejos... cuando nos hacemos tan mayores que la memoria es nuestra más fiel compañía, buscamos con las manos temblorosas esa falda o esa pierna, o ese cigarro, o esa copa o ese vicio para sentirnos simplemente vivos y ya no buscamos ampliar espacio, ni ocupar hueco, ni hacernos notar, sencillamente, nos hacemos visibles sin más, en nuestra propia sombra.
Somos frágiles y... escribimos o lloramos en silencio, o ambas cosas, solo para que nadie imagine cuánto podríamos rompernos si alguien nos descubriera lo frágiles y sensibles que nos sentimos siempre... en el constante paso de nuestra vida.
Somos frágiles.