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~Llevaba varios años soportando su actitud voluble hacia mí, más que nada por respetar los valores que me fueron inculcados por mi familia cuando joven; pero cuando insultó a la mujer dueña de mi corazón, se me hizo imposible pensar en otra cosa que no fuera el modo de hacerle pagar. Esa despreciable risa socarrona me desquiciaba hasta el punto de hacerme enloquecer con el simple hecho de recordar esos dientes rectos pero amarillentos mostrándose al mundo. Durante semanas me fue imposible concentrarme en cualquier cosa, hasta que por fin di con la solución adecuada…
Valiéndome de su actitud soberbia y presuntuosa, le invité a jugar una partida de ajedrez y compartir una botella de vino tinto, una pasión compartida desde la juventud por ambos. Conforme la partida avanzaba, también aumentaban los tragos que vaciaba lentamente, para tratar inútilmente de detener la embriaguez ocasionada por éstos. He de confesar que debido a que pocas veces había logrado derrotarle en el juego de reyes, aún ebrio era un digno rival, de modo que mientras dejaba que mi plan surtiera efecto, trataba de ocasionarle el más dramático desenlace a nuestro encuentro. Incluso a pesar de que llevábamos más de media hora en la habitación, no había habido muchos movimientos significantes, de modo que yo había perdido un caballo y dos peones, mientras que le había robado yo sólo uno de éstos últimos y un alfil. Sin embargo, a medida que se amontonaban en su estómago las ocho copas de licor consumido, comenzó a cometer pequeñas imprudencias, que le llevaron a entregar su dama para atacar a un alfil aparentemente solitario, o a perder las torres por proteger a simples peones. A éstas alturas en mi mente ya se habían desarrollado los movimientos necesarios para llevarle a la situación deseada, pues no contaba con otra molestia aparte de un inmovilizado caballo. Cada minuto su conversación era más pesada e incoherente, hasta que llegó un momento en que me miró con una cara de desesperación, frotándose el pecho en un intento de masaje cardiaco, mientras me decía:
-Creo que no podré ganar ésta vez…-entonces movió a el único peón restante, y se desplomó en el suelo, echando espuma por la boca hasta que sus convulsiones cesaron y sus ojos perdieron el brillo.
Cambiando mi dama por un diminuto frasco con la leyenda “Arsénico” en la etiqueta, derribe a su peón y con una sonrisa irónica respondí:
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