Me acerqué hasta ti, quería besarte, quería acariciarte, tantos años sin entenderte, tantos años intentando olvidarte entre los pliegues de mi cariño... y no lo conseguí. Entonces, creí ver abiertos tus ojos y te los besé y traté de hablarte, de sonreirte, pero mis lágrimas no me dejaron hacerlo, entonces cogí tu mano y reposé mi cabeza en tus latidos pero... nada se escuchaba, nada oía, sollozaba junto a ti, me aferré más, buscaba un aliento, una mirada brillante, una voz, una sonrisa cálida de motivos, nada encontré, a mis espaldas todo el mundo susurraba, rumoreaba frases, desgastados motivos, pero ya nada tenía sentido, yo no quería oir, solo te miraba, intentaba soltarte, no lo conseguía.
Una mujer se acercó a mi y me dijo: - no te escucha, déjalo ya -, yo me volví llevaba rabia en los ojos, mi llanto era de sudor de olvidos, de sudor de recuerdos, - siempre me escuchó - dije con voz dolida y la cabeza alta, - vosotros no lo sabíais pero... siempre me escuchó, siempre me escuchó... - repetí con contundencia mirando con desafío, de repente noté su gesto contraido o contrariado, no recuerdo bien, solo sé que su mirada se encendía en mi y a punto de expresar sus heridas nuevamente, silencie sus labios con una pregunta:
- ¿sabes que me decía?
Ella se quedó muda, no entendía qué trataba de decirle, después de unos segundos me dijo con la voz débil, confusa, herida, sorprendida, volcada en la respuesta: ¿qué te decía?.
Entonces yo, haciendo un esfuerzo para superar el dolor, el tiempo, la lluvia de recuerdos que se agolpaban malheridos, desplegué mi corazón, lo desaté de nudos de silencio, de toda mi atemporal agonía, lo desenvolví en esperanza y lo revestí de superación y con la voz serena, suave, contenida dije mirándoles a todos: siempre me decía lo mismo... que os quería.
Sentí la sonrisa externa de varias personas expresando orgullo, emoción, sentida cercanía, volviendo sus lágrimas más auténticas, más sanas, más vivas. Mi llanto simplemente sudaba, sin que nadie lo viera, en los latidos de mis manos...
Me desperté sobresaltada, - todo ha sido un sueño,- me dije con la voz vuelta hacia mi almohada, luego elevando mis ojos tratando de esbozar una sonrisa, acerté a decir: - perdóname, lo siento, soñé que te morías.
La habitación quedó en silencio, no voy a negarlo, pensando en el sueño una lágrima real resbaló silenciosa por mi mejilla, te imaginé tan ausente como ahora lo estás, qué pesadilla, me dije mientras volvía a dormirme.
Al despertar de mañana... suspiré, no sé explicarlo bien, aturdida por el sueño no sabía si estabas o no estabas vivo, solo sé que por un momento te sentí calladamente en mi corazón... recogido.
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Nota de autor: cuando era pequeña "mataba mentalmente" durante unos minutos a todas las personas que quería mucho, de esa forma imaginaba que cuando eso sucediera en la realidad la pena no sería tan grande. Jamás he logrado recordar ese aprendizaje a la hora de llorar con desconsuelo la pérdida de un ser querido.
Contigo nunca he conseguido dolerme unos minutos aislados, si te pienso me dueles todo el tiempo, no me importa que lo sepas, para eso están los amigos, para decirse en confianza si son realidad o sueño.