El hombre se levantó temprano tratando de recordar un sueño, que por una extraña razón, pensaba, le era imposible rearmar, reconstruir, como un juego de encastre onÃrico.
Se despertó algo desesperanzado; los devenires diariamente repetidos, rutinarios; las ordenes; las caras de nada de todos los dÃas; y su reflejo en el espejo lo veÃa mas viejo. AsÃ, luego de los pormenores matinales, se encamino con decisión pero profundamente obligado.
La fabrica era pequeña, una de esas pocas sobrevivientes de la ruina y el saqueo polÃtico, rebautizadas “pymes incipientesâ€, motor productivo de la Nación, que, paradójicamente, la habÃa abandonado ya hace tiempo. Doce operarios, tres administrativos, el gerente, dueño o patrón, según quien se dirigiera a él, y el guardia, sereno, maestranza, bueno. un poco de todo, un tipo realmente voluntarioso y extremadamente necesario.
Nuestro hombre era uno de los tres administrativos, se encargaba de una parte contable, liquidaba sueldos y realizaba menesteres comerciales de la empresa, amen de algún encargo del gerente, dueño, o patrón, con una parsimonia que no era tranquilidad sino desdén y hastÃo. El sueldo era miserable, la relación con el gerente, dueño, o patrón era frÃa y distante; y sus otros compañeros de sellar, imprimir y calcular, se sentÃan quizás igual o peor que él.
Pero nuestro buen administrativo, estaba completamente seguro de no ser una persona común, se juzgaba alguien exclusivo mientras hacÃa el arqueo de caja, aunque la mecánica del trabajo “común†que realizaba le aclarase lo contrario. Inmediatamente intentó conformarse con la idea, de que al ser todos distintos, nadie en realidad podÃa ser del todo común, y contrapesó este razonamiento con la medianÃa, conjugada con esa inevitable automatización de los cálculos, y su ilusión de originalidad, quedo destruida como una mala impresión, se esfumaba otra vez una chance de salir del anonimato, de que sucediese algo inesperado, eso, inesperado-rumió-todo lo que viene últimamente no necesito ni esperarlo, se con certeza que se sucederá, negarlo serÃa estúpido, aceptarlo degradante, he aquà la encrucijada.
Y existÃa solo una solución, una vÃa única, el cambio. No estar cuando llegue, llegar tarde o no llegar, pero. el destino. el destino era tal vez otra excusa para no pelear, se recriminó mientras se dormitaba.
Llegó la hora de salida y saludó a todos los que pudo mientras lo miraban con asombro.