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Perdido

Ramiro era un niño travieso al que le gustaba desobedecer a sus padres. Para Ramiro desobedecer era un juego familiar y no creía que estuviera haciendo cosas malas.

Cuando iba al parque, a Ramiro le gustaba tirarse en el barro y manchar su ropa nueva, aunque su madre le dijera desde lejos que se quitará del barrizal. Y cuando subía las escaleras mecánicas, su padre le decía que no pusiera los pies sobre los laterales, porque podía hacerse daño. Pero Ramiro siempre se soltaba y patinaba sobre ellos. Y si le decían que cogiera una servilleta para el bocata, Ramiro no hacía caso y dejaba miguitas a lo largo del pasillo. 

Un sábado por la tarde, Ramiro y sus padres fueron a un centro comercial a comprar unas cosas que necesitaban para la casa. Ramiro iba con una pelota en la mano y la iba tirando contra las paredes de las calles de camino a las tiendas.

-Ramiro, para, por favor. Vas a acabar rompiendo un cristal. No sé porque has tenido que venir con esa pelota -le dijo su mamá.

-Mamá, es que me aburro, no me gusta ir de tiendas -dijo Ramiro.

-Aguanta. Ya sabes que en el centro comercial vamos a mirar libros y juegos. Ten paciencia, que ya falta poco -le contestó su mamá.

Pero Ramiro seguía a lo suyo, tirando la pelota.

-Ramiro, si sigues tirando la pelota me la quedaré yo -dijo su padre.

Pero en ese momento, Ramiro vio la puerta del centro comercial y echó a correr, retando a su padre:

-¡A que no me coges papá! -chilló el niño, emocionado.

-Ramiro ven aquí, que hay mucha gente- dijo su padre, mientras aceleraba el paso.

Ramiro interpretó que su padre correría detrás de él para detenerlo, así que empezó a moverse entre la gente mientras sonreía. 

-No me va a coger -pensaba el niño.

Pero cuál fue su sorpresa cuando, al doblar una esquina, se dio cuenta de que no sabía dónde estaba. Y su padre no estaba por allí.

-¿Qué sitio es este? Voy a esperar a papá y a mamá -se dijo el niño, intento parecer tranquilo.

El niño esperó y esperó, pero no veía a sus padres por ninguna parte. Su cara mostró terror cuando le vino la idea a la cabeza: ¡estaba perdido!

El miedo le llevo a ponerse a llorar y a intentar buscar ayuda. Una mujer que iba con una niña de la mano se paró a hablar con él:

-Pequeño, ¿qué te pasa? ¿Cómo te llamas? -le dijo.

-Me llamo Ramiro y me he perdido en este centro comercial. No sé dónde están mis padres -respondió el niño.

-¿Y cómo es que te has perdido?¿Dónde los viste la última vez?

-Es que me puse a jugar pensando que mi padre vendría detrás de mí a pillarte y eché a correr. Ahora me arrepiento mucho. Tenía que haberme quedado con ellos.

-¿Seguro que te arrepientes? -dijo una voz fuerte a las espaldas de Ramiro.

Cuando el niño se dio la vuelta vio a su padre y se lanzó a sus brazos:

-¡Papá! Lo siento, no volveré a hacerlo -dijo, emocionado.

-Tienes que escucharnos cuando te decimos las cosas. Estábamos muy preocupados -dijo su madre.

Y los tres se dieron un fuerte abrazo.

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