Había una vez un niño, era un niño de mediana estatura pero él siempre se veía muy bajito, cada vez que se miraba al espejo siempre le parecía que en vez de crecer, mermaba. Estando con otras personas, sus amigos, siempre los veía a su misma altura y por eso no se planteaba nada más allá de una tristeza muy ocasional. Había visto a veces a otras personas más altas, pero él se justificaba siempre diciendo: no todos somos iguales, los hay altos y los hay bajos, yo soy más bien de los de baja estatura y no es más.
Sin embargo a pesar de ese convencimiento, fue pasando el tiempo y cada vez más al ver personas altas algo en su interior se revolvía y no se sentía bien. Tal era ese malestar que su condición de poca altura llegó a influirle tanto que apenas salía. Los demás, al verle tan desmoralizado, siempre estaban con él, siempre buscaban la manera de aliviarlo. No te preocupes le decían, algunas personas tenemos siempre una altura baja, no lo tengas en cuenta, tú eres así, no lo pienses más, quien no te acepte de esta manera, no merece ser amigo tuyo, olvídalo, solo te traería frustraciones y problemas, nosotros te queremos asi, sin que hagas ningún esfuerzo por ser de otra forma, jamás te pediríamos que fueras más alto, no lo pienses más.
Aquel niño convencido de sus palabras trataba de imaginar que tenían razón y aunque a veces proseguía notándose "más bajo", le reconfortaba saber que los demás le aceptaban así sin darle más vueltas ni pedirle nada que él no pudiera dar.
Un buen día se encontró en su camino a una niña, era una niña muy muy bajita y al verla se quedó sorprendido de que existieran personas tan pequeñitas, pues debía de mirarla bajando la vista, pero la niña no se sentía mal por ser tan pequeña y acercándose a él miró hacia arriba y le preguntó con descaro: hola!, cómo te llamas?, qué bajito eres, ¿porqué no has crecido más?
El niño se quedó boquiabierto con tal pregunta y no sabiendo ni qué decir acertó a responder con tono de indiferencia y sarcasmo: mira quién me lo dice.
La niña, sin retraerse en nada añadió: qué tienes tú que decir de mi?
El niño asombrado por esas palabras trató de indicarle a la niña su realidad pero como era una buena persona lo hizo con suaves palabras para que no se sintiera incómoda. Eres una niña de poca estatura, le dijo, tienes mucha menos estatura que yo, no comprendo porqué hablas sobre cómo soy yo, a la vista está que no eres la persona más indicada para hablar de ello, no crees?
Entonces la niña clavó sus ojitos en el niño y con desprendida emoción por tales palabras simplemente le dijo: ya lo sé, soy bajita pero yo no me siento bajita!, es tan solo que yo no puedo crecer más, soy enana. Cuando tenía pocos anitos contraje una enfermedad que paralizó mi crecimiento y aunque los médicos me han dicho que alcanzaré uno o dos centímetros más, más lejos de eso no podré alzarme por mucho que lo intente, sería un milagro!. En cambio tú, si no tienes ningún impedimento ni enfermedad... ¿porqué no eres más alto??
El niño se sintió conmovido por tales palabras y por la franqueza con que esa niñita le hablaba y trató de explicarle a la niña. Verás, yo no puedo crecer más porque esta es mi naturaleza, soy de la misma estatura que mis amigos porque nací igual que ellos, unos nacen altos y otros bajos, otros como tú padecen algún problema para crecer, pero todo ha de ser natural, cada uno tiene su condición y lo mismo que tú no te esfuerzas en cambiar eso porque sería inútil pues yo tampoco lo hago, dijo el niño convenciéndose aún más con su brillante teoría.
La niña se le quedó mirando con cara de incredulidad y sin pensarlo dos veces le dijo con ingenuidad: eres bobo niño!!, cómo no vas a poder crecer más??? quien te ha dicho eso?? es que no ves que lo que te sucede simplemente es que andas encorvado?? anda venga estírate!!, pon la espalda recta y verás entonces cual es tu verdadera altura.
El niño se quedó confuso ante tan contundentes palabras y dejándose guiar por las indicaciones de la niña que a través de gestos le animaba, poco a poco se fue estirando, levantando su cara hasta quedar completamente con el tronco ergido. Al ver la tremenda estatura que había alcanzado, bajando tan solo su mirada con generosidad hacia aquella pequeña niña le dijo con emocionada voz: gracias.
La niña asintió a modo de respuesta y con gracia se despidió de él diciendo: de nada, no hay porqué ser siempre más pequeño de lo que uno es. Luego, un pensamiento cruzó por sus ojitos, le miró con tristeza y bajando su cabecita añadió: bueno, me marcho, ahora que eres más alto no quiero que te esfuerces en bajar la cabeza cada vez que quieras hablarme, yo solo estaba de paso, me alegra haberte ayudado.
Pero el niño, que al cobrar altura, ya había crecido en todos los sentidos le dijo: ¿te gustaría acompañarme en mi camino? no te puedo prometer mirarte a los ojos siempre pero no quiero perder a una persona tan especial, tan inmensamente grande por dentro como tú. Tú no puedes crecer sin embargo no te ha importado ayudarme para que descubriera de qué forma yo sí podía crecer.
La niña, con emocionada carita sencillamente asintió de nuevo con una sonrisa, no pudo pronunciar palabra pero por un momento creyó que el milagro de sentirse más elevada realmente se había producido.
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Lo importante en esta vida es tener un buen motivo por el que querer crecer.