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Categoría: Hechos Reales

Moshe Cohen

MOSHE COHEN



Mi familia por parte de mi padre es oriunda de España. Obligados por la inquisición española tuvo que emigrar y fueron a vivir por dos centurias a Italia, más tarde se mudaron a Rumania y por último a Yugoslavia desde finales del siglo pasado. Esto hace de mi un judío errante de origen sefardita. De mi madre no puedo seguir todas sus raíces pero ella proviene de la rama judía askenazi. Es Belgrado un asentamiento judío por excelencia, entre ambas ramas de judíos no se hacen diferencias, ni tan siquiera en los rezos, todos vamos a una sinagoga común. Si ese día era un Rabino sefardita el que oficiaba los rezos este rezaba a su estilo y de lo contrario de ser un rabino askenazi se oraba a la usanza askenazi, sin que por esto se molestaran los unos o los otros.
Mi papá gran comerciante y con buen olfato para los negocios, luego de haber amasado una fortuna, pensó que lo mejor sería mudarse a un pueblo tranquilo,; comprar una casa con terreno suficiente para sembrar árboles frutales, dedicarse de lleno a su esposa e hijos. Y así nos mudamos a Prístina un pequeño y bello pueblo, en el cual mi padre compra una tienda al igual que la casa por él soñada. Recuerdo la belleza de la naturaleza, tenía árboles de todo tipo de frutas, de membrillo, manzanas, peras, cerezas, castañas y otros tantos. Rodeando nuestra casa habían tres casas vecinales también con árboles frutales que colindaban con la nuestra. y en las cuales pasé los momentos más felices de mi infancia. En mi colegio era el único judío pero esto jamás por años tuvo importancia ni para mi ni para mis vecinos o compañeros de estudio.
Mi hermano mayor, era militar, estaba casado, tenía un hijo pequeño, Jacobo. Al comenzar la guerra fue puesto preso y enviado a Italia donde estuvo hasta finales de la misma. En su momento cuando mi papá vio que estaba empeorando la situación en cuanto a la persecución de los judíos decidió enviar a mi cuñada y a mi sobrino fuera de Yugoslavia, lo que a la larga hizo posible su supervivencia.
No sabemos de nuestra familia en Belgrado, las noticias de la guerra eran imposibles de creer. Han pasado dos años desde su comienzo, aunque de Belgrado nos dicen que no dejaron a ningún judío vivo, es ahora cuando nos llevan a un campo de concentración llamado Sallniste, custodiado por croatas-ustasher. Nos hacen trabajar sin denuedo, pero de alguna manera el temor que teníamos por lo que contaban que les hacían a los judíos, no lo habíamos vivido en carne propia.
Pasamos unas semanas y nos trasladan en trenes a Alemania. Está amaneciendo, cuando abren las compuertas de los trenes, podría describir el flujo de gentes bajándose del tren como un río de personas, era imposible imaginar cómo éramos tantos en el tren. Llegamos al campo de berguen-belzec, el miedo se confundía con el frío, la mezcla era algo insoportable, ninguno de nosotros hablaba, lo más que se podía oír eran oraciones, había una sumisión total y el temor de qué pasará. Tengo grabada en mi mente como si fueran fotografías, las escenas del descenso del tren., veo como antes vi muchas de las cosas que pasaron, esa pobre gente desorientada, asustada, sola.

Se forman filas frente a unas puertas gigantes, nos hacen desnudar, nos rapan la cabeza, nos pasan por unas duchas supuestamente para eliminar piojos y otras plagas y al salir nos dan un pijama y unos suecos de madera. Pasado esto, nos distribuyen en los diferentes galpones, los hombres a unos, las mujeres a otros y los niños nos separan por edades. Ese fue el último día que vi a mi padre, no hubo despedida,...pero aún hoy hay mucho dolor.
Me toca el galpón para niños en edades comprendidas de 11 a 15 años, el frío que pasé me hace temblar al recordarlo, no era posible acostumbrarse. Apenas llegamos nos forman en una cuadrilla de diez y siete niños y nos encargamos de la limpieza de los campos.
En el campo de concentración, el trabajo estaba dividido, a las mujeres, les tocaba trabajar de costureras en la fábricas, no quiero dejar pasar que para mi el campo de berguen-belzec, era más grande de lo que me pudiera imaginar, era por decir algo, cien veces más grande que el pueblo en que vivíamos. hoy podría decir que como Caracas o quizás más. entre campo y campo había varios kilómetros, todo era lúgubre, obscuro, y frío. A los hombres los ponían a trabajar como sastres, o ayudantes, éstos, se encargaban de la confección de los trajes militares y de los accesorios tales como correajes etc. otros tenían que trabajar como zapateros con la misma utilidad, y otros grupos se encargaban de la recolección de leña para hacer el carbón, otro grupo hacia zanjas, enormes zanjas, ... eran fosas gigantescas.
A nosotros los niños nos encargaron de la limpieza de los campos. Doce años, edad para estudiar, aprender, para amar y ser amado, para vivir en familia, para recibir ejemplos y buenos consejos. Edad en la que nos obligan a sentir los más bajos instintos humanos, el hambre, la desolación, a perder los sentimientos, los escrúpulos y la fe en Dios. Desde muy temprano en la mañana nuestro grupo de niños salíamos acompañados de un soldado nazi que tenía tres perros entrenados en la búsqueda de personas muertas. ¡Eso era lo que hacíamos!, limpiábamos los campos, recogíamos a los muertos en los distintos sitios y los montábamos en la cabina de carga de un camión que no tenía motor, lo jalábamos por un tubo en la parte delantera y luego los llevábamos a las fosas que ya habían abierto los hombres.
Este trabajo de limpiar los campos era denigrante, humillante, inhumano, pero en algunas oportunidades, me permitió ver a mi madre y a una de mis hermanas. Llegar al campo donde ella estaba me causaba sensaciones contradictorias, unas de temor, de castigo, otras de dulzura, de sensibilidad, cuando por fin me tocaba limpiar el campo donde estaba mi mamá hasta no verla era todo un sufrimiento, una duda en si vivía aún o si hoy me tocaría a mí recogerla como a las demás.
A veces habían personas incapaces de levantarse a trabajar, el hambre, el frío y la debilidad imposibilitaba su capacidad de trabajo, aún a sabiendas de que el castigo era la muerte. En estos casos el soldado nazi que veía a algún imposibilitado de levantarse del suelo, como si fuera en vez de una persona un animal, lo golpeaba con la punta de su bota en la sien y así lo mataba, sin remordimiento, sin aspaviento, sin misericordia, sin humanidad.
Tres años de mi vida los pasé en campos de concentración. En el campo fui el único sobreviviente de mis familiares. Dos semanas antes de finalizar la guerra a los que quedamos, nos montaron en trenes, y nos dijeron que nos llevarían a Suiza, desconozco con que fin. Nos dieron vueltas por toda Alemania, estábamos apunto de morir de hambre, muchos de los nuestros sucumbieron en esos días. De repente luego de estar por varias horas detenido el tren, se abren las puertas, eran los comunistas que nos estaban liberando.
Nos liberaron en un pueblo llamado Trebitz, nos pusieron al tanto de las novedades, de lo que estaba pasando, nos dijeron que tratáramos de salvarnos por nuestra cuenta. El pueblo era un pueblo fantasma, nosotros éramos casi fantasmas yo tenía quince años y apenas pesaba treinta y dos kilos, dábamos lástima. Nos percatamos de que los alemanes que vivían en ese pueblo lo habían dejado abandonado apenas unas horas antes, encontramos en las cocinas huevos todavía tibios, comida recién hecha y platos servidos y no comidos, fueron dos semanas de una indigestión permanente para tapar un poco el hambre acumulada, pero dieron sus frutos, fui recuperando mi peso y mis fuerzas.
Los yugoslavos fletan trenes para recoger a sus gentes y en uno de ellos me embarco hacia mi país, a ver si en la posibilidad de un milagro alguno de los míos se hubiera salvado. Luego de varios días llegamos a Belgrado y de ahí a mi hogar, a Prístina.
Mi hermano mayor, militar del ejercito yugoslavo, había sido liberado seis meses antes en Italia, cuando llegó a la casa, ésta estaba ocupada, con la ayuda de la policía desocupó a los intrusos y se mudó con su esposa y su pequeño hijo que acababan de regresar.
Primero besos, abrazos, risas, compartimos la alegría de volver a vernos, de sabernos vivos, luego, la realidad, el dolor, el sentimiento, el recuerdo, la memoria por nuestros seres queridos, por nuestros padres y hermanos. Pero no había retorno, era sólo una vía la del futuro y éste aparentemente si estaba en nuestras manos.
Convencí a mi hermano que necesitaba preparación, que el gobierno nos pagaba tres años de instrucción en Checoslovaquia para aprender una profesión y allá me encaminé. En la mitad del curso me enteré que se estaban organizando grupos juveniles para ir a defender a Jerusalén, inmediatamente me uní a ellos, recibí seis meses de entrenamiento militar dado por los soldados del ejercito checoslovaco, ellos me enseñaron a usar el rifle con mira telescópica, el ataque y la defensa cuerpo a cuerpo. Al terminar mi entrenador me regaló mi rifle el cual con mucho orgullo llevé en el avión que me transportaba a la tierra prometida.
Cuanto siento el no haberme preparado antes, el no haber aprendido a defender y defenderme, el no poder haber hecho nada por los míos. Es ahora que con esta lección el pueblo judío ha aprendido de la manera más cruel que seis millones de mártires son más que suficientes que la historia no debe volver a repetirse jamás, que nosotros, sólo nosotros debemos defendernos sin esperar que otros lo hagan, que esta historia terrible debe obligatoriamente transmitirse a las jóvenes generaciones, no por razones obscuras o masoquistas que los puedan traumatizar sino porque debemos alertarlos para una realidad que lamentablemente está siempre presente aunque a veces en forma latente. Podemos ver hoy en las noticias que nos llegan de Europa que el antisemitismo está ahí, acechando y preparado para emerger en cualquier momento y nos corresponde a nosotros los sobrevivientes de la Hecatombe transmitirlo para que nunca más vuelva a repetirse ésta pesadilla, ...Lo juro por mis hijos, por mis nietos y por mis muertos.
Datos del Cuento
  • Categoría: Hechos Reales
  • Media: 5.18
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