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A la madre le habÃan confiado los dioses el secreto: “Mientras alimentes la llama de esa hoguera, tu hijo viviráâ€. Y la madre, infatigable, sostenÃa el fuego, vigilándolo, sin permitir que disminuyese en intensidad ni altura.
Asà pasaron los años. La madre, arrodillada ante el lar, veÃa cómo las ascuas alargaban sus alegres brazos escarlata, garantÃa de la vitalidad de su hijo. Sin dormirse, hora tras hora, agregaba al montón caliente nuevos troncos, en vela de su hermosa calentura.
Un dÃa, por la puerta abierta que daba a los campos, entró una joven blanca, sonriente y hermosa, de paso seguro y ojos que miraban con gozo y fe al porvenir. Sin hablarle, ayudó a levantarse a la madre, sorprendida, le hizo un ademán de adiós, y se arrodilló ante el lar, a nutrir ella, la crepitante llamarada.
La madre no preguntó. Súbitamente comprendÃa que era su revelo, que estaba obligada a ceder el turno a la desconocida, a la que se encargaba desde entonces de sostener el alimento de la incesante llama para que viviera su hijo.
Y, también en silencio, se salió de la casa y no se fue lejos; solo donde podÃa prudentemente contemplar el humo delicado disolviéndose en el delicado azul.
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