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-Señor Grey, tenemos que solucionar esto lo antes posible y encontrar el cargamento. Es muy importante.
La pantalla del video-conector retransmitÃa la imagen de un hombre de mediana edad, con un impecable traje y con una fastidiosa manÃa de apretar una bola de goma. Travis Grey intuyó que era una forma que tenÃa aquel individuo para relajar su tensión.
En cambio, Travis Grey no apretaba ninguna goma, si no que acariciaba con deleite su arma preferida.
No le agradaba en absoluto que aquel directivo de Alastair intentara meterle presión. Él era un hombre que se tomaba las cosas con la calma necesaria. Y, en algunas ocasiones, era necesario invertir algún tiempo hasta obtener resultados satisfactorios.
-Me gustarÃa que me informarse de cómo piensa resolver esta incómoda situación.-le exigió con impaciencia el directivo.
Grey no contestó en seguida. SeguÃa manoseando el cable de acero que tan buenos resultados le proporcionaba en su labor. Era un instrumento que no tenÃa un impresionante cañón, ni una desmesurada presencia,  ni podÃa dispararse a larga distancia. Pero eso no hubiera encajado con el carácter de aquel hombre. Él preferÃa la cercanÃa que le proporcionaba esa arma y que le permitÃa experimentar el estertor final de sus vÃctimas.
Eso le hacÃa disfrutar. Y él era de los que creÃa que habÃa que disfrutar del trabajo.
-Michael C. Ray no soltó prenda acerca de dónde guardaba la carga. Creo que estaba profundamente arrepentido de haberse mezclado en todo esto. . Intenté… digamos, persuadirle con todas mis artes. Pero no abrió la boca.
Sonrió, divertido por haber encontrado una forma elegante de contar lo que le habÃa hecho a aquel hombre. En realidad, lo habÃa torturado lentamente, con dedicación. Aquel operario de los muelles habÃa mantenido el tipo durante mucho tiempo, pero al final claudicó. Todos lo hacÃan. Y le lo mejor era que le habÃa proporcionado una pista que podÃa ser clave.  Eso le hizo sentir orgullo.
Grey se consideraba a sà mismo como un cazador que nunca cejaba hasta conseguir lo que se proponÃa. Y el provocar daños a sus presas no le producÃa ningún escrúpulo. Era simplemente un daño colateral necesario.  Además, era algo que le provocaba una profunda satisfacción.
-Después de tratar con Michael, intenté seguir la pista de un colaborador suyo.  Desgraciadamente, ese intento no ha dado sus frutos. Pero tengo una idea.-Anunció el asesino.
El colaborador de Michael C. Ray era un hombre delicado, con muy poca resistencia. Lamentablemente, no pudo aguantar el tratamiento que le dispensó ni la mitad de tiempo que Michael. Travis reconocÃa que quizás se habÃa entusiasmado demasiado a la hora de tratarle, pero eso ahora no era relevante. No se habÃa divertido con él lo suficiente.
En cualquier caso, lo verdaderamente importante es que tenÃa un plan para encontrar la carga.
El hombre del traje se alegró de lo que el asesino le acababa de decir. Pero él tendrÃa que dar explicaciones a sus superiores y precisaba mayor concreción.
-Necesito que me diga en qué consiste esa idea. Mi director general se está poniendo nervioso.
A Travis Grey, un exmarine colonial expulsado del cuerpo por su injustificada afición a la violencia extrema, le importaba un bledo que la persona que le habÃa contratado tuviera problemas con sus jefes.
Él estaba más interesado en terminar el trabajo y no precisamente porque aquel estúpido en traje le estuviese pagando un buen dinero.
En realidad, lo que más le atraÃa era encontrar aquello que el directivo habÃa perdido. Si estaba tan interesado en recuperarlo era porque debÃa ser muy valioso. Y a Travis le encantaban las cosas de valor. Casi tanto como el olor a sangre. Sobre todo si podÃan convertirle en un hombre muy, muy rico.
Por eso, aunque su misión era encontrar lo que se habÃa extraviado y devolverlo, el asesino no tenÃa ninguna intención de cumplir su parte del trato.
Desde luego no cuando habÃa grandes ganancias potenciales que podrÃan acabar en su bolsillo, en lugar de en las avariciosas manos de un empleado de Alastair.
Y Grey sabÃa cómo podÃa dar con aquella carga.
-Michael C. Ray tenÃa una amiguita. Una prostituta. Al parecer, se habÃa enamorado de ella como un colegial. Y, por lo que él mismo me dijo antes de morir, ella nos conducirá hasta lo que buscamos.
El director de operaciones de Alastair dejó por un instante de manosear la goma. Por fin una buena noticia en todo aquel embrollo.
-¡Fantástico¡ ¿Dónde está ella?
El asesino sintió gran desprecio por la simplicidad que mostraba el directivo. Era comprensible que gente como esa siempre necesitase de la ayuda de personas como Travis Grey para solucionar sus problemas más complicados.
-La cosa no es tan sencilla. La puta ha desaparecido y no tengo la menor idea de dónde está.
El hombre del traje estaba indignado ante semejante respuesta. Su futuro dependÃa de que todo se arreglarse. No podÃa consentir que aquel mercenario actuase de una forma tan pasiva en un tema de vital importancia.
-¡Pues búsquela, imbécil¡-estalló.
A Travis Grey le irritaba la forma en la que aquel estúpido le hablaba. Acarició de nuevo el cable. Le hubiera gustado poder usarlo en aquel mismo momento. Pero todavÃa necesitaba el apoyo de aquel cretino y su dinero. Cuando hubiera encontrado el cargamento, ya decidirÃa que hacer con él.
-Por supuesto, señor.-respondió con falsa sumisión.- Creo que le convencerá el plan que tengo para localizar a la muchacha.
Travis Grey le explicó lo que tenÃa en mente. Y el directivo pareció complacido. El asesino pensó que no el hombre del traje no estarÃa tan feliz si supiera que pensaba matarla en cuanto la encontrara y huir con el cargamento.
Una vez más, pasó lentamente su mano por el cable de acero y se reconfortó con el frÃo que éste transmitÃa.
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